(En esta nueva ocasión, divulgamos otros tres de los doce relatos de Refugio en la Cumbre)
VIII
Jacqueline Gómez fue la segunda en la familia en viajar a España. Luego de su fracaso de adolecente, se había refugiado en Puerto Rico y más adelante, cuando sus padres compraron nuevas propiedades en Luperón, regresaría a Santo Domingo, instalándose en el sector El Morro de Villa Mella, al norte la ciudad, donde renacería su espíritu, adoquinando su mente de utopías, llenando su corazón de sentimientos y enamorándose de nuevo.
Le había llegado el momento de enterrar el pasado, enganchándose el aprecio de un joven empresario santiaguero, de nombre Arturo Espaillat Rodríguez, comprometiéndose con celeridad sorprendente para casarse y residir en Madrid, en un apartamento comprado por sus padres con criterio futurista, pensando en su nieta adolescente Yudelka y la universidad, pero que a ella les facilitarían temporalmente, impresionados por la expectativa de matrimoniarle con un hombre de familia acomodada y con futuro, y con la esperanza de que ahí se pudiera hacer realidad la expresión popular, “Matar dos pájaros de un tiro.”
Jacqueline se casaría en una radiante ceremonia familiar encabezada por los padres del novio y los suyos, que estuvo apadrinada por su hermano Fausto, y donde una jovencísima Yudelka, ignorante del secreto de su nacimiento, sería su dama de honor. Los recién casados volarían a España, y pasarían unos días en la residencia de su tía Miriam; para luego irse a residir en un apartamento de un edificio de diez plantas, situado en una calle del elegante ensanche de Vallecas en Madrid, donde residían pocos latinos.
Este piso, aunque no era nada extraordinario, sí era bastante cómodo: con un balcón amurallado, sala, antesala, comedor, tres habitaciones y un cuarto de servicio; teniendo una vista desde el balcón que posibilitaba el dominio panorámico de la ciudad, en especial sobre la ancha avenida.
Los esposos se marginarían de la comunidad dominicana por la hostilidad contra los latinos que comenzó a palpar Jacqueline desde que descendió la escalinata del avión de Iberia que los llevó desde Santo Domingo hasta el Aeropuerto Adolfo Suárez, antiguo Madrid-Barajas; donde fue sometida a un riguroso chequeo, y observó –sin que el marido lo notara- que las autoridades de Migración detuvieron, maltrataron y humillaron a varios venezolanos en los puestos de chequeo, negándoles la entrada a Madrid; enterándose luego por la prensa que en ese año habían sido rechazados mil 400 brasileños, 950 argentinos y más de 500 ciudadanos de la patria de Bolívar que intentaron ingresar a la ciudad. Sin embargo, aunque no fue una agresión directa hacia ella y su marido, ambos sintieron que esos registros abusivos denotaban un rechazo a los latinos.
La verdad es que esos maltratos y humillaciones -como padeció ella y les ocurre al grueso de las mujeres dominicanas al llegar a Las Barajas-, eran fruto de la encendida fobia racial contra los extranjeros, que se había agravado por el terrible asesinato -un año antes de su llegada- de una trabajadora dominicana llamada Lucrecia Pérez, de 33 años, en una acción en que también fue gravemente herido otro paisano suyo, de nombre Augusto César Vargas; víctima por igual de la intolerancia de un guardia civil español de nombre Luis Merino, que actuó enceguecido por las consignas ideológicas de los grupos extremistas que integraban las llamadas “Juntas españolas”, un proyecto político de la extrema derecha, asociado con la estrategia del ultranacionalista francés Jean-Marie Le Pen, basada en un discurso anti-inmigración de contenido xenófobo, que se planteaba ponerle un stop a la inmigración general, resaltando el slogan “Fuera los negros” y el lema “Defender a España contra la invasión de inmigrantes”.
Y aunque este grupo se esforzaría en desvincularse de ese primer crimen chauvinista cometido en España contra dominicanos, atribuyéndolo a un ajuste de cuentas por tráfico de drogas; sin embargo, el tiempo demostraría la responsabilidad del ku klu klan español en esta desgracia que obligaría a los dominicanos a tomar medidas defensivas para evitar nuevas agresiones.
En la mente de Jacqueline estaría siempre el recuerdo de Lucrecia, una mujer de clase humilde cuyo único delito había sido tener muchas necesidades; asesinada luego de ser maltratada con palabras obscenas y acusaciones de ejercer la prostitución y mercadear drogas; cuando en la realidad era una inmigrante dominicana, madre de 16 hijos y oriunda de Vicente Noble, un pueblo de 25 mil habitantes de la provincia de Barahona, que había ido a Europa buscando simplemente un trabajo doméstico para ganarse el diario sustento suyo y de sus hijos.
A partir de la muerte de Lucrecia se intensificaría la tensión interétnica, y el conflicto social pasó a ser un problema de orden público, con persecuciones policiales contra los dominicanos que participaban en reuniones de inmigrantes en ciudades como Aravaca, en rechazo a la obstrucción de su estancia en España por carecer de un permiso legal de residencia.
El conflicto interracial alcanzaría a la propia Jacqueline, quien pese a su piel blanca y ojos verdes, tuvo un roce verbal con unas vecinas portuguesas del edificio donde se había mudado, provocado por sus cherchas ensordecedoras con jóvenes que se pasaban su tiempo con la radio encendida y música alta hasta entrada la madrugada.
Esta confrontación fue un motivo para dejar el apartamento, trasladándose donde su tía Miriam, también en Madrid; aunque en su deseo más íntimo quería regresar a la República Dominicana, al no sentirse a gusto en la metrópolis española, que consideraba invivible, debido al alto costo de la vida, y porque durante la mayor parte del año decía sentir un calor irritante en aquella emboscada de fuego encarnizado, que era el horno-ciudad de Madrid.
Jacqueline también recordaba haber llegado a España en un invierno, y aunque la impresión inicial de la ciudad era positiva, llenándose de regocijo la primera la noche en su apartamento junto a su marido y varios visitantes, amigos dominicanos, con quienes compartiere un brindis con sidra, escuchándoles relatar sus experiencias en la vida madrileña; sentiría pavor, mucho desánimo y depresión, con el tema expuesto sobre la temperatura en la capital –en los tiempos de frío y de calor-, dudando de que pudiera vivir cómodamente allí. Sin embargo, a poco de su llegada, Jacqueline se paseó por la zona metropolitana, acompañada de su tía Miriam y de Arturo; visitando la Universidad Politécnica, donde se enterarían de los pasos que ella tenía que dar para matricularse, si se lo proponía.
Más luego, acompañada sólo de su tía, caminaron por toda la ciudad universitaria, anduvieron por diversas calles de aquella gran urbe apretujada y bulliciosa, ubicando el lugar de acceso en autobús y la céntrica Gran Vía, desde la calle Alcalá hasta la Plaza España, un lugar de visita obligada, considerada la preferida de los madrileños; y deambularon por el parque El Retiro, el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, tomando luego el metro, en la estación de “Cuatro caminos”, rumbo al distrito de Chamberí, cerca del apartamento donde Jacqueline estaba instalada, en un barrio de clase media caracterizado por sus numerosas plazas, parques y comercios.
A una semana de vivir en Madrid, de vuelta a la estación de “Cuatro caminos”, Jaqueline vio por primera vez al hombre por el cual dejaría a su marido. Se llamaba Felipe; un español un tanto alegre, de mirar desafiante, de baja de estatura, pelo áspero rizado, boca grande y nariz respingona; vestido con bermudas, camiseta y tenis, luciendo jovial y saludable; el cual se le acercó a ella saludándola con su mano derecha extendida, y diciéndole, a modo reverencial:
-Eres muy linda. Me gustan tus ojos verdes adorables. ¿Quién eres?
Ella quedó sorprendida por la forma tan rápida y directa de la presentación. Se quedó observando a este individuo en silencio, y le tomó su mano, que él acarició dulcemente; y la retiró veloz… sin decir palabras. Felipe, de unos 35 años de edad y manos ásperas y rollizas, le dio una tarjeta con su número telefónico personal y el de la compañía de mercadeo donde laboraba en el área. Y no volvieron a verse sino hasta una semana después, de nuevo en la estación; y esa vez iba vestido con cierta formalidad, camisa blanca, pantalón azul, corbata y zapatos negros. La miró sonriente y saludó con mucho entusiasmo:
-¡Hola preciosa!
-¿Qué tal? –respondió ella escuetamente.
Él, de manera audaz y directa, le reiteró su apreciación inicial sobre su belleza. En esta ocasión, haciendo alusión a sus piernas hermosas y bien torneadas. También le advirtió sobre un supuesto peligro si se internaba por un laberinto secreto de la estación del metro, que había originado increíbles leyendas y cuentos.
-¡Soy extranjera, pero no ignorante –dijo ella-. Esos relatos corresponden a lo que sucedía en una estación del metro de Ciudad México; no en Madrid.
– ¡Ah, lo sabía! –exclamó.
-¿Por qué has pretendido asustarme? –inquirió ella
Él se disculpó por su metida de pata, y le confesó que había sido un modo erróneo de animar la conversación. Después anduvieron por la plaza de Cuatro Caminos. Y en un restaurant próximo compartieron sendas copas de vino; enrumbándose más luego hacia el parque El Retiro, donde conversarían durante varias horas de manera amena y extendida, demostrando su interés recíproco y halagándose con mucha emoción y vehemencia.
Felipe estuvo suspirando por el color esmeralda de sus ojos, correspondiendo ella a su gesto con una sonrisa deferente y constante. Al día siguiente, se vieron de nuevo temprano en la estación del metro: Él, vestido de manera formal, con un traje que hacía ver más anchas y macizas sus espaldas; y ella lo miraba curiosa, sintiéndolo más atractivo con esa sonrisa casi infantil y condescendiente que colgaba de su cara. Se saludaron con besos afectivos de mejillas. Y emocionado él le expresó: “Sueño con besar tu boca y comerte a besos en algún momento, para alimentar mi espíritu de alegría y felicidad”. Ella volvió a sorprenderse, pero no tanto por su ímpetu; sino, por su forma suave y excitante de sugerir una caricia con su voz aguda y atenorada, moviéndose sin perder su apostura. Y le dijo: “No diga eso. No soy soltera”.
Él iba a responder, cuando comenzó a caer una lluvia inesperada y violenta, que los obligó a buscar refugio en un restaurante situado a poca distancia, aprovechando la ocasión para estar completamente solos, para besarse como estaban deseando; y encendidos por la emoción de sus besos, explorando otro refugio donde desatar sus pasiones, encontrando un estupendo parador en la avenida Reina Victoria, donde él se registró de paso ante una conserje española corpulenta, de pechos enormes, cuya rápida y desagradable mirada estremeció a Jacqueline, que sintió sus ojos rebosados de malicia, excedidos en su cara flácida, llena de manchas rojizas, averrugada, con venas acentuadas. Sin embargo, esa mujer no era un peligro para ella, sirviéndole de manera eficaz con una deliciosa comida y descorchando buen vino español para que ellos brindaran por el éxito de su primer encuentro íntimo.
Fue así que permanecieron, juntos, hasta las 6:30 de la tarde; cuando ella regresaría a su apartamento, donde le esperaba impaciente su marido, entablándose entre ellos una agria discusión. “Creo que me estás engañando”, dijo él, en un tono hiriente; y ella le respondió: “Lo honesto sería ponerle fin a una coyunda sin amor”.
-¡Sabes lo que te amo! –exclamó-. Pero si no quiere seguir conmigo, no hay problema; te dejo el camino libre.
Llegaron a la decisión de pactar el divorcio, poniendo fin a una relación bien corta, de unos seis meses. Ella se sentía liberada y lista para iniciar en secreto la relación con Felipe, que se tornaría rutinaria; mudándose él en el apartamento del ensanche de Vallecas, que se había equipado y conservado con equipos de música y mobiliarios confortables. Andando ambos desde entonces juntos todos los días, paseándose durante la época del estío con ropa liviana para descontar calorina en las tardes ardientes. A ambos les gustaba andar despacio, para evadir el sudor; y se verían entre el público como una bella pareja de caminantes amorosos en las calles madrileñas, haciendo pausas fugaces en heladerías y puestos de frutas, cobijados casi siempre por una gran sombrilla para cubrirse del sol o la lluvia. Un año después, se casaron y fueron a vivir a Santo Domingo, luego de haber asistido a las bodas de su hermana mayor, Charo; la misma que desde la infancia revelaba cierto retardo de pensamiento, y que logró plasmar su sueño de matrimoniarse con un agro empresario italiano, de nombre Enrico Baccarani, con residencia en los campos de Bahoruco, donde había adquirido un próspero viñedo y la fortuna le estaba sonriendo en la producción de vinos, pasas y mermeladas, con mucho futuro de exportación.
IX
PRIMEROS AÑOS DE LUCHA DE FAUSTO GÓMEZ
Fausto Gómez Collado recordaba los días de su llegada a Santo Domingo, donde se estableciere primero en un apartamento del ensanche Evaristo Morales, junto a su madre y su abuela, siendo estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo; y más luego, en el ensanche Quisqueya, donde comenzaría su desarrollo profesional y militancia política en un grupo emergente de relativa incidencia entre los jóvenes de clubes y juntas de vecinos de esa urbanización, concomitantemente al ejercicio ocasional de la carrera de abogado.
Seguía recordando haber salido de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas con el título de Licenciado en Derecho, graduándose con las calificaciones más sobresalientes, en una ceremonia en que agotó el turno de agradecimiento en nombre de los mil 900 diplomados que se dieron cita en la Plaza Héroes de Abril, en la investidura interdisciplinaria junto a su novia y futura compañera de vida, Piedad Batista Jiménez, quien tuvo de padrino al tío que le había costeado parte de su carrera universitaria. Lo más resaltante del evento fue la también graduación de Licenciada en Pedagogía, con honores, de su madre Aura, de 40 años; cuyo perfil fue destacado por el rector magnífico de la alta casa de estudios, a la sazón, el ingeniero Miguel Rosado Montes de Oca, quien emocionado hizo hincapié en el empeño de la graduanda en adquirir un título universitario. La madrina de su investidura fue su hermana Charo, en una actividad donde su padre Pitágoras fuere padrino de Aura, y estuvo presente su tía Miriam con sus dos hijos, Luis Alberto y Diana.
Fausto había sobrellevado una existencia plácida en casi todo el trayecto de sus estudios en la UASD, pues no estuvo involucrado en las actividades grupales, por la decadencia misma del movimiento estudiantil organizado y por no estar de acuerdo con las aisladas movilizaciones anarquistas que interrumpían la docencia.
Sin embargo, aunque pareciera increíble, estuvo implicado muy activo en el servicio comunitario, confiriendo singular importancia al mejoramiento de la imagen del barrio, con la participación de sus vecinos en las actividades de ornamentación y cuidado de los parques y zonas verdes; pero en medio de su accionar un tanto calmoso, cuando estaba a punto de concluir sus estudios universitarios, le sorprendió el embarazo de su hermana, que sobresaltaría a toda la familia, por la actitud irreflexiva del novio, negado a reconocer la paternidad.
Esa complicación sentimental, en ese momento de su vida, ocuparía todo su espacio mental, viéndose afectado -durante meses- por su ocasional consumo de marihuana y bebidas alcohólicas, apartándose de la realidad presente y creando un mundo mágico de fantasía vivencial que encestaría en su pensamiento como cuchillo en su sien. Su graduación contribuyó a su recuperación, con lo cual demostró que su adición era pasajera, pues fue la primera y única vez que consumió estupefacientes.
En medio de la graduación, un torbellino de recuerdos le perturbaba el ánimo, afincados en aquel 28 de octubre, cuando la más antigua universidad de América cumplía los 460 años de su fundación, y él 23 de vida. Ocupaba entonces un asiento en esa explanada, vestido de toga y birrete negros, esclavinas y borlas de color rojo bermellón; iniciándose la entrega de distinciones a los estudiantes con honores académicos, entre los que se contaban seis de los 270 graduandos de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, evocando la angustiosa espera de su turno de gracias, en nombre de los investidos.
Estaba sumamente nervioso, faltando apenas unos minutos para tomar el micrófono y leer sus breves notas. Tenía el pensamiento obstruido, divagando sin control en torno a una serie de recuerdos de sus días de adolescente, como boy scout haciendo alpinismo y compartiendo ilusiones y experiencias, junto a otros chicos, en la brega exploratoria de las montañas más empinadas del Cibao, que era parte de los ejercicios complementarios de la formación general para llegar a ser jóvenes autosuficientes, ciudadanos responsables, de honor y templado carácter.
En aquel acto -sentado en primera fila- rememoraba la época en que fue miembro voluntario de la Cruz Roja, con mucha vocación social, discurriendo su adolescencia en un ambiente de fantasía e inocencia, imbuido a veces en las agradables visiones de magia y astrología que conmovieron los cimientos del parque Enriquillo y el paseo comercial de la avenida Duarte, de la capital; donde muchas mujeres se dedicaban a tirar al aire las cartas de tarot, o a leer tazas, para adivinar el futuro del gentío de creyentes que se agrupaba en el lugar.
Los denominados astrólogos o magos adoptaban los roles principales de cirqueros, encantando a la gente con las exhibiciones de culebras enrolladas en su cuello y soplando ráfagas de fuego como dragones entrenados.
Era el caso de un joven llamado Héctor Castillo, a quien apodaban El Telépata. Dichos prestidigitadores, con sus ojos cubiertos por un paño negro, mostraban sus trucos de magia, leyendo la mente y perpetrando la proeza de adivinar datos íntimos de personas escogidas al azar: el color de la piel, estado civil y otros elementos, lo que era verdadero espectáculo de ilusionismo cautivador y seducción impresionante.
Meditaba recordando que desde su niñez era acostumbrado televidente del Show del Mediodía, atrayéndole poderosamente la belleza de una mujer sanjuanera, que fue la primera conductora del espacio, de nombre Jeannette Dotel Montes de Oca, quien compartía su rol con un gran animador y conductor estrella del meridiano, a quien apodaban Jojó, cuyo nombre de pila era José Joaquín Pérez. En ese entonces el show, propiedad del comunicador Mac Cordero, tenía una hora de duración, que copaba los hogares dominicanos de lunes a viernes, en el tiempo del almuerzo, por Radio Televisión Dominicana.
El espectáculo fue luego trasladado a Color Visión, Canal 9, por su segundo dueño, el empresario santiaguero José Augusto Thomén, quien amplió el horario a dos horas y contrató los servicios de nuevas figuras; entre ellos, el francomacorisano Yaqui Núñez del Risco, quien con lucidez irónica sobresaldría en poco tiempo, impactando a muchos dominicanos como Fausto, que olvidaría aquella bella comunicadora, deslumbrado por el lenguaje novedoso de este gran animador que comenzaba el programa diciendo: “El Show del Mediodía, la costumbre dominicana de cada día”; e introduciendo y popularizando el siempre esperado segmento “Cultura con sabrosura”, por donde propagó profusamente la frase: “Este es un país muy especial”; que originalmente era un concepto publicitario, para apuntalar las bondades del ron Bermúdez, que era de la creación suya y del poeta Juan José Ayuso, ambos ejecutivos de la
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La simpatía de Fausto por el talento de Yaqui, estaba motivada por el correcto manejo del idioma castellano del comunicador, lo cual le permitía pegar frases como la anterior, que no era otra cosa que ironizar y glorificar la tendencia del dominicano a ser impredecible; a hacer elucubraciones derrumbando ideales e utopías, y provocar en el interior de la gente sentimientos de desarraigo, de fatalismo, con culto sistemático a las ideas pesimistas y vulneradoras de ilusiones, sentimientos y esperanzas de futuro.
Para Fausto, Yaqui puso al desnudo -como pocos intelectuales- la crisis de identidad del pueblo dominicano, derivada del ocultamiento de las raíces africanas y el empeño en destacar el hispanismo como supuesto elemento cultural primario en la formación de la nación dominicana.
Creía que el enfoque del comunicador servía para superar la sociología racista del pesimismo planteada en los siglos XIX y XX por autores como José Ramón López, Peña Batlle y Balaguer; sosteniendo que éste, con su visión y estilo, le había hecho un gran servicio al país, posibilitando que las nuevas generaciones pudiesen exponer con mayor claridad y dramatización las causas y efectos de la desdicha, el aburrimiento y el desapego de los humildes; parodiando la vida baldía y sin fundamento, criticando la tendencia a exagerarlo todo, el surgimiento de la subcultura del nanaismo (o, “na es na”), el “andar con un cuchillo en la boca” (en ese “búscame lo mío”), por querer chupar –a como dé lugar- la ubre de la vaca pública, con la apuesta permanente al “salga pato o gallareta”, pasando por el “salto al vacío”, los maremotos psicológicos, los black-out eléctricos, las quiebras y caídas de los sistemas bancarios, hasta terminar en la justificación de la exageración con promesas de lo imposible, en eso de “Hacer lo que nunca se ha hecho”.
En ese mundo fantástico, diseñaría Fausto la organización de su propia imaginación, empeñándose en tener cierto control sobre el azar y su destino. En aquellos tiempos maravillosos enriqueció sus estudios en las ciencias sociales; reforzó su conocimiento de la historia y el Estado; de la economía y las contradicciones de los grupos sociales; y se adhirió a las teorías sobre el desarrollo humano fundamentado en la relación armónica del hombre y la naturaleza, en la concepción del ser humano como principal riqueza del universo, vital en la construcción de un orden de justicia social e igualdad en beneficio de la humanidad.
Al término de aquellos estudios, se casaría con Piedad Batista, marchándose a Madrid, realizando juntos un curso de postgrado, alimentándose de una teoría social para fortalecer los derechos sociales, económicos y culturales de los pueblos oprimidos, inspirada en dar un rostro humano integral al socialismo.
Ambos vivieron en la casa que había comprado su madre, que estaba deshabitada después del regreso a Santo Domingo de su hermana Jacqueline y su esposo, el español Felipe.
A su retorno al país, luego de realizar su maestría en Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid, iniciaría la conformación de su familia, integrando en su seno a la adoptiva Yudelka, y procreando sucesivamente a sus hijos Antonio y Cinthia. Con su esposa Piedad formaría un bufete de abogados especializado en derecho legal y comercial, con oficinas en la avenida Winston Churchill, próximo a Plaza Lama; participando luego en la creación de un grupo de teoría política que operaría como movimiento liberal socialista, y que luego de un año de existir, aglutinaría una cantidad importante de intelectuales con marcada incidencia técnica en los medios digitales y la televisión.
Ese instrumento teórico pronto sería un ente eficaz de organización de otros sectores sociales, apoyándose en la personalidad carismática y el discurso locuaz y atractivo de Fausto, quien había sobresalido por su liderazgo creciente en sectores de la juventud y por haber establecido una legión emergente, en la que abundaban antiguos seguidores de los partidos de liberación nacional y socialistas.
Al éxito en su formación educativa, Fausto sumaría el notorio avance en la cátedra, gracias al excelente dominio de la retórica y al estilo didáctico que orientaba sus novedosas conferencias en derecho constitucional. Le favorecía mucho el hecho de que su intelecto se había enriquecido de una lectura reflexiva y actualizada, siguiendo los adelantos de la ciencia y la tecnología, en la sociedad moderna y el país, logrando un atinado desempeño en el proceso educativo, con base a un programa profesoral común y al innovador abecedario de consenso impuesto por los obispos católicos y los jefes de congregaciones protestantes, trasmutado del ámbito de la política al umbral universitario y a otros quehaceres sociales.
Tenía 27 años cuando se postuló por la provincia de Santo Domingo para alcanzar una curul de diputado al congreso dominicano, ganada debido a su vigorosa campaña por la conquista del aprecio de la mayoría de los votantes, y como legislador se ocuparía de su comunidad, acuñando el viejo eslogan de “Primero la gente”, que en Estados Unidos usara originalmente el presidente Bill Clinton, en su primera campaña presidencial; y luego, el candidato presidencial del Partido Revolucionario Dominicano, José Francisco Peña Gómez, aunque no tuvo éxito en la jornada dominicana, ya que fue empañada por el fraude.
“Primero la gente”, significaba que el ser humano era lo principal en la tierra para construir un futuro de civilidad y progreso, y que alrededor del ser humano se construiría un nuevo modelo de sociedad, con alimentación segura y continua, con salud, educación, medio ambiente y servicios prioritarios de calidad y puntualidad. Por su planteamiento sostenido alcanzó Fausto un alto nivel de popularidad durante su campaña electoral, sin flojeo alguno en la preferencia femenina, aún en los momentos difíciles y tormentosos de su vida íntima.
YUDELKA Y MORROBEL, UN ROMANCE APLOMADO
Yudelka crecería como la niña mimada que era, con todo el cariño y consentimiento de su abuela Aura, viviendo entre Santo Domingo y Luperón, con más tiempo en la ciudad capital y con algunas vacaciones escolares en la hacienda de Villa María, aunque ella hubiese preferido pasarlas en la zona urbana o en las playas del Norte, pues no le producía ninguna emoción el contacto con el campo y los agricultores. En lo personal, era una chica muy coqueta y consentida desde pequeña, en lo relacionado con algunos novios entre los adolescentes de la región septentrional, a quienes habría mostrado su fogosidad y emociones extravagantes.
A los 21 años se veía más bella que Jacqueline en su tiempo; con sus grandes ojos violetas, su pelo negro rizado y su cuerpo inmejorable, por su excelente formación curvilínea; pero ni siquiera Mario Mubarak, con quien había tenido el más largo noviazgo, la había valorado como deseaba, pues era sólo para él una chica divertida, a quien deseaba por la fogosidad incansable en sus juegos amorosos; y porque el figureo con una hija de un gobernador, a su juicio generaba trascendencia pública y tal vez un poco de popularidad.
Ella, por demás, era una chica ampliamente conocida, pues la prensa le había asignado mucha importancia a sus acciones públicas, dándole mejor trato incluso que a muchas megadivas, publicitando sus amores y aventuras; aunque no todo sería con ella color de rosa, pues en el ambiente informativo circulaban las opiniones de los adversarios de su padre, que les daban seguimiento continuo y no desperdiciaban oportunidad en atacarla, hasta pretender desconsiderarla, inventándose una página en el Facebook, a la cual pusieron el nombre de “la puta de mierda”, cuya orientación fue modificada porque allí también se expresaron sus simpatizantes, convirtiendo en mayoritaria las opiniones que justificaban y defendían sus actos públicos.
Después del percance periodístico de la filmación erótica, rompería su relación con Mubarak, en un intento por reconquistar la receptividad y apoyo de la clase periodística; para complacer a su padre, que había sufrido considerablemente el impacto del videoclip en las redes sociales; y porque habría comprendido a tiempo que debía dosificar su compostura y presentar una imagen social más cauta y reservada. Y así lo haría.
Con la salida de Mubarak, llegó un nuevo pretendiente. Un estudiante de odontología llamado Luis Morrobel Santos, de 27 años, con quien deseaba tener un noviazgo más consciente y agradable para su familia.
Su abuela Aura se había sentido fascinada con el nuevo enamorado, por ser un estudiante universitario y monitor de una asignatura de su carrera; por su franca sonrisa y su expresiva cortesía, aunque exteriorizada con gestos amanerados y confusos que constituían el único punto débil en la personalidad de este estudiante de término, con cierta madurez, que conoció mientras lo veía caminar un lunes a primera tarde, con mucha energía y vitalidad, por la acera de la Avenida George Washington, que ese día y a esa hora estaba medio-desierta; sentándose luego en uno de los largos bancos de cemento del malecón, frente a frente al hotel Napolitano, donde ella se había hospedado.
Vestía una camisa de cuadros verdes y blancos y un pantalón jeans azul marino, y sus ojos estaban mirando en ese instante las costas de arrecifes del ancho mar y una embarcación llena de turistas cerca del puerto, que disfrutaban la visión del mar y las palmeras al pie de la orilla. Él posó sus ojos en ella, devorándola con sentido de placer, como si no hubiera más mujer en el mundo.
Y ella, sorprendida, sintió que la desnudaba, pero aun así, conmovida, pudo sostener firmemente su mirada, con una ojeada desafiante, hasta que se sintió sometida, convencida de que sería capaz de doblegar hasta los propios arcángeles del cielo; y no lo observó más, aislándose por unos minutos de lugar.
Pero no bien borraba de su mente aquella extraña y retadora mirada suya, así como los cuadros verdiblancos encendidos de su camisa, cuando estaba escuchando tras de sí una voz que surgía del área de la terraza del Napolitano, que se dirigía a ella, diciéndole: “Buenas tardes, joven bonita. ¿Qué tal?”. Grande fue su sorpresa al escuchar esa estridente voz. Palideció del susto, estremeciéndose todo su cuerpo; y respondió casi de manera automática, como movida por un resorte: “Saludos. Aquí, en tranquilidad”.
-Me excuso, señorita, por el atrevimiento de venir a usted impresionado por su belleza –dijo con su mirada puesta en su cuerpo, recorriéndolo con entusiasmo y placer.
-¿Quién es usted? –inquirió ella.
-Espero no mortificarla con venir ante usted. Lo hago con sumo respeto. No lo dudes. Por demás, soy Luis Morrobel Santos, estudiante de la UASD, y quiero que desde esta tarde, me inscriba en su red de amigos como su servidor más leal y ferviente.
-¡Gracias joven! -exclamó sorprendida; mientras él -sin esperar que se repusiese del asombro- le manifestó su deseo de conocerla, de sostener un intercambio auspicioso por medio del whatsapp o el Facebook, remachando su aprecio por sus virtudes físicas.
-Mi nombre es Yudelka Gómez –le dijo, estando aún de pies y turbada por la rápida sucesión de los acontecimientos; apoyando sus nalgas en un muro a la entrada de la terraza y procediendo a escribir sus referencias personales en un papel de servilleta, que de inmediato le entregó de manera cortés.
Esa misma noche se reunió con Amparo, su amiga desde la adolescencia, a quien le describiría cada detalle de su encuentro con Luis Morrobel. Habían sido alumnas de un colegio católico situado en la avenida 27 de Febrero, y la escogería desde entonces como su principal confidente, pese a que otras amigas se lo reprochaban, alegando que no era de fiar, por tener supuestamente dos caras y no guardarle secretos a nadie; pues tenían la certeza de que era una chica peligrosamente egoísta, narcisista, con tendencia a la traición (el tipo de mujer que no se concentra en cuidar sus pertenencias, sino en obtener también las ajenas -incluso el amor de un hombre).
Pero ella la había seleccionado como la persona adecuada para confiarle sus asuntos íntimos, al margen de sus defectos; desdeñando su fingimiento de amiga, luego de haberla sorprendido diciendo mentiras, menoscabando su imagen. Pensaba que estaba preparada para lidiar con Amparo. Su abuela Aura le había enseñado a torear, y reprobar con sumo tacto, a las personas infieles y mentirosas, que -según sostenía- abundaban en la política, formando parte incluso del círculo íntimo de su hijo Fausto, quien estaba dedicado desde hacía algún tiempo al activismo partidista y al quehacer gubernamental.
Por demás, ella se creía poseedora de un don intuitivo para descubrir la infidelidad y la ambivalencia arraigada en muchas personas acostumbradas a decir una cosa ahora y otra después, o a negar en público lo que sostenían en privado. Y otra cosa que había aprendido de su abuela, fue a sosegar sus ímpetus y reaccionar con amabilidad y calma ante la traición y el peligro; de suerte que con esa postura había sabido encarar, no sólo a Amparo, que tenía el engaño como perfume de su diario vivir; sino a otros que les mintieron por ignorancia, o como víctimas del ardid y la difamación de terceros; y que concluyeron disculpándose, enmendando sus errores y cuidándose de no propagar en el futuro relatos y alusiones dudosos.
Yudelka odiaba la mentira, habiendo terminado su romance con Mubarak debido a su obsesiva inclinación por el uso de la artimaña en sus conversaciones triviales. Había roto su relación convencida de que le era excesivamente infiel, e infiriendo además que no tenía remedio su afición a la marihuana; pues luego de un examen de conciencia, no le cabía duda que había estado vinculada a un ser humano mentiroso, cuya inconducta incorregible era el resultado de haberse hecho hombre careciendo del afecto de sus padres divorciados, quienes se habían pasado su vida conyugal en una confrontación sin cuartel, que se reflejó en las calles y llegó a los tribunales; sin que hubiera tiempo de moldear su adolescencia con un poco de cariño y respeto.
A Yudelka le parecía bien, desde que era una chiquilla, compartir con Amparo sus confidencias más íntimas, revelándole esa noche, con lujo de detalles, su entusiasmo por Morrobel:
-Me gusta mucho Luis. Quiero ser su novia.
-¡Cuidado, Yudelka. Mucho cuidado! –exclamó Amparo-. Apenas hace unos días que terminaste con Mubarak.
-Eso pasó sin pena ni gloria. Este hombre de veras que me gusta un paquetón -dijo Yudelka.
-¡Ten cuidado! -repitió Amparo.
Yudelka la escuchó por educación, sabiendo que no era valedero el interés que mostraba por su integridad moral. La sugerencia que le hacía la tomaría con cautela, pues nada bueno se podía esperar de esa consejera que decía ser su amiga; pero que, sin embargo, a la primera oportunidad -cuando se plasmó la ruptura de su relación sentimental con Mubarak-, sin mayor recato, se acostaría secretamente con él, sosteniendo un vínculo fugaz que bien pudo arruinarle la vida.
No tenía duda de su infidelidad y engaño, era medularmente envidiosa; por tanto, no iba a irritarse, ni a gastar esfuerzo en descubrirla, ni reclamarle su falta. Al contrario, iba a demostrar que ella era más inteligente y audaz; utilizándola y sumándola al objetivo de investigar por el Facebook, y por cualquier otro conducto, al individuo que había entrado en su vida, excitándola de manera inusual por su atractivo, simpatía e inteligencia.
Indagando quién era Luis Morrobel Santos, así pasaría buena parte de esa semana. Amparo centrando su eficacia en esa investigación, procurando un resultado óptimo propio de un perito policial; logrando averiguar que este joven pertenecía a una familia de clase media pobre del municipio de Luperón, la cual con mucho esfuerzo y sacrificio lo había enviado a estudiar en la universidad estatal, alojándolo en una pensión atestada de jóvenes humildes oriundos del mismo pueblo, en el populoso sector de Villa Juana, de la ciudad capital.
Una vez enterada, Amparo intuyó que no sería fácil para su amiga relacionarse sentimentalmente con aquel joven pobretón, que vivía en condiciones tan precarias; teniendo incluso que dormir en habitación apretujada con una serie de literas de metal y careciendo de dinero para subsistir, ya que ni siquiera tenía para compartir con ella un refresco, o una cerveza, o una copa de vino, en algún centro recreativo de la zona metropolitana.
-¡Ayúdame, Amparo! Dime, ¿cómo puedo compartir con él?
-Tú estás acostumbrada a frecuentar los sitios de esparcimiento como Bella Vista Mall; ahora tendrías que irte a compartir a los barrios de Villa Juana o Villa Consuelo, donde aprendería a vivir entre pobres.
-Me haría bien conocer los barrios pobres, aunque no estén en mi demarcación, porque como te he dicho algún día habré de postularme a diputada –dijo Yudelka.
Un mes después, con la presencia de Morrobel, los tres se reunirían en la cafetería de la universidad, creciendo la común simpatía y agrandándose en la medida en que éste enfocaba temas sociales y académicos que impresionaban a las chicas, por su claro dominio discursivo, especialmente en estética dental.
Sería una larga conversación, pudiendo pasar a su lado horas muertas de diálogo; de modo que comenzarían a reunirse casi a diario en lugares a veces sugeridos por Yudelka para socializar; realizando “serruchos”, una costumbre entre los jóvenes humildes, que recolectan dinero entre todos para el consumo de bebidas; en este caso, en centros de recreación cercanos (Restaurant del Hotel Lina-Barceló y colmado-bar “La Venganza”), como para frecuentar los silenciosos y discretos reservados del restaurant del hotel Londres donde saciar la voraz necesidad erótica.
Con Luis Morrobel Santos comenzó la madurez sentimental de Yudelka, encendiendo el teclado del olvido para desalojar por siempre de su mente la frivolidad vibrante de adolescencia; despejando los lunares perjudiciales que estaban aún presentes en los recuerdos de sus compañeros de generación que insistían en estrujarle su coquetería pasada, denostándola con insinuaciones irónicas y susurros callejeros, y obligándola a repudiarlos con digna postura y energía, contrariando las pretensiones de los antiguos afortunados de sus besos, que aún suspiraban por gozarlos gratuitamente de nuevo, sugiriendo la divulgación tardía del placer de sus caricias. Con Luis Morrobel quedaría superada una época de antaño que ella comparaba con un sueño colectivo donde cabía el famoso soliloquio del drama español:
“¿Qué es la vida? Un frenesí/ ¿Qué es la vida? Una ilusión/una sombra, una ficción/y el mayor bien es pequeño/que toda la vida es un sueño/y los sueños, sueños son”.
Así se revalorizó su categoría y apariencia de chica honesta en acción y se afirmó su derecho a vivir sin angustias, calmando la desesperación de los muchachos de su tiempo y despejando toda duda de que tuviera méritos inimitables para sostener la relación con Luis Morrobel.