APUNTE.COM.DO.- Durante buena parte de nuestra vida tomamos decisiones relacionadas con bienes inmuebles. Elegimos dónde vivir, pensamos en comprar una casa o un apartamento, adquirimos terrenos, invertimos para obtener rentabilidad y procuramos construir un patrimonio que algún día pueda beneficiar a nuestros hijos. Sin embargo, existe una decisión relacionada con un espacio físico que casi siempre dejamos fuera de nuestra planificación: el lugar donde finalmente descansaremos.
Un reciente reportaje publicado por el periódico El Día llamó mi atención al abordar cuánto pueden representar económicamente los servicios funerarios en la República Dominicana. Más allá de las cifras, que pueden variar considerablemente dependiendo de los servicios y espacios seleccionados, existe una realidad que merece reflexión: muchas familias tienen que tomar estas decisiones justamente cuando menos preparadas emocionalmente están para hacerlo.
Cuando compramos una vivienda normalmente investigamos. Comparamos precios, visitamos proyectos, analizamos la ubicación, evaluamos facilidades de pago y verificamos las condiciones legales. Si se trata de una inversión, calculamos además rentabilidad y perspectivas futuras. Tratamos de decidir racionalmente porque entendemos que estamos comprometiendo una parte importante de nuestros recursos.
Pero cuando fallece inesperadamente un miembro de una familia que no realizó ninguna planificación previa, la situación es completamente diferente. Ya no existe el mismo tiempo para comparar alternativas o estudiar tranquilamente qué conviene hacer. A la tristeza se suman preguntas inmediatas: ¿dónde será velado?, ¿cuánto costará?, ¿dónde será sepultado?, ¿hay un espacio disponible?, ¿quién asumirá los gastos?.
Desde mi experiencia en bienes raíces he aprendido una lección que considero aplicable a esta situación: la urgencia casi nunca es buena compañera de las decisiones económicas importantes. Una persona que necesita comprar inmediatamente negocia de manera diferente a quien dispone de tiempo para analizar. Cuando desaparece el tiempo para decidir, generalmente disminuye también nuestra capacidad de escoger.
Por eso considero necesario ampliar el concepto tradicional que tenemos sobre la planificación inmobiliaria. Un espacio destinado al descanso final también involucra elementos conocidos en nuestro sector: ubicación, disponibilidad, documentación, precio, condiciones de adquisición, mantenimiento y permanencia. Naturalmente, posee características particulares, pero sigue existiendo una decisión económica y familiar que merece ser analizada con anticipación.
Durante décadas hemos enseñado a las familias la importancia de comprar una vivienda y crear patrimonio. También hemos hablado de adquirir propiedades para generar ingresos, proteger el futuro económico o dejar bienes a nuestros hijos. Todo eso continúa siendo importante. Sin embargo, quizás ha llegado el momento de preguntarnos si patrimonio es solamente aquello que dejamos o también aquello que dejamos resuelto.
Pensemos en una persona que deja una casa a sus hijos, algunos ahorros y determinadas inversiones. Evidentemente ha construido un patrimonio. Pero si además dejó organizados asuntos que inevitablemente su familia tendrá que enfrentar, ¿no constituye eso también una forma de protección? Evitar decisiones difíciles y gastos inesperados puede tener un valor que no aparece en ningún título de propiedad.
Hablar de nuestra propia muerte resulta incómodo. Preferimos conversar sobre vacaciones, negocios, viviendas, inversiones y proyectos futuros. Es comprensible. Sin embargo, no hablar de una realidad no provoca que desaparezca. Lo que puede ocurrir es que decisiones que hoy podríamos tomar serenamente terminen siendo tomadas mañana por nuestros familiares en circunstancias mucho más difíciles.
No estoy planteando que las familias deban vivir preocupadas por la muerte. Precisamente pienso lo contrario. Planificar no significa vivir pensando en morir; significa organizar determinadas decisiones mientras podemos tomarlas con tranquilidad. Es la misma filosofía que aplicamos cuando contratamos un seguro, hacemos un testamento, organizamos nuestras finanzas o adquirimos una vivienda pensando en el futuro.
Actualmente existen en República Dominicana alternativas que permiten planificar anticipadamente espacios para el descanso final mediante diferentes modalidades de pago. Propuestas como Memorial introducen precisamente esa posibilidad: tomar hoy, sin la presión de una emergencia, una decisión que eventualmente la familia tendría que enfrentar. Su verdadero valor no debería medirse solamente por el precio, sino también por la tranquilidad que puede representar.
Existe además una consideración económica. Cuando una familia planifica con tiempo puede evaluar su presupuesto y distribuir determinados compromisos financieros. Cuando tiene que resolverlos inmediatamente, posiblemente deba utilizar ahorros destinados a otros objetivos, recurrir al crédito, solicitar ayuda a familiares o disponer de recursos originalmente reservados para educación, vivienda u otras necesidades.
Durante más de tres décadas trabajando en el sector inmobiliario he conversado con miles de personas sobre dónde vivir, dónde invertir y qué propiedades podrían dejar a sus hijos. Cada vez estoy más convencido de que la verdadera planificación patrimonial debe mirar a la familia de manera integral. No se trata únicamente de acumular bienes; también consiste en aportar seguridad, organización y tranquilidad.
Compramos una vivienda pensando en cómo queremos vivir. Invertimos en inmuebles pensando en cómo queremos prosperar. Construimos patrimonio pensando en lo que queremos dejar. Quizás también deberíamos preguntarnos qué decisiones podemos dejar resueltas para evitar