A propósito de mi Carta Pública de Felicitación a don Marchena el de Palacio, por lograr la hazaña propagandística de “construir” en la opinión pública la percepción de que el fracaso del gobierno de Danilo Medina en educación es “una revolución educativa”, un comunicador oficialista amigo se me queja.

Le dolió mi cita de que algunos de sus críticos “…le sacan (a Marchena) su comida aparte”, por tener ubicados en medios de comunicación social, a algunos de sus agentes que “confunden a la gente redactando títulos y notas como si fueran despachos periodísticos objetivos, cuando en realidad replican las líneas que baja”, el Director General de Información, Prensa y Publicidad de la Presidencia.

“Bájale un poco, eso es una exageración tuya, o de los críticos de Marchena que citas de manera maliciosa”, me sopletió al encontrarnos en la juntadera de un amigo común.

Pues ni es exagerado, ni es teoría en el aire. Me contaba un amigo ejecutivo de un medio informativo que cierto día se le apareció una de sus mejores periodistas diciéndole que debido a algunos problemitas que presentaba su embarazo debía dejar uno de los dos trabajos, pues además operaba en las relaciones públicas de una empresa del Gobierno.

“Como usted imaginará –dijo al jefe del trabajo privado– tendré que dejar el de aquí, pues en el gobierno me pagan tres o cuatros veces lo que ustedes me pueden dar”.

Luego se dirigió a su jefe en la institución gubernamental, informándole de su decisión.

–¿Cómo?, ¿Usted está loca? –la reprendió, para agregar:

–Si usted deja ese medio, ahí mismo la cancelamos aquí. Para el PLD y el gobierno es más importante lo que usted nos hace allá, que todo cuanto realiza aquí.

Túmbeme ese piquito y váyase para su medio. Si quiere le damos licencia indefinida, pero quédese allá haciéndonos lo que usted muy bien nos hace -concluyó la conversación.

Debo bajarle el chin de que esa labor no es exclusiva de don Marchena. Él la ha reforzado y modernizado, pero eso viene de lejos, desde cuando el PLD decidió usar el Presupuesto Nacional para poner bajo su control e influencia política la opinión pública lo más que puedan.

Lógicamente el propósito lesiona el equilibrio y la pluralidad informativos, pilares de la democracia. Pero eso a los morados nunca les interesó, desde los tiempos en que dividieron al país entre peledeístas y corruptos.

El punto es que el caso de la periodista embarazada me recuerda a Art Burchuald , que en una de sus más ácidas columnas –la cito de memoria- narraba lo ocurrido “al último norteamericano en Santo Domingo”.

Estados Unidos explicó que había intervenido militarmente a Santo Domingo, porque venían “a salvar vidas norteamericanos” residentes aquí, pues según ellos el 24 de abril de 1965 en el país se había iniciado una revolución comunista.

Desde el 29 de abril de ese año, helicópteros de la marina americana empezaron a transportar ciudadanos de su país hacia navíos anclados frente a las costas capitalinas.

A los 2 ó 3 días se presentó al hotel El Embajador, que era el lugar de abordaje de los helicópteros, un despistado gringo que al parecer andaba por el interior.

Tras repasar las listas del Departamento de Estado y cruzarlas con las de la embajada local, llegaron los militares a la conclusión de que el hombre era el último gringo en el país.

Un teniente le salió al frente preguntándole que hacia dónde iba. El hombre señaló un helicóptero ya encendido y le respondió que venía a irse en el aparato, al tiempo que sacaba la documentación, que además de la apariencia, confirmaba su nacionalidad.

Pues mire que usted no puede irse. Es el último norteamericano que queda en Santo Domingo, y si usted se va ¿cómo justificamos la invasión?

Igual que la periodista embarazada, que no podía dejar el medio privado, el gringo no podía irse a su país.