APUNTE.COM.DO.- La tarde caía sobre Santo Domingo cuando Gabriel llegó al Altar de la Patria. Tenía veintidós años, un título técnico, varios currículos enviados y demasiadas respuestas que nunca llegaron. Se sentó frente a las estatuas de Duarte, Sánchez y Mella y, con cierta amargura, dijo:

—Ustedes soñaron una patria que todavía no existe.

Un anciano que barría lentamente el lugar levantó la mirada.

—¿Estás seguro de que no existe?

—Mire alrededor: injusticias, desempleo, inseguridad, jóvenes que quieren marcharse, niños abandonados, envejecientes desamparados y ríos contaminados. ¿Esta es la República que soñó Duarte?

El hombre apoyó la escoba contra una pared y se sentó a su lado.

—Tal vez la pregunta no sea si esta es la patria que Duarte soñó, sino qué estamos haciendo nosotros para construirla.

Después sacó de su bolsillo una pequeña llave antigua.

—Ven conmigo. Quiero mostrarte algo.

Caminaron hasta una vieja casa de la Ciudad Colonial. El anciano abrió una puerta de madera y entraron en una habitación sencilla. En el centro había una mesa rodeada por nueve sillas. Sobre ocho aparecían los nombres de los fundadores de La Trinitaria. La última no tenía nombre.image.png