De niño admiraba la recitación de Ramón González Hardy, de su poema “Ay Caraje”, extraído de la influencia haitiana en la cultura de la sociedad dominicana, con sus enclaves casi autónomos que produjo en toda la isla la dominación esclavista tanto española como francesa.
Usaron siempre símbolos de rebelión y de no aceptación del dominio de los blancos europeos, para quienes cualquier acto que retare la autoridad esclavista era visto siempre como injusto y criminal, mientras se entregaba inhumano e infernal trato al otro y quedaba como memoria cultural, nomenclaturas peyorativas, desconsideradas e insultantes referentes a su condición de esclavitud y a su origen étnico.
Todo acto era interpretado en concordancia con los intereses y el pensamiento de la autoridad colonial, y más tarde como la verdad de los hechos que contaron autorizados historiadores complacientes, para justificar la interpretación histórica en sentido favorable a la clase dominante.
Aun así de los relatos pueden inferirse epopeyas y martirios y heroísmos y la verdadera historia.
Así se procuró pasar como heroísmo nacional la conflagración que tuvo sitio en el Santo Domingo de nuestro lado, cuando procuraban los haitianos asegurar su nacionalidad amenazada por las tropas napoleónicas francesas que permanecían al oriente de su recientemente declarado independiente país en ésta nuestra isla común que había cesado de ser española hacía casi una década.
El aventurismo del gobernador de Puerto Rico confabulado con el de Jamaica, ambos estimulados no de ganancias patrióticas, sino de bienes de fortuna, tomaron desprevenido a un tonto que creyéndose español, comprometió el futuro nuestro para hacerlo de nuevo esclavo de una metrópolis que no tenía interés alguno en conservar la isla, sino por el contrario deshacerse de la vaina que significaba poseerla.
Talvez aquí debería alegrarme de que su aventura heroica –una de las de mayor heroísmo de nuestra historia nacional, Juan Sánchez Ramírez perdiera toda su fortuna, dejando en abyecta pobreza a sus descendientes y a su hogar.
No expreso tal alegría, porque creo que a él lo animó motivación de patria malentendida, además de su ignorancia y su complejo de superioridad del español que no era, en contraste con lo que entonces éramos y seguimos siendo: una nación de mulatos y mestizos. Mezcla primariamente de africanos y europeos, con remanentes de aborígenes americanos.
Talvez sería bueno para entender lo que étnicamente somos, si usáramos como convención la de los blancos europeos y norteamericanos quienes perciben como caucásica solo a personas sin una gota de sangre no caucásica; es decir, la herencia de solo una gota de sangre convierte al individuo automáticamente en negro.