Para triunfar en una era de paridad en el béisbol de Grandes Ligas, los equipos hurgan todo clase de métodos para conseguir una ventaja competitiva.
La última Serie Mundial lo evidenció mejor que nunca. Los Gigantes de San Francisco se convirtieron en el primer equipo de la Liga Nacional desde la década de los 40 en ganar tres campeonatos del Clásico de Otoño en un periodo de cinco años. Su fórmula se basó en un abridor extraordinario como Madison Bumgarner, un bullpen infranqueable y hacer contacto con la pelota.
Del otro lado estuvieron los Reales de Kansas City, empleando los mismos ingredientes, poniéndole énfasis a la velocidad en las bases. Representaron a la perfección los mercados “pequeños” que ahora pueden pelear de tú a tú con las billeteras de gigantes como los Yanquis y los Medias Rojas.
Al poner fin a su gestión de 22 años como comisionado, Bud Selig se vanagloria de la paridad en el deporte, con más equipos de la clase media y baja —como los Reales, Piratas, Cerveceros, Atléticos y Rojos— codeándose con los pesos pesados.
La de 2014 fue la primera temporada desde 1993 en la que tanto los Yanquis como Boston no avanzaron a postemporada. Desde el 2000, 29 de los 30 equipos se han clasificado a los playoffs, con Toronto como la única salvedad.
La última Serie Mundial fue inédita: un duelo entre dos rivales que no alcanzaron las 90 victorias en la temporada regular, pero que ofreció una vibrante contienda que se fue al máximo de siete juegos y acabó con la carrera del empate en la tercera con dos outs en la novena.
Durante el curso de la temporada, la discusión se centró en el declive de la producción ofensiva. Clayton Kershaw, un serpentinero pitcher, se consagró como el Jugador Más Valioso de la Liga Nacional, algo que no ocurría desde 1968, cuando Bob Gibson, de los Cardenales de San Luis, se llevó el honor en una tremenda temporada.