El ser humano tiene una tendencia natural a criticar, a veces con dureza y sin razones lógicas u objetivas, pero el dominicano lleva eso al extremo, incluso inventa términos para luego reprocharlos.

Se parece a la alegoría borgiana: para qué escribir una larga novela de 500 páginas, mejor hacerle un comentario de 10 o de cinco cuartillas.

Así hemos inventado el término “justicia” o, como en casi todo, lo importamos. Por esto el primer problema será el de la definición, lo cual nos llevaría por un camino sin salidas ni consensos.

Incluso he leído que, aunque no sepamos qué es la “justicia” –siempre con comillas-, dentro de sus categorías o partes está el trato igualitario de iguales en iguales (o parecidas) circunstancias. Propongo meditar si eso se aplica en el país (partiendo, lógicamente, de que esto es un país).

Solo debemos visitar un tribunal penal al azar (los cuestionamientos son esencialmente a esta subcategoría: “justicia-penal”). Veremos a imputados que no tienen en qué caerse muertos y a jueces que tienen las palabras “prisión y penas” entre ceja y ceja. Y aun así, desde la sociedad organizada, llueven críticas sin sentido contra “la justicia” por ser, dizque, benigna.

A los tribunales sólo llevan a los “pobres diablos”, parece que solo ellos delinquen, los jueces son duros con ellos en sus decisiones y aun así son cuestionados. De igual forma reciben líneas directas o indirectas de sus superiores, a quienes dispensan un respeto casi militar. Sin embargo, nadie está conforme ni cree en la “justicia”.

Es decir, no hay ni un trato igualitario ni decisiones justas, además de existir una gran presión sobre los jueces de carrera que, desgraciadamente, no tienen voz. Pues los otros, los “políticos enganchados a jueces supremos”, si bien reciben algo de presión tienen apoyo, hablan en la prensa, atacan y cuestionan con fiereza a todos los contrarios a sus fallos, incluso descalifican.

Por esto no podemos decir que en el país hay “justicia”: los jueces de abajo actúan con presión y los de arriba, muchos sin haberse puesto nunca una toga, son políticos partidistas con “millones” de razones para ayudar a sus “jefes”.

Por eso estoy en contra de las críticas a la “justicia”: ¿para qué hacer hermenéutica de lo inexistente? Mejor abordemos la realidad y hablemos de “putas” que se acuestan por dinero, aunque sea para pagar una deuda como la Eréndira garcíamarqueana. O de barcos a la deriva que se van con el viento; o de “cuchilleros” y “meadores de orilla” capaces de apuñalarte por la espalda y luego ir a la taberna a escuchar un tango y tomarse unos tragos, como en los cuentos de Borges.

Propongo escribir sobre cosas palpables: como el rocío de la mañana, como la brisa fresca en algún campo del Cibao, como el agua fría de los ríos del Sur. O reflexionar sobre problemas irresueltos, como el saber por dónde le entra el agua al coco, el sazón del tongoneo de la mulata al caminar, la inmortalidad del cangrejo, o por qué el coronel Aureliano Buendía no tomó el poder cuando pudo.

Además, por qué perder el tiempo hablando de magos y reyes midas que no existen. Mejor hablemos de personajes reales, históricos, no de leyendas ni de países imaginarios: hagamos un análisis de las costumbres cronométricas de Phileas Fogg, una biografía de la adorable Aldonza Lorenzo, una descripción de la psiquis del Dr. Jekyll o un estudio crítico y comparativo de los usos y costumbres del sagaz Alí Babá y del inefable Félix el Gato. ¡Ahh, la vida!