"El que quiere guerra, siempre encontrará un pretexto; el que quiere paz, siempre hallará un camino." — Proverbio chino.

APUNTE.COM.DO SANTO DOMINGO R,D. -A pocos días de la esperada reunión entre Vladímir Putin y Donald Trump en Alaska, los principales líderes europeos recién acaban de publicar una “declaración conjunta” sobre la paz en Ucrania.

El texto, firmado por Ursula von der Leyen, Emmanuel Macron, Giorgia Meloni, Friedrich Merz, Donald Tusk, Keir Starmer y Alexander Stubb, parece más un ultimátum político que una hoja de ruta para la paz.

Aunque invoca la “diplomacia activa”, el comunicado establece que esta debe ir acompañada del “apoyo a Ucrania” y de la “presión sobre la Federación de Rusia para que ponga fin a su guerra ilegal”.

En la práctica, esto significa continuidad de sanciones, envío de más armas y un endurecimiento del cerco económico y diplomático contra Moscú. Llamar a ese paquete “diplomacia” es como ofrecer un apretón de manos con la otra mano empuñando un garrote.

El documento insiste en “proteger los intereses vitales de seguridad de Ucrania y Europa” y garantizar a Kiev “seguridad sólida y creíble”. Pero lo que no menciona es que esas “garantías” solo pueden construirse a costa de prolongar el enfrentamiento con Rusia, apostando a un equilibrio militar que no existe y a una victoria ucraniana que ni en el terreno ni en las finanzas occidentales se vislumbra.

La molestia de los firmantes por la ausencia de Zelenski en la agenda de Alaska es reveladora.

Europa teme que Trump y Putin avancen en un acuerdo que margine a Kiev y, con ello, reduzca la influencia europea en la arquitectura final de la paz. La frase “El camino hacia la paz en Ucrania no puede decidirse sin Ucrania” suena noble, pero omite que desde hace años las decisiones estratégicas de Kiev se toman fuera de Kiev.

Trump, pragmático y volátil, podría intentar un acuerdo que alivie la tensión con Moscú, siempre que sirva a sus intereses electorales y económicos. Putin, por su parte, llega con una posición fortalecida por el fracaso de las sanciones y la consolidación de nuevos aliados. Entre ambos podrían diseñar un marco que termine con el conflicto o, por el contrario, fijar condiciones que lo congelen en una tregua inestable.

Europa, atrapada en su dependencia militar de la OTAN y energética de Estados Unidos, parece más preocupada por preservar la narrativa de un “Occidente unido” que por explorar de verdad una salida política que contemple las legítimas preocupaciones de seguridad de todas las partes, incluida Rusia.

La reunión del 15 de agosto en Alaska podría ser un punto de inflexión. O abre una ventana real para la diplomacia, reconociendo que la seguridad no es patrimonio exclusivo de una parte, o consolida el camino del estrangulamiento de Rusia, con el riesgo de prolongar un conflicto que ya ha cobrado cientos de miles de vidas y fracturado el orden internacional.

La historia dirá si los líderes optaron por construir puentes o por seguir levantando muros. En todo caso, esta declaración no encarna un deseo de paz auténtico, sino un garrote envuelto en retórica diplomática que ignora la correlación de fuerzas en el terreno del conflicto.

Más que buscar un acuerdo equilibrado, pretende condicionar las posiciones de Washington, reforzando una rusofobia que se alimenta, sin pudor, de sangre ucraniana.