En mis manos tengo el libro de Mariana Mazzucato “El Estado Emprendedor: Mitos del Sector Público frente al Privado”.
He dedicado muchas horas a su estudio detallado y la mayoría de los planteamientos de la presente entrega son producto de las reflexiones hechas sobre sus novedosos y desafiantes planteamientos.
En la obra va emergiendo, a partir del análisis de hechos irrebatibles, un estado emprendedor que ha tenido la osadía de hacerse cargo no solo de las inversiones más voluminosas de los últimos cincuenta años de las economías de mercado, sino de las más arriesgadas, inciertas e impredecibles.
En realidad, el Estado no sólo ha servido para cerrar las brechas que desde el esquema conceptual de los fallos del mercado se les asignan como tareas, sino que su rol estelar oculto se ha centrado en asumir los riesgos respecto a los cuales nunca aparecen actores privados interesados.
En este sentido, el Estado, y no el sector privado, es el primero en entender que el correcto direccionamiento de las inversiones en el proceso de innovación es lo que en esencia determina la sostenibilidad del crecimiento.
La intervención del Estado resulta pues más ambiciosa que lidiar con los desajustes entre beneficios privados y sociales.
Mazzucato desvela magistralmente su actuación como principal inversionista en los sistemas nacionales de innovación, pero no como uno sin visión ni plan ni con el objetivo exclusivo de reducir el riesgo para que otros, que permanecen al margen esperando el desenlace del atrevimiento, capturen los beneficios, sino asumiéndolo con valentía y montones de millones, apostando a verdaderas revoluciones tecnológicas que pasan desapercibidas para el sector privado cuando están en sus etapas tempranas.
El Emprendedurismo que asume Riesgos
El emprendedurismo supone, en República Dominicana, un espíritu muy diferente al que en realidad tiene aquel que ha triunfado en los hechos, por lo menos en los países más desarrollados.
Entendemos erróneamente que todo el que tiene la valentía de crear un nuevo negocio, sin proponerse si quiera destruir las ventajas de los competidores, especialmente extranjeros, es un genuino emprendedor, el actor iluminado que “requiere la nueva competitividad” que deseamos forjar para incursionar en el mercado global.
En nuestro país, en realidad, las nuevas ideas (e invenciones) escasean y la disposición y la capacidad de convertirlas en innovaciones exitosas son un mito.
Los negocios que supongan nuevos productos o nuevos procesos o nuevos mercados para un proceso o producto existente, con la capacidad evidente de enfrentarse o eliminar la competencia activa, es lo que el Estado debería estar apoyando en todos los frentes del quehacer productivo y tecnológico nacional.
Cuando comencemos a destruir creativamente lo que hasta ahora no ha podido cambiar el modelo productivo y de negocios prevaleciente, sin perder de vista el cambio radical de la vieja mentalidad de “hacer lo de siempre”, aportando verdaderamente a la riqueza global de la Nación, estaremos hablando de una economía a la que realmente ha llegado el espíritu emprendedor.
Por tanto, y esto está en contraposición directa con la cultura productiva dominante, de la que recurrentemente brotan gritos de agonía por el crecimiento de las importaciones y la falta de controles de las mismas y la competencia desleal de iguales en realidad mucho más atrevidos e innovadores, necesitamos que el espíritu emprendedor, en el sentido correcto de asumir riesgos en nombre de una idea, impregne todo el tejido del sistema económico nacional, sin importar que la toma de riesgos emprendedora sea de hecho altamente incierta.
¿Buena suerte o determinación estratégica?
Los empresarios son impacientes. Exigen la mayor seguridad para sus inversiones y una pronta y razonable recuperación de las mismas. Por ello, en los hechos, no son candidatos seguros para invertir en I + D ya que los nuevos productos asociados tardan años en aparecer en escena. Y lo peor: cuando son desarrollados muchas veces no encuentran mercado y fracasan estrepitosamente. Como señala Mazzucato:
“En el sector farmacéutico, por ejemplo, el proceso que conduce a la innovación proveniente de un proyecto de I + D puede demorarse hasta diecisiete años.
Cada fármaco cuesta alrededor de 403 millones de dólares y la tasa de fracaso es extremadamente alta: solo uno de cada diez mil compuestos llegan a la fase de aprobación para el mercado, una tasa de éxito de tan solo el 0.01%. Cuando el proceso tiene éxito, a veces la búsqueda de un producto lleva al descubrimiento de otro totalmente diferente, tan solo gracias a la buena suerte”.
Sin embargo, la “buena suerte” no es un criterio para iniciar acciones arriesgadas e inciertas.
Los criterios son estratégicos y de largo plazo y las acciones deben estar orientadas a una finalidad.
Con todo, la falta de interés por parte del sector privado en invertir en sectores o rubros de alta incertidumbre está determinado porque los beneficios no pueden explicarse con ayuda de la teoría económica convencional y, consecuentemente, no cabe esperarlos con una certeza medible.
Invertir en Investigación Básica
En este contexto, apuestan más dinero a la investigación aplicada que a la básica, área a la que el mercado se muestra renuente asignar recursos. Sin embargo, ambas están interrelacionadas.
Se sabe que los grandes avances de la humanidad están indisolublemente atados a la investigación básica. Como señala Pedro Miguel Etxenike (2008) “…
Los grandes avances de la humanidad vienen de la investigación pura, abierta, sin cauces estrechos donde investigadores de gran capacidad tienen absoluta libertad en la dirección que su fantasía y sus trabajos previos les lleven. No puede haber investigación aplicada de verdadera calidad sin un estrecho contacto con la investigación básica.
Lo dicho no minimiza la importancia de la investigación aplicada, sino al contrario la refuerza; todos los avances citados tampoco hubiesen sido posibles sin la utilización de los nuevos avances tecnológicos: aparatos de medida, alto vacío, etc.”.
En tanto la investigación básica contribuye a la formación del personal (necesaria para emprender acciones de I + D), se revela como un vivero de ideas que sustentan posteriormente proyectos de innovación y desarrollo y crea un clima de calidad o una exigencia de excelencia permanente en el abordaje de los problemas (lo cual consolida un nuevo estilo de enfocar y afrontar cuestiones cruciales del desarrollo), nadie debería poner en dudas la necesidad de asegurar su apoyo económico a gran escala.
En los Estados Unidos el gasto público representa el 57% de la investigación básica, mientras que al sector privado le corresponde un 18%.
Algunos Problemas Dominicanos
Sin menosprecio de los avances logrados en los últimos años, República Dominicana está lejos de aproximarse a una situación en la que, a partir de la incorporación de nuevos conocimientos y el afianzamiento de un espíritu emprendedor que asume riesgos, avance efectivamente hacia la creación de un sistema productivo competitivo capaz de renovarse y superarse a sí mismo.
Durante años no hemos podido superar la dificultad de articular la actividad investigadora a la innovación productiva, articulación que cuando es efectiva se evidencia en la producción anual de patentes.
En catorce años se han registrado cinco patentes y solo una de ellas pertenece a un dominicano. A ello se suma una baja inversión en educación media y superior y los recursos que se canalizan al nivel primario, donde comienza todo, se destinan a la construcción o reparación de escuelas y al mejoramiento de los salarios de los profesores (lo cual no es criticable, más bien es una condición para que luego se apunte a lo fundamental).
El resultado más visible es que en los últimos diez años se producen profesionales de calidad muy inferior a los que teníamos hace cuatro décadas. No es extraño que sigan siendo escasos los recursos humanos especializados en ciencia y tecnología, y la oferta nacional de los mismos siga decreciendo.
Por lo demás, y a pesar del gran esfuerzo desplegado por el MESCyT, la formación de doctores a través de su programa de becas es insuficiente con el agravante de que muchos de los que logran graduarse prefieren quedarse en el extranjero ante una panorámica nacional desalentadora en términos de remuneraciones e incentivos a los esfuerzos en materia de investigación básica e innovación.
Fuente: CEPAL.
Ante la escasa o dispersa disponibilidad de información sobre ciencia, tecnología e innovación, la desunión entre investigación y desarrollo y empresa, las brechas crecientes entre educación básica, investigación aplicada e innovación y la muy concentrada asimilación por parte de los agentes económicos del proceso global hacia una economía basada en la producción de conocimientos útiles, el futuro luce ciertamente lúgubre.
La situación cambiaría únicamente con un liderazgo estatal fuerte que apoye decididamente a los institutos y pequeñas empresas en biotecnología e innovación, que ponga atención especial a los laboratorios del Gobierno y las universidades, que se decida por una formación orientada a garantizar la continuidad de la investigación básica y asuma riesgos no medibles en ideas que pudieran parecer descabelladas.
Del mismo modo, obedeciendo a unos lineamientos estratégicos maestros, mejorar la calidad y eficacia de la educación primaria, media y superior, promover articulaciones firmes entre centros de estudios superiores y empresas, y valorar de otra manera los recursos humanos de alta calificación no solo pagándole bien, sino asegurándole condiciones de vida decentes bajo un sistema de incentivos que realmente funcione y que fomente la generación de nuevas ideas y proyectos prometedores.