APUNTE.COM.DO.- Por JHONNY TRINIDAD

Hubo un tiempo en que el acento dominicano se corregía en la puerta del avión.

Nos decían, a veces con cariño, a veces con vergüenza: "Allá no hables así". "Trata de hablar neutro". "Que no se te note tanto". Como si el acento fuera una mancha en la camisa que había que sacudir antes de entrar a la entrevista, a la escuela, al trabajo nuevo.

Lo intentamos. Dios sabe que lo intentamos. Nos pulimos la "r" de cotorra, nos tragamos la "s" con culpa, cambiamos el "vaina" por "cosa", el "guagua" por "autobús", el "qué lo que" por un "hola, cómo estás" que sonaba prestado. Queríamos encajar. Queríamos que no nos devolvieran la mirada de "¿de dónde tú eres?".

Hasta que la diáspora hizo lo contrario. Dejó de esconderlo y empezó a cobrar por él.

Y ahí se acabó el complejo.

Porque lo que pasó en Washington Heights, en Lawrence, en Providence, en Orlando, en Madrid, no fue solo que los dominicanos se hicieron muchos. Fue que se hicieron audibles. Y cuando eres muchos y eres audible, dejas de pedir permiso para sonar como suenas y empiezas a ponerle precio a cómo suenas.

DE LA VERGUENZA AL VALOR DE MERCADO

La primera generación emigró con el acento en voz baja. Hablaba bajito en español en el tren para que no la miraran. Le decía a los hijos: "Háblame en inglés en la calle".

La segunda hizo la revolución sin darse cuenta. Creció escuchando a su mamá decir "¡Muchacho, ven acá!" con esa "a" abierta del Cibao o ese golpeado del Sur profundo, y entendió que ese sonido no era atraso. Era casa. Y la casa, en un país frío, vale más que el oro.

Entonces lo sacaron del closet de la cocina y lo llevaron a la tarima.

El comediante que antes intentaba hacer chistes en inglés neutro descubrió que cuando hacía el cuento con su acento de verdad, con su "mire, le voy a decir una vaina", el público -dominicano y no dominicano- se reía más. Se reía porque era verdad.

La muchacha del salón que se avergonzaba de decir "blower" y "tubí" entendió que si ponía "Blower y Tubí" en el letrero de su negocio en el Bronx, las clientas no solo entraban, hacían fila. Porque no estaban comprando un peinado. Estaban comprando pertenencia.

El rapero que forzaba el acento de Brooklyn descubrió que cuando rapeaba con su erre dominicana, con su código mezclado, con su spanglish sin subtítulos, sonaba a algo que nadie más podía copiar. Y en la economía de la atención, lo incopiable es lo que vale.

La diáspora convirtió el acento en marca porque no tenía otra opción. No podía competir con el americano en ser más americano, ni con el español en ser más español. Pero nadie podía competir con ella en ser dominicana en Nueva York.

CERTIFICADO DE AUTENTICIDAD

En un mundo donde todo se puede falsificar -la imagen, la voz con inteligencia artificial, el currículum- el acento es el último certificado de origen que no se puede hackear.

Tú puedes aprender a hacer un buen locrio, pero no puedes aprender a decir "¡Diache, pero qué maldito locriazo!" con la en