En nuestro paÃs toma cuerpo el periodismo de las insinuaciones, de decir callando. Es la comunicación de las adivinanzas de los significados.
Es una tendencia perniciosa que daña la imagen de la noble labor de la comunicación cuyo rol social debe fundarse en la objetividad, la imparcialidad y la prudencia.
Resulta obvio que muchos profesionales de la comunicación social y algunos medios están manipulados por determinados grupos de interés.
La verdad, que se presume debe defenderse y comunicarse sin manoseos perversos, se coloca en páginas fÃsicas y virtuales terriblemente deformada, deshecha o debilitada en sus fuerzas lógicas. La maldad de las insinuaciones alcanza el insulto, la diatriba rastrera, el desconocimiento audaz de méritos ganados en buena lid.
En realidad, muchos comunicadores prefieren la bola de fuego en la que se mezclan odiosamente la negación alegre, la relativización fácil y sin substancias, y la folclorización burda de los hechos.
Esa bola de fuego se lanza en cualquier dirección. La intensidad y la fiereza del lanzamiento dependerán siempre de los emolumentos ocultos y de las tareas del orden del dÃa de fuerzas sociales y económicas subterráneas, a veces verdaderamente siniestras.
Asà vemos cómo en ocasión de la inauguración de una obra importante de Gobierno, una avalancha de periodistas interroga al Presidente de la República sobre destituciones consideradas justas y, consecuentemente, inminentes.
No están diciendo que algunos funcionarios son corruptos, ¡están haciendo preguntas sobre la necesidad de destituir a funcionarios corruptos! Tal necesidad descubre el parcialismo obsceno a favor de una conocida fracción canalla de eso que ahora se llama sociedad civil. Se incurre, además, en una acusación, lo cual es inadmisible en el caso de un periodista profesional.
Hasta donde sabemos, el periodista debe exponer los hechos con la debida ecuanimidad, narra las circunstancias sin involucrarse en ellas, pregunta pareceres sobre las opiniones de otras personalidades e instituciones que tienen nombres y apellidos, y escribe con pulcritud y esmero para informar debidamente a la ciudadanÃa.
Nunca dicta sentencias ni reparte culpas ni se hace eco de los apremios interesados y a menudo malignos de terceros. Un periodista tÃtere, un periodista que se mueve, escribe y habla gracias a los resortes ocultos de los intereses de grupos o personalidades, es un periodista lamentable. Una especie de periodista fiscal que no hace falta a la sociedad.
En ese mismo escenario de la inauguración de la obra importante también osaron preguntar al Presidente sobre la destitución de Vincho.
Hacen la pregunta incitados por un islote insano de sus colegas que desea no sólo que a Vincho se le destituya, sino que se le linche. Un deseo compartido fraternalmente con el crimen organizado. Un crimen que no es una amenaza terrorista pero sà es una amenaza mafiosa, “un potente revelador y un espejo que aumenta las caracterÃsticas negativas de nuestra épocaâ€, al decir de Jean François Gayraud.
Hemos tenido a Vincho ahà en su Respuesta durante decenios, impasible, coherente, invariablemente implacable con los insectos más dañinos y recurrentes de la sociedad. Eso molesta precisamente a los sabandijas sociales, no a los hombres honorables de la República.
La edad no lo ha cansado en su magnánimo oficio de exponer y desentrañar pavorosas componendas de poder o de mafias con la objetividad e ingenio que faltan a muchos comunicadores mercenarios.
ParecerÃa que este Hombre, en la aparente soledad de sus esfuerzos, lo animan las desentrañables fortalezas fÃsicas y espirituales de las figuras excepcionales de la historia.
Como no tienen la forma certera de combatirlo en el terreno de las ideas y de sus denuncias profusamente documentadas, recurren al pasado enrostrándole que fue un diputado de Trujillo.
Para ellos, sus hechos y méritos públicos se detuvieron ahÃ, en los finales de los cincuenta del siglo pasado. Olvidan maliciosamente que sus abuelos y bisabuelos llamaron a Trujillo Benefactor y que las mentes más brillantes de la época sirvieron en su corte ya en silencio, ya vociferando elogios o ya tolerando en silencio forzado sus inconformidades.
¿Qué relevancia polÃtica o de otra Ãndole tiene ahora que Vincho haya sido diputado en los últimos años de la terrible tiranÃa? ¿No debe tener más preeminencia en los medios su titánica actividad como enemigo número uno del crimen organizado?
Resaltar su inmejorable rol público en algunos medios de comunicación de masas es inconveniente y, por tanto, imposible. Los amarres y los compromisos que ninguno de nosotros podemos ver se inclinan por la vergüenza de negar lo obvio: que Vincho es un luchador infatigable e indomable contra el crimen del narcotráfico.
Esos amarres y compromisos apenas se perciben detrás de la recurrencia de tantas palabrerÃas inútiles. Pero siempre pueden descubrirse en su real magnitud y significado más allá del montón de estiércol de insinuaciones y señalamientos turbios.
Lo que le sobra a Vincho le falta a ellos: la suficiente tinta y a veces el arrojo inteligente para enarbolar y explicar a la ciudadanÃa verdades que es más rentable callar, falsear o disfrazar.