APUNTE.COM.DO.- Por JHONNY TRINIDAD

No nos desplomamos ayer. No fue por TikTok, ni por la dembowsera que dice tres palabras, ni por el influencer que no sabe escribir. Eso es lo que se ve. La caída empezó mucho antes, silenciosa, cuando dejamos de entender qué significaba ser culto en un país que alguna vez creyó que la cultura salvaba.

Yo no hablo de saber quién pintó La Gioconda. Hablo de algo más básico: la capacidad de hilvanar una idea, de escuchar sin insultar, de leer un párrafo sin cansarse, de distinguir una opinión de un dato. Eso se perdió. Y no se perdió por una sola causa. Se desplomó porque le quitamos todas las columnas a la vez.

DESTRUIMOS LA ESCUELA COMO CENTRO CULTURAL

Durante 30 años confundimos escolaridad con educación. Construimos aulas, repartimos uniformes, ampliamos la tanda extendida, alcanzamos el 4% del PIB. Todo eso era necesario. Pero nunca discutimos qué se enseña dentro de esa aula.

Cambiamos la lectura por el dictado. La biblioteca por la fotocopia. El maestro que contaba la historia de Duarte como si fuera su vecino, por el facilitador que llena un formulario del MINERD para cumplir un indicador.

Hoy un bachiller dominicano promedio pasa 12 años en la escuela y sale sin haber leído un libro completo. No un clásico. Un libro. Cualquiera. Lee fragmentos, resúmenes, diapositivas. Nunca experimenta esa derrota íntima y necesaria de aburrirse con un capítulo y, a pesar de eso, seguir leyendo. Sin esa experiencia, no hay músculo para la cultura.

Y al maestro lo empobrecimos primero económicamente y luego moralmente. Le dijimos que todo es culpa suya, le quitamos autoridad frente al padre y frente al alumno, y después le pedimos que forme ciudadanos críticos. Un maestro que tiene que manejar un motor para completar el sueldo no puede planificar una clase que cambie una vida.

CAMBIAMOS LA CULTURA POR EL ENTRETENIMIENTO

Hubo un momento en los 70 y 80 en que en la radio dominicana sonaba a la misma hora Juan Lockward, Sonia Silvestre y a la vez un programa de análisis literario. Había librerías en El Conde donde se discutía. Los periódicos tenían páginas culturales que competían con la política.

¿Qué pasó? Llegó la lógica del rating mal entendido. Los dueños de medios descubrieron que el escándalo cuesta menos que la producción cultural. Un panel de cinco gente gritando genera más view que un documental sobre la historia del merengue. Y el Estado, en lugar de equilibrar, se sumó a la fiesta. Convirtió el Ministerio de Cultura en una agencia de tarimas y festivales, no en una política de formación.

Hoy el prime time dominicano es 90% gritería política, chisme de farándula y humor que se ríe del otro por su acento, su pobreza o su cuerpo. No hay maldad en eso, hay negocio. Pero un país que consume eso 4 horas al día durante 20 años, no puede pedir luego que sus jóvenes escriban sin faltas ortográficas.

POLITIZAMOS TODO Y PROFUNDIZAMOS EN NADA

El dominicano promedio puede recitar de memoria los últimos cinco escándalos de corrupción, con nombres, montos y apodos. Pero si le preguntas cómo funciona el presupuesto de su ayuntamiento, se queda en blanco.

Nos volvimos expertos en opinar y analfabetos en entender. La política dominicana nos entrenó para eso. Nos enseñó que todo tiene que tener un bando: si criticas A, eres de B. No hay matiz, no hay «esto está bien pero esto otro está mal». Esa simplificación binaria mata la cultura, porque la cultura vive del matiz, de la contradicción,