APUNTE.COM.DO.- Cada vez que el Gobierno anunciaba una gran obra, don Julián sacaba su vieja radio a la galería y subía el volumen.

—¡El país avanza! —decía el locutor con entusiasmo—. Una nueva autopista, un moderno edificio y otra gran infraestructura cambiarán el futuro de la nación.

Don Julián escuchaba en silencio. Después miraba la calle de su barrio: oscura, llena de hoyos y con una cañada desbordada cada vez que llovía.

—Parece que el futuro sabe viajar por autopista —murmuraba—, pero todavía no encuentra el camino para llegar hasta aquí.

En el barrio La Esperanza, el progreso siempre aparecía en la televisión, pero nunca doblaba la esquina. Allí vivía doña Mercedes, quien todas las noches esperaba a su hijo Samuel frente a la puerta. El joven regresaba tarde de sus estudios y debía caminar varias cuadras alumbrándose con la pantalla del teléfono.

—Algún día colocarán las lámparas —le decía ella.

Samuel sonreía para tranquilizarla, aunque ambos sabían que llevaban años escuchando la misma promesa. Cerca de su casa había un parque abandonado. Los bancos estaban destruidos, la verja oxidada y la cancha se había convertido en estacionamiento improvisado. Más abajo, una cañada arrastraba botellas, fundas plásticas y desperdicios. Cuando llegaban las lluvias, el agua entraba en algunas viviendas.

Los problemas de La Esperanza parecían pequeños: una lámpara, un imbornal, un parqueimage.png