El 21 del mes en curso la licenciada Teresa Ventura y un servidor acordamos reunirnos en mi apartamento a las 8:00 de la noche, para dialogar sobre diferentes temas de interés nacional.

Como es costumbre en ella, llegó con dos horas y veinte minutos de retraso sin ni siquiera tomarse las molestias de pedirme excusa por abusar de mi limitado tiempo.

Ante su aptitud indolente, suavemente le hice un pequeño reproche a lo que ella me respondió más como un cumplido que como una excusa: “tú sabes que mi vida es un poquito complicada”.

Con esta respuesta despreocupada pasó a la galería y antes de sentarse me entregó un vaso de habichuelas con dulces que me envió una amiga suya, y con una mirada inquisidora no dejaba de observarme el rostro y los ojos para descifrar mis posibles reacciones.

Al notar que recibí las habichuelas con dulce con agrado por un comentario jocoso que le manifesté, aprovechó la ocasión para obsequiarme un regalo con la advertencia de que tenía que abrirlo en su presencia para ella comprobar no sé cual oculto capricho o motivo de sus creencias o prejuicios personales.

Debido a la severidad de su advertencia destapé el regalo que, a mi modesto entender, resultó ser más un insulto que un agrado muy premeditado de su parte porque ella conoce a fondo mis posiciones religiosas y literarias, y sabe a ciencia cierta que no comulgo con evangélicos y mucho menos me gustan los autores dominicanos, con excepción del Profesor Juan Bosch que es de por sí un escritor universal por la trascendencia de sus obras.

Su regalo envenenado era un libro de autoestima del pastor evangélico Saulo Hidalgo, quien mantiene una columna sabatina en el matutino Listín Diario y es una verdadera lástima que éste hombre tan inteligente sea evangélico, porque todos sabemos que éstas personas mantienen una doble moral y han hecho de ésta religión un negocio extorsionando a infelices personas indefensas.

También son portadores éstas personas de las siguientes lacras sociales: roban, matan, violan, practican el adulterio, consumen bebidas alcohólicas y practican la hipocresía social.

Yo, al igual que muchos no creyentes o ateos, no somos portadores de estos defectos morales y, sin embargo, somos ampliamente satanizados porque siempre hemos pregonado “que la religión es el opio de los pueblos”,  como muy bien señaló Carlos Marx.

Como siempre he tratado de ser coherente con mis posiciones ideológicas, le gusten éstas o no a las personas o los poderosos, tuve la gentileza de con mucho respeto devolverle su regalo lo que provocó serias molestias en su persona y no le quedó otra opción que abandonar abruptamente mi apartamento y me envió éste mensaje por el móvil: “Espero nunca volver a verte.

 Eres un ser despreciable. La soledad es lo menos que te mereces. Eres un patán”.

¿Hasta cuándo seré víctima de la intolerancia predominante en la sociedad?  Este es el precio que he pagado por la firmeza de mis ideas.

Lo siento, Teresa, pero yo no puedo ser de otra forma ¡Te deseo suerte!  Gracias, por todo.