La revolución constitucionalista del 24 de abril de 1965 empezó con la toma del Campamento Militar 16 de Agosto y la emisora oficial Radio Santo Domingo, donde fueron apresados numerosos dirigentes del PRD, entre ellos José Francisco Peña Gómez, quien había llamado al pueblo a respaldar la acción que buscaba reponer a Juan Bosch en la presidencia de la República.

Y mientras el presidente títere Donald Reid Cabral se dirigía a la nación asegurando que todo estaba “en paz y en orden”, el Campamento Militar 27 de Febrero también se sumaba al alzamiento militar que anunciaba días de gloria.

El domingo 25 de abril en la mañana, miles de personas se concentraron en el Parque Independencia armados de palos, tubos de hierros, piedras y otros objetos, donde escuchaban las voces de algunos oradores improvisados.

De la multitud se oyó una voz femenina que se dirigió a la muchedumbre pidiendo armas para el combate; era Enma Tavárez Justo, la hermana del líder del “14 de Junio”, fusilado por el Triunvirato.

Las masas enardecidas incendiaron allí el local de la Unión Cívica Nacional, identificada con el golpe militar que derribó a Juan Bosch y luego marcharon al Palacio Nacional a pedir la destitución de Reid Cabral, quien finalmente fue arrestado junto con Ramón Cáceres Troncoso por tropas constitucionalistas que ocuparon la sede del gobierno, dirigidas por los coroneles Caamaño Deñó y Gutiérrez Ramírez.

La toma del palacio presidencial permitió que los miembros de la Asamblea Nacional, compuesta por los congresistas del gobierno de Bosch, se reunieran y designaran a José Rafael Molina Ureña como presidente provisional, en virtud de que él era el presidente de la Cámara de Diputados en 1963, pues el presidente del Senado, Antonio Casanovas Garrido, estaba también exiliado.

El general Elías Wessin, jefe aparente de los militares de San Isidro, envió en dos ocasiones al Palacio Nacional a un comisionado para negociar un acuerdo con el gobierno constitucionalista, pero sin resultados.

Los jefes militares atrincherados en San Isidro deseaban una Junta Militar provisional que organizara nuevas elecciones para el 1 de septiembre, pero no aceptaban al gobierno constitucional y mucho menos el retorno al poder del hombre que ellos derrocaron en 1963. En horas de la tarde empezó el primer bombardeo contra la sede del gobierno, mientras los tanques de guerra del CEFA eran enviados a la cabecera oriental del Puente Duarte.

La respuesta del pueblo fue salir a las calles en dirección al puente y levantar barricadas en su cabecera occidental para impedir el paso de las temibles máquinas de hierro enviadas desde San Isidro, con el propósito de ocupar la ciudad controlada por los constitucionalistas.

El lunes 26 de abril, la aviación militar de San Isidro intensificó sus bombardeos contra el Palacio Nacional, la emisora oficial de radio y televisión en poder de los constitucionalistas, los campamentos militares 16 de Agosto y 27 de Febrero y la parte occidental del puente, donde las masas enardecidas impedían el paso de los tanques del general Wessin.

Esos bombardeos despiadados llevaron a los militares democráticos a repartir armas entre la población civil, la cual empezó a organizar comandos en los barrios de la parte norte de Santo Domingo.

El martes 27, unos diez tanques de guerra, seguidos de cientos de soldados de infantería, lograron cruzar el puente, pero tan pronto penetraron a la ciudad comenzaron a ser atacados  por todos los lados con bombas molotov y disparos de fusiles, por centenares de combatientes civiles y militares que salían en pequeñas guerrillas de todos los callejones.

En pocos minutos, dos tanques fueron incendiados, uno fue abandonado por su conductor, tres retrocedieron en dirección al puente donde continuaron el ataque, y tres presentaron una batalla que duró varias horas; la infantería casi completa cambió de bando y se integró  a la lucha al bando constitucionalista. Aquella fue una batalla verdaderamente fiera.

Mientras se desarrollaban esos fieros combates, una comisión del gobierno constitucional, encabezada por Molina Ureña, Francisco Alberto Caamaño Deñó y el coronel Manuel Ramón Montes Arache, jefe de los guardias ranas, se entrevistaron con el embajador norteamericano William Tapley Bennet para solicitarle su intermediación y acabar con el conflicto que tanta destrucción y muerte estaba causando a la población indefensa.

Los constitucionalistas estaban dispuestos a cualquier acuerdo en aras de acabar la matanza contra la población. Pero el embajador Bennet respondió la solicitud con prepotencia, exhortándolos a que entregaran las armas porque en su opinión ellos estaban vencidos. Los militares constitucionalistas sintieron vergüenza y a partir de ese momento juraron luchar hasta la muerte, pues estaban conscientes de que una nueva invasión militar norteamericana se acercaba.

La insolente respuesta del embajador estadounidense influyó en los ánimos de muchos funcionarios del gobierno y dirigentes del PRD, quienes empezaron a refugiarse en algunas embajadas extranjeras, mientras el jefe militar de la revuelta, el coronel Hernando Ramírez, atacado por una hepatitis, decidió asilarse en la embajada de Ecuador.

En cambio, el coronel Caamaño y el jefe de los Hombres Ranas –Montes Arache- se dirigieron al Puente Duarte, donde se libraba la batalla decisiva, y cuando los combatientes que luchaban contra las columnas blindadas de Wessin se percataron de la presencia de estos dos altos oficiales, la lucha allí cobró un tono pasional y heroico inenarrable.

La presencia de Caamaño excitó aún más los ánimos, ya de por sí encendidos, y su experiencia, y la de Montes Arache y sus hombres ranas, cuadrillas especializadas en mil tipos de combates, fue decisiva.

En el atardecer de aquel día memorable, las máquinas de guerra de los generales golpistas fueron derrotadas humillantemente en la heroica batalla del puente. Nuevos líderes militares habían surgido como respuesta a la prepotencia de los procónsules norteamericanos, mientras triunfaba la revolución que buscaba el regreso al poder del ex presidente Bosch.

Después de la batalla del puente, donde los civiles armados jugaron un papel determinante, se integró una nueva dirección del movimiento, compuesta por civiles y militares. Al día siguiente, miércoles 28 de abril, se inició la formación de nuevos comandos, que eran grupos de civiles armados para la resistencia y el control de los barrios de la capital.

El embajador Bennet, por su parte, al ver la derrota de sus protegidos, instruyó para que se instalara en San Isidro una Junta Militar, que era la propuesta oficial de Washington.

La Junta se formó ese mismo día; la integraban tres oficiales casi desconocidos, el coronel Pedro Bartolomé Benoit, en representación de la Aviación, designado presidente; el coronel Enrique Apolinar Casado Saladín, del Ejército, y el capitán de navío Olgo Santana Carrasco, en representación de la Marina de Guerra. Se trataba de una Junta Militar que sólo existía en San Isidro y su única finalidad era solicitar la intervención militar de los Estados Unidos en República Dominicana. Incluso, la petición de intervención fue dictada por Bennet al propio “presidente” Benoit, quien ni siquiera supo escribir lo que pedía, según la opinión del ex embajador John Bartlow Martin.

En la noche de ese día, el presidente Johnson de los Estados Unidos anunciaba al mundo la ocupación militar de República Dominicana “para proteger vidas norteamericanas”.

En realidad, desde el 26 de abril, más de 20 buques de la Armada de los Estados Unidos se encontraban frente a las costas de Santo Domingo y algunos de ellos habían atracado en el puerto de Haina con ayuda militar para el bando de San Isidro y para rescatar a ciudadanos estadounidenses.

Toda la estructura del poder golpista fue destrozada en aquellos cuatro días de combates inolvidables; los cuatro días que estremecieron al mundo.