Hace ya  muchos años, viviendo en Ucrania, leí la novela “El héroe de nuestro Tiempo” del gran escritor (poeta) ruso Mijaíl Lérmontov, escrita en 1839.

Es una exposición crítica del hombre superfluo o de un tipo humano que parecía predominar en diversos estamentos de una sociedad rusa decadente.

Muchos de los lectores del fino poeta se escandalizaban ante la falta de escrúpulos de Pechorin, el protagonista de la narración, al mismo tiempo que, de manera hipócrita y descarnada, admiraban a tipos “más repulsivos y aterradores”, protagonistas de los círculos sociales más exclusivos, al decir del propio autor en el prólogo de 1841 a su magnífica obra.

En definitiva, Lérmontov trata de construir un retrato de todos los vicios de su generación, en esa época en pleno esplendor. 

En la sociedad dominicana de nuestro tiempo es tarea harto compleja tal construcción en la medida en que la sociedad dominicana se ha convertido en un amasijo enmarañado de vicios, desvíos, inconductas, inmoralidades y falsos héroes.

Todo ello con el soporte ingeniosamente enmascarado de unos expertos en falsificar o desvirtuar hechos, organizar cultos públicos a bandidos confesos y elevar a los más altos pedestales de la aprobación pública a verdaderos bribones de la sociedad dominicana.

De este modo, los “nuevos valores” rectores del conglomerado social parecen erigirse sobre la base de lo que Lérmontov calificaba de “repulsivo y aterrador”.

En la política criolla parece fácil cambiar bruscamente de poses y escenarios. Hipólito Mejía, hombre público de triste recordación, ahora demanda que se investiguen las denuncias de un héroe de nuestro tiempo, en el sentido peyorativo de Lérmontov: el señor Quirino Ernesto Paulino Castillo, contra el ex presidente Leonel Fernández. 

Es la típica actitud del amigo que debe expresar de algún modo gratitud infinita a su benefactor, ahora convertido repentinamente, con la ayuda de muchos, en un auténtico falso héroe. 

Ocurre esa devolución solapada de favores en una sociedad donde las más probadas virtudes humanas sucumben a pasos firmes ante el peso in crescendo  de la más absoluta falta de  probidad e integridad de determinados personajes e intereses sectoriales. 

No resulta extraño, pues, que la “recomendación”  indecorosa del actor olvide maliciosamente su contexto 2000-2004, signado por los más graves desvaríos de Estado de la historia republicana reciente.  No deja de ser, simultáneamente, una reafirmación de su recurrente apuesta a que la impresionante velocidad de la dinámica social actual termine sepultando en el olvido los más repugnantes antecedentes de cualquier ejercicio de Gobierno.

Es así como olvida la relación política de favores con el hoy afamado ex capitán del Ejército Nacional Quirino. También es parte del alcance de su Alzheimer el cargamento de cocaína, atrapado en Puerto Rico, de unos 1,450 kilos, en 2003,  el cual, con el proceso de inteligencia totalmente concluido, fue paralizado por órdenes provenientes de las tinieblas del poder político. 

Nadie parece recordar la adjudicación a la compañía Construgar (13 millones de USD), propiedad de Bladimir García Jiménez, prominente miembro de la banda del héroe de marras de nuestro tiempo. Tampoco recuerda, para nuestro propio beneficio en estos días,  su alegre asistencia a la cena en su honor, como Presidente electo, organizada nada menos que por ese  connotado personaje del entramado del narcotráfico criollo.

La historia del Colibrí ya no vuela en su memoria gastada, ahora “seriamente” activada por las imputaciones de Quirino al señor Fernández Reyna. No tiene espacio en ella la juramentación del falso héroe como miembro destacado del PRD en Elías Piña, nada menos que por un Secretario de la Presidencia, amigo suyo, Sergio Grullón.  

En sus recuerdos no aparece ya el momento feliz vivido en un encuentro desayuno en la residencia “del comerciante” Quirino Paulino Castillo, luego de inaugurar obras en la región por un valor de 250 millones de pesos. Igualmente, para  él no tuvo ningún vínculo con las actividades del narcotráfico la construcción, en tiempos de su aciaga administración, del aeródromo El Pino, precisamente en Elías Piña, centro de las operaciones ilícitas del  falso héroe.

Los falsos héroes abundan en nuestro medio. También los supuestos héroes “de verdad” como protectores y beneficiarios de los primeros. La falta de escrúpulos que Lérmontov atribuye a Pechorin parece ser una anti-virtud que echa raíces muy profundas en estamentos clave de la sociedad: lo avasalla todo, juega a la malversación de los hechos tozudos, ensalza y hace valer mentiras, y tiende a carcomer los valores que todavía anidan en las almas de muchos buenos dominicanos.

En ellos, los “Remolinos” de ciertos juicios penales, ante las defensas desproporcionadas y disfrazadas de lo repulsivo y aterrador, suelen recobrar las llamas demoledoras de sus argumentos irrebatibles.