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“Quienes hablan mucho de tecnología
son los que menos interés tienen por ella”.
Dicho popular

Si organizáramos un concurso para determinar el ranking de términos más utilizados y difundidos en los últimos treinta años, seguramente que los de “tecnología” e “innovación” ocuparían uno de los diez primeros lugares. Sin embargo, la vasta difusión de estos conceptos no supone un consenso en torno a sus significados reales. De hecho, ambos han terminado atrapados como herramientas de publicidad comercial y discursos políticos.

La tecnología es un conjunto ordenado de teorías y técnicas que permite el aprovechamiento práctico del conocimiento científico, no importa el área del saber humano donde se haya generado. En esta definición, muy próxima a la que ofrece la Real Academia Española de la Lengua, la tecnología aparece como un bien intangible que tiene como principal soporte a las personas, independientemente del grado de avance en complejidad del conocimiento cristalizado en instrumentos, maquinarias e instalaciones.  


El carácter intangible de la tecnología tiene sus notables ventajas, como aquella de que ella puede ser explotada simultáneamente por varios actores, simultáneamente, en diferentes lugares y contextos productivos notablemente diferenciados.

Si la tecnología fuera un bien inútil nadie hablaría de ella. Su gran utilidad radica, como se establece la definición de arriba, en que permite el aprovechamiento práctico del conocimiento científico. Este conocimiento no se produce por amor al arte, por diversión o entretenimiento, sino con el objetivo explícito de ser utilizado convenientemente en la producción, esto es, con la finalidad de que pueda ser traducido en bienes y servicios,  y mejoras de productividad.

De aquí que la tecnología no debe confundirse con aquellos procesos de investigación y desarrollo que no terminan, digamos, “consumándose” en productos acabados, demandados por los mercados y valorados por los consumidores y usuarios.

Los factores convencionales de la producción, el capital y el trabajo, resultan insuficientes para explicar la funcionalidad empresarial, sus complejidades y alcances. Por esta razón, la tecnología es una de las tres aristas de la función de producción: capital, trabajo y tecnología, aunque en realidad el componente tecnológico de la empresa permea y es parte de los dos elementos tradicionales de la producción: capital y trabajo.

Específicamente, la tecnología está claramente soportada por los operarios, técnicos, ingenieros y profesionales de alta calificación y trabajadores en general.  También está reflejada “intangiblemente” en los instrumentos, equipos e instalaciones dedicados a la producción de bienes y servicios.

No obstante, no es lo mismo, desde esta perspectiva, la tecnología en una pequeña empresa que en una grande: en la primera, la salida de dos o tres técnicos, en los que ella se “cristaliza”, puede terminar con el cierre del establecimiento; en la segunda,  la tecnología “reside” en instrumentos, maquinarias e instalaciones, además de que también se expresa en el personal competente.
Como la tecnología permite el aprovechamiento práctico del conocimiento debemos suponer dos etapas íntimamente relacionadas.  

La primera, en la que se obtiene o produce el conocimiento; la segunda, que puede definirse como el cuerpo del personal altamente calificado dedicado exclusivamente al desarrollo de las técnicas y teorías que permiten la utilización productiva del conocimiento científico. 
¿Y el conocimiento empírico? Debemos puntualizar que el conocimiento empírico, el “ojo del buen cubero”, fue realmente el origen de la tecnología hasta que las observaciones y experiencias personales, generalmente transmitidas de una generación a otra, se correlacionaron con magnitudes mensurables (presión, masa, temperatura, composiciones químicas, etc.).

Estas etapas –generación de conocimientos y utilización práctica de los mismos- no necesariamente coinciden como actividades de un mismo actor, más aún, en la generalidad de los casos nunca coinciden. En efecto, la mayoría de las tecnologías que vemos funcionando en las empresas son el resultado de conocimientos desarrollados por terceros y llegan a ellas con la ayuda de determinados procesos de transferencia.

Pero, ¿de dónde viene el conocimiento científico? La única forma de adquirirlo es a través de la investigación que tiene lugar permanentemente (por lo menos en los países desarrollados) en las universidades y centros especializados de investigación.  

Por tanto, la investigación y la tecnología están relacionadas en tanto que la primera produce conocimientos científicos y la segunda desarrolla los medios para que éstos sean aprovechados convenientemente en las empresas. Tan clara vinculación no supone identidad alguna entre el generador de conocimientos y el desarrollador de tecnologías.

Por último, muchas veces se pretende que la tecnología es básicamente exclusiva de “sectores productivos de vanguardia”, tales como la electrónica, la informática, las comunicaciones o la biomedicina.  Los medios de comunicación son en gran medida culpables de que la gente entienda que la tecnología “nace” en estos sectores y que es a partir de ellos de donde se difunde. 

Nada más incorrecto. Todos los sectores que producen bienes y servicios para el mercado utilizan tecnologías, desde una pequeña unidad productiva que tiene incorporado algún software para lograr una mayor eficacia de algún proceso, como las grandes industrias de los alimentos, de la  metalmecánica, minería y juguetes. 

Junto a las industrias de vanguardia en las que se extiende rápidamente la nanotecnología, están las industrias artesanales que ahora utilizan equipos para determinar, por ejemplo, la arcilla óptima. En tanto que teorías y técnicas para aprovechar el conocimiento con fines productivos, la tecnología no es exclusividad de sector específico alguno.

Miami, 30 de septiembre de 2012