Hace años, al menos la OEA, apoyó un fideicomiso para administrar la ayuda internacional que recibiría Haití a raíz del terremoto que en el año 2010 devastó al hermano país.
Recuerdo que los organismos internacionales reunidos en Canadá se comprometieron a entregar en los siguientes años más de 10,000 millones de dólares. De si eso se cumplió o no, ni idea tengo, y si fue positivo dudo que alguien pueda ofrecer testimonio del éxito de las ayudas.
A tales fines también hubo decenas de reuniones por aquí, por allá, promesas, fotos, cónclaves, viajes…, todo combinado con otras actuaciones como cenas de gala en hoteles de lujo para anunciar pequeñas donaciones, maratones, presentaciones artísticas, creación de ONGs al vapor… La hipocresía estuvo de fiesta, sólo opacada por los negocios que hicieron y harían algunos a costa de la pobreza de Haití.
Y si Haití continúa igual o peor, tampoco se sabe. Lo seguro es que allí existe una anomia casi absoluta. Se nace y se muere sin documentos. Se vive subsistiendo como sea. Para el Estado sus habitantes ni a simple número de registro llegan. La miseria es indescriptible, y ni Gabo la podría narrar con la crudeza que amerita. Nada funciona, literalmente hablando.
Pienso que el tema del fideicomiso debe colocarse nueva vez sobre la mesa con la seriedad que amerita, siendo la ONU el escenario ideal, y de ser así no debe limitarse a los recursos que todavía pudieran llegar por motivo del terremoto. Debe ir más allá, mucho más allá.
En palabras llanas y adaptadas a nuestro caso, el fideicomiso consistiría en que toda ayuda, donación, colaboración, etc. que la comunidad internacional (fideicomitentes) otorgue a Haití, serían administradas por personas jurídicas (fiduciarios) elegidas por la misma comunidad internacional, todo a favor del pueblo haitiano (fideicomisario o beneficiario).
Como los líderes haitianos han fallado hasta respirando, este fideicomiso traspasaría lo económico y abarcaría lo político y lo institucional. Me refiero a un fideicomiso quizás atípico, que sea el responsable de gobernar Haití en todos los sentidos, a la espera de que el hermano país pueda lograrlo por sí mismo.
Sus miembros serían los responsables de dirigir al Estado haitiano, de manejar la economía, de elegir a los jueces, de controlar la seguridad, de nombrar a los funcionarios nacionales y locales, de definir la política exterior, de crear las condiciones para que dentro de varios años los haitianos estén preparados para dirigir su propio destino. Este fideicomiso, considero, es la mejor solución que existe para que Haití inicie a gatear en el mundo moderno y para que en un futuro recorra sus primeros pasos como nación ya mínimamente organizada.