Nuevamente la República Dominicana se mantiene en una posición muy rezagada en materia de competitividad y prosperidad, conforme al Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, ocupando la posición 105 en un grupo de 148 naciones seleccionadas.  Entre los factores que dan forma a ese índice se destaca la corrupción gubernamental, el acceso al financiamiento, las ineficiencias de la burocracia gubernamental, las tasas de impuestos y la fuerza de trabajo deficientemente educada. El parcialismo en las decisiones de funcionarios y la desconfianza en los organismos de seguridad y los políticos, son otros factores destacados, ocupando los últimos peldaños.

La realidad es que este índice, centrado en temas de orden institucional (corrupción, ineficiencias burocráticas, impuestos, financiamiento, escasa confiabilidad en organismos estatales y políticos), nos parece insuficiente para describir el estado de la competitividad y prosperidad de un país. 

Con todo, los datos del Foro Económico Mundial son ampliamente utilizados por los círculos académicos y gobiernos y, sin dudas, se están convirtiendo en una especie de criterio adicional a la hora de evaluar a un país como mercado de potenciales inversiones. Además, quiérase o no, el índice afecta, en alguna medida, la reputación o imagen internacional; de hecho, no es lo mismo estar cerca de Suiza, Alemania y los Estados Unidos que de Albania o de Haití.

¿Qué es lo que en definitiva debemos entender por competitividad?

El término competitividad parece haber surgido en los mismos albores del comercio internacional.  Los primeros grandes pensadores de la economía lo identificaban con un nivel de precios de los bienes y servicios que permite competir en buena lid con otros países.  En este sentido, la capacidad competitiva estaría en función de los precios relativos de los bienes terminados, o de los costos salariales e insumos que determinan en última instancia esos precios. 

Partiendo de esta perspectiva, el concepto adquirió en las últimas décadas una mayor complejidad, haciéndose más extenso el abanico de factores intervinientes.  

La cuestión se centró en factores asociados al crecimiento competitivo de las exportaciones. Así, se es más competitivo cuando en el largo plazo puede lograrse un mayor crecimiento de las exportaciones de productos tradicionales, la consolidación en las exportaciones de productos nuevos o mejorados, y la materialización de transformaciones en la estructura del comercio exterior que conlleven un mayor grado de complejidad y sofisticación del procesamiento industrial. 

Esto último se lograría mediante la incorporación de nuevas tecnologías y el soporte de un sistema de nacional de innovación que estuviera en perfecta sintonía con las estrategias de desarrollo consensuadas.

Un grupo de autores afirma que estos factores no tienen valor en sí mismos y que adquieren una dimensión significativa sólo cuando sirven a objetivos más amplios, en cuyo menú incluyen en primer término el incremento sostenido de la productividad.  

Sin embargo, cuando nos aferramos a la productividad como criterio definitivo de la competitividad, sus consabidas características distintivas desaparecen. 

Es cuando, reconociendo la productividad como eje central de la competitividad, autores e instituciones gubernamentales producen sus híbridos conceptuales, como aquel, de amplia difusión y aceptación, de que la competitividad es una combinación de carácter dinámico del desempeño del comercio exterior y de la productividad global de la economía.  

Es el caso de la famosa definición del Consejo de Competitividad de los Estados Unidos que reza: “Competitividad es nuestra capacidad de producir bienes y servicios que superen la prueba de la competencia internacional, mientras nuestros ciudadanos gozan de un nivel de vida creciente y sostenible”.  

Obviamente, esta definición no despoja la competitividad de sus firmes raíces en el comercio exterior, pero conecta claramente la conveniencia de su crecimiento y fortalecimiento a lo que debería ser su mayor bondad: el crecimiento de la productividad global.

Dejando al margen otros planteamientos, está claro que el objetivo fundamental de la competitividad es alcanzar un crecimiento económico sostenible sin perder de vista la relevancia que en ese empeño tiene el comercio exterior.  

En este contexto, debe tenerse en cuenta que un mayor crecimiento implica necesariamente alzas en los costos salariales respecto a naciones de más lento crecimiento; por tanto, para ser exitosos frente a la competencia externa es preciso ser innovadores, esto es, mejorar continuamente los productos  o sustituirlos por otros nuevos de mayor valor agregado en conocimientos, lo cual definiría una modalidad emprendedora de competitividad, es decir, sustentable en el tiempo sobre bases continuamente reproducibles.  

Consecuentemente, el éxito en los mercados globales está atado a los roles decisivos que corresponden a la innovación, la política pública, educación e iniciativas privadas (desarrollo de conglomerados productivos, clusters e inclusión en las grandes cadenas globales de valor). 

Países como República Dominicana deben ser capaces de combinar sus ventajas comparativas bajo las modalidades de costes inferiores o productos diferenciados que gocen de buena demanda; para mantener esas ventajas, siguiendo a Michael Porter, debemos “lograr progresivamente ventajas competitivas de carácter más complejo, ofreciendo productos y servicios de mejor calidad o produciendo en forma más eficiente”, lo cual, a juicio del conocido autor, se traduciría “directamente en el crecimiento de la productividad”.


No somos más competitivos o no somos competitivos porque el Gobierno sea corrupto y sus funcionarios proclives al soborno, aspectos en los que comúnmente la oposición detiene el análisis. No lo somos igualmente porque el costo de los energéticos sea excesivamente elevado o porque los impuestos sean excesivamente onerosos. 

Alcanzar reales capacidades competitivas implica una visión de Nación compartida, acciones concertadas, superación del enfoque de enclave y rentista, una cultura innovadora que comience en la misma familia, un sistema nacional de innovación formal y reconocido, cero desencuentro entre centros de educación y empresas, preeminencia de la inversión en investigación y desarrollo de nuevos productos, políticas públicas enfocadas en las oportunidades y los desafíos, hombres educados y actualizados.

Ciertamente, una energía cara no es buena cosa, es factor arruinador. La corrupción siempre es mala y apaga los ánimos de los nuevos inversionistas y decepciona a los ciudadanos. Los impuestos altos no son por definición indeseables, siempre que sean encauzados a obras e iniciativas fundamentales de desarrollo. 

El Estado Dominicano tiene, para qué negarlo, formidables responsabilidades en un contexto en el que todavía evidencia grandes deficiencias y debilidades. Ha perdido autoridad y, lo que es peor, capacidad y determinación para construir consensos. Carga todavía con una dañina tradición clientelista, que ahora quieren hacer suya dentro del Estado ciertos grupos empresariales; no se decide todavía por arremeter frontalmente, con fórmulas derivadas del interés nacional, ciertos problemas nodales de los que emanan enormes beneficios para unas minorías privilegiadas. En definitiva, el Estado Dominicano adolece de serias flaquezas y parece ostensiblemente desbordado por gigantes desafíos internos y externos.

El problema no sólo es el Estado. La inercia competitiva también está poderosamente enraizada en la pobre visión de ciertos grupos oligopólicos que viven sentados sobre enormes montañas de innecesarios sobrecostos, distanciados en absoluto de la visión de Nación que necesitamos y soñando siempre con el acrecentamiento unilateral y avasallante de sus cuantiosas fortunas. Con actitudes así no se construye la competitividad de una Nación.

Las debilidades competitivas declaradas por organizaciones internacionales no deben para nada afligirnos. Tampoco deben ser motivo de vergüenza. Son en realidad razones poderosas para actuar y ser distintos