En la medida que los resortes del poder en el PLD hacen un ejercicio público de predilección con Miguel Vargas, pautan el modelo ideal de competidor. Sobre todo, Leonel Fernández que en la contienda del 2008 ridiculizaba a su rival descalificándolo bajo el argumento de que no conceptualizaba.

En esencia, desde el pacto de las corbatas azules, Vargas Maldonado cumple con las formalidades de un dirigente opositor que sirve a la causa del PLD. Su reacción frente a la derrota interna en el 2011 la conoce el país, porque salió a convocar a dirigentes del PRD para operar contrario al interés de su partido y el candidato presidencial en las elecciones del 2012. De ahí, las dificultades de quitarse el calificativo de traidor.

Cada vez que las concertaciones institucionales conducen a la intervención del PRD en el reparto de cuotas de poder, Miguel Vargas interpreta la distribución como una acción grupal pretendiendo tomar ventajas bajo el entendido de que, en el reparto, crece y posibilita la candidatura presidencial. Sus cuotas en el TSE, TC y sus respectivas nóminas repletas de gente a su alrededor revelan la visión clientelar.

Desde que emergió como aspirante presidencial en el 2007, Vargas Maldonado ha tenido un descenso considerable en la estima de los perredeístas. A tal punto de que no existe manera posible de ganar un proceso interno con los niveles de transparencia indispensable. Por eso, la salida de un amplio sector de perredeístas hacia el PRM crea las bases para reducir el partido a niveles insospechados, pero sus siglas resultan atractivas para las operaciones político-financiera que dejan pingües beneficios a los arquitectos de un diabólico plan donde el partido pierde, pero existe un evidente ganador.

Vargas Maldonado tiene buen posicionamiento mediático y la entendible receptividad de sectores de la comunicación cercanos al PLD. No obstante, ninguna encuestadora creíble lo coloca sobre un 5%. Y en esencia, el afán que muestra ese circuito en colocarlo como el espacio liberado de las reyertas, apuntalando la tesis de que con la salida de un amplio sector del PRD desapareció de esa parcela el espectro de la discrepancia y la contrariedad. Lamentablemente, se pretende olvidar que la democracia se recrea en el marco del disenso, y allí donde no existe diversidad de criterios, no es posible hablar de una organización plural.

Finalmente, la pirueta jurídica utilizada para tomar por asalto la candidatura obedece a la lógica de, imposibilitado en ganar democráticamente, la marrulla representa el recurso por excelencia para su validación. El problema radica en el sometimiento de una aspiración al escrutinio de la gente, y en esa materia, el PRD corre el riesgo de presentar a un candidato sin la validación de sus bases y exponerse a un desempeño electoral capaz de conducir a su organización al peor resultado electoral en toda su historia. Ante esa cruda realidad, ¿la aspiración es una real candidatura o un negocio?