(Críticas al discurso de ingreso a la Academia Dominicana de la Lengua de Andrés L. Mateo. Referencia: El habla de los historiadores y otros ensayos, publicado por la Universidad APEC, Editora Búho, Santo Domingo, 2010, pp. 15-34).
El reconocido filólogo dominicano inició su discurso de ingreso a la Academia Dominicana de la Lengua destacando la reconocida diferencia entre Historia y Literatura. Para ello se auxilió de un hecho narrado en La divina comedia, de Dante, que habla del encierro perpetuo del Conde florentino, Hugolino, que junto a sus hijos fue encarcelado en la torre de un viejo palacio hasta su total extinción.
El hecho había sido registrado por los historiadores, pero "las crónicas históricas no podían decir qué ocurrió" dentro de la cárcel tan pronto los carceleros tapiaron la puerta.
Dice el autor que la "historia objetiva se detenía en las puertas mismas del desenlace, y sólo después que Dante escribiera su historia ficticia del infierno, la imaginación contaría a los italianos los sinsabores del Conde, condenado eternamente a morder la cabeza de sus hijos en el infierno, porque en la desesperación del encierro, mirándoles caer uno a uno, había comido de sus carnes para sobrevivir él mismo un poco más de tiempo".
Para el distinguido escritor dominicano, el encierro de Hugolino es un ejemplo elocuente sobre la diferencia entre Historia y Literatura, "dos prácticas sociales que tienen a la lengua como materia prima".
Según Andrés L. Mateo, el historiador sólo podrá llegar hasta la puerta cerrada, registrar el encierro, pero jamás podrá hablar de lo que ocurrió adentro, ese cuadro aterrador pintado por el autor de La divina comedia. Es ahí donde entra la literatura, "para inyectar en lo real la dimensión de la ficción desbordada". Sólo la literatura era capaz de derribar la puerta y "descubrir" lo que ocurría dentro del calabozo.
Más adelante, el autor nos dice que ambas disciplinas tuvieron su origen en el relato. "El discurso histórico, en sus orígenes, tomó el relato como forma privilegiada. Aristóteles había advertido sobre el hecho de que la historia no era más que un discurso sobre las acciones, lo que fue conformando el modo particular, la especificidad que adoptaría el discurso historiográfico en la cultura occidental".
La teoría de que "la historia es un discurso" la asume también el doctor Diógenes Céspedes, que en su discurso de recepción a Mateo afirmó: "es fácil comprobar el desatino en que caen los historiadores que se dedican a la tarea de escribir un tramo de la historia con prescindencia (sic) de una teoría del lenguaje.
Grave error que les empuja de inmediato a una inconsciencia: el creer que el relato de los hechos que nos ofrecen con 'palabras reunidas en cierto orden' es la verdad y no, al contrario, un punto de vista o perspectiva más acerca de los hechos narrados, y que estos últimos no son los hechos mismos, de los cuales, por cierto, lo único que nos quedan son discursos, es decir, sentidos, tantos como sujetos aborden el tema" (Ibídem, p. 37).
Para quienes llevamos más de 30 años estudiando historia local, regional, continental y universal, más teorías de la historia, métodos de la historia, ciencias auxiliares de la historia y la nueva historia inaugurada con la escuela de los Annales, resulta chocante, inaceptable, la difundida idea que trata de reducir nuestra disciplina, la Historia, a un discurso, a una narración de los hechos que, en el caso del Conde Hugolino, se detuvo en la puerta de la cárcel donde fueron encerrados él y sus hijos.
Está bien que la literatura trate de inventar y llevar a la imaginación de la gente un cuadro aterrador de la situación vivida por los prisioneros, pero si algún historiador profesional decidiera ahora seguir indagando qué pasó realmente dentro de la celda, podría auxiliarse del experto forense, para establecer, por ejemplo, quién murió primero, si el Conde o uno de sus hijos.
Por supuesto, asumimos la idea del terror del encierro, pero decir que fue el Conde el último en morir y que comió carne de sus hijos, es una especulación, una ficción hija del escritor, no del historiador profesional.
Un examen del forense a los cuerpos moribundos de los prisioneros podría arrojar las causas de las muertes, cuál de ellos murió primero y si hubo o no actos de canibalismo.
Por tanto, no es verdad que el historiador moderno, armado de métodos y herramientas, se detiene en la puerta de ninguna cárcel. Los historiadores profesionales nos metemos dentro de las cárceles y verificamos, con la ayuda de los expertos, si en ellas existen huellas humanas, evidencias de la situación vivida por los prisioneros, que pueden ser roturas, rasguños, inflamaciones, contusiones, etc., que nos "hablan" de los infortunios recreados por Dante en su obra maestra.
La ciencia de la historia no experimenta en ningún laboratorio, eso es cierto, pero se auxilia de otras ciencias para arribar a conclusiones, a síntesis científicas.
Por ejemplo, en las crónicas del período de contacto y en la mayoría de los textos de historia dominicana se lee que el instrumento llamado burén era utilizado por los taínos de la Española para la cocción de la yuca, pero los hallazgos recientes de la ciencia arqueológica, basados en el estudio del polen, revelan que el burén se usaba más para la cocción de la batata y otros tubérculos. Así, el dato arqueológico, tan desdeñado en el pasado por los historiadores empíricos, es ahora una fuente de rectificación de la ciencia de la historia, que no es una ciencia acabada, sino en construcción.
Ciertamente, las primeras formas de la historia fueron el mito y la leyenda, después apareció en forma de relato, pero luego se escribió en forma narrativa, descriptiva y cronológica.
En las postrimerías del siglo XIX, bajo la influencia del positivismo, nuevas formas de escribir la Historia van surgiendo, entre ellas, la explicativa, muy usada en el presente. Tantas formas de recrear el pasado son las causas de las confusiones sobre una disciplina que tiene en la síntesis histórica su principal método de exposición.
Llegar a la síntesis histórica implica un amplio recorrido de rastreo, indagación, verificación, análisis e interpretación de las fuentes, sean éstas escritas, orales o materiales sobre el tema objeto de investigación.
Más recientemente, un nuevo concepto de la historia se abre paso entre nosotros; es el concepto de la historia total inaugurado con la escuela francesa de los Annales y enriquecido por Fernand Braudel, al proponer un estudio integral de la historia de los hechos humanos.
En la nueva visión, la historia ya no se limita al estudio de los grandes acontecimientos, de las biografías de los grandes hombres, la diplomacia, las relaciones internacionales, las estructuras económicas y las políticas estatales, etc., sino también a las micro historias, a la personalidad de los héroes, a las mentalidades colectivas, a la gente "sin historia", en fin, a las cotidianidades que van tejiendo, poco a poco, la macro historia que se inició en forma narrativa, en forma de discurso, con intención laudatoria o persuasiva, pero superada ahora por la síntesis histórica.
En la tradición aristotélica, el discurso se clasifica en tres géneros, el demostrativo, el deliberativo y el judicial. Un discurso de juramentación presidencial, por ejemplo, es a la vez un discurso demostrativo, un discurso político y un discurso institucional.
El discurso demostrativo, llamado también epidíctico (relativo a la epopeya, a lo épico), es un discurso de inauguración, de celebración, de elogio; ajeno al discurso deliberativo, de debate, tan frecuente en foros, asambleas y parlamentos; o al discurso judicial que alcanza en el dictamen su última expresión.
En opinión de Manuel Matos Moquete y otros autores, el discurso epidíctico "se pronuncia en diferentes ocasiones sociales, tristes o festivas, en las que el orador entretiene, conmueve, instruye o persuade".
Ese género de discurso "agrupa los discursos de lucimiento del orador, aquellos en que no se dirimen ni el voto de una asamblea ni la sentencia de los jueces, sino el reconocimiento o la repulsa que el público manifiesta. Son discursos epidícticos el brindis, la inauguración o la despedida, la conferencia, la reseña, el noticiario, el anuncio publicitario o la salutación de fiesta".
"En ese amplio abanico de discursos entra el discurso de juramentación", por ser también un discurso persuasivo. "Persuadir es su propósito principal. Al dirigirse al auditorio, el orador busca ganar su adhesión o simpatía" (Manuel Matos Moquete y Reina Rosario Fernández: El discurso de juramentación presidencial en República Dominicana, 1963-2012. Editora Búho, Santo Domingo, 2014, pp. 5-39).
Los discursos políticos, tan frecuentes en la actual sociedad dominicana, suelen clasificarse en discurso electoralista, o propagandista porque buscan ganar simpatía entre los votantes; el discurso de juramentación y todas las actividades rituales que implica el acto de toma de posesión del nuevo Presidente; el discurso oficialista, o gobiernista, cuya misión sería comunicar, informar, reconocer y alabar las acciones del gobierno de turno y el discurso oposicionista, que son los pronunciamientos críticos de los partidos y grupos respecto a las iniciativas del gobierno.
Y mi Pequeño Larousse Ilustrado 2010 también define el discurso en varios sentidos: a) Exposición sobre un tema determinado, realizada en público por un orador, con intención laudatoria o persuasiva (opción descartada para igualarla al concepto de Historia, cuyo objetivo no es 'alabar o persuadir' que sí son las intenciones del discurso político antes citado); b) Enunciado o conjunto de enunciados con que se expresa, de forma escrita u oral, un pensamiento, razonamiento, sentimiento o deseo (aquí el enunciado es lo más parecido a las hipótesis que formulamos en Historia); c) Capacidad de discurrir, pensar y deducir unas cosas a partir de otras ('deducir cosas a partir de otras' es uno de los métodos de la Historia, el método deductivo); d) Escrito didáctico o tratado de poca extensión sobre una materia determinada (que un escrito sea didáctico, de mucha o poca extensión de ninguna manera significa que eso es Historia); e) Transcurso, espacio, duración de tiempo (así, por ejemplo, decimos: en el transcurso o discurrir de los días, en el transcurso de los acontecimientos, etc.
Eso tampoco es la Historia, sino un bello estilo de escribir, de discursear); f) Unidad lingüística superior a la frase u oración (opción extremadamente insuficiente para igualarla al concepto de Historia); g) Lenguaje lógico que sirve para desarrollar el pensamiento (el lenguaje lógico serían los conceptos básicos utilizados para el análisis de la Historia en sentido general, pero la Historia es mucho más que eso).
¿Y si la Historia no es un discurso, entonces qué es la Historia? La Historia es una ciencia y la ciencia es la búsqueda de la verdad, de la realidad del pasado y del presente, o de una parte de ella, pero jamás debemos reducirla a ninguna de las acepciones del discurso.
Antes de hablar del 'habla de los historiadores', es necesario que nos detengamos en los métodos que usamos los historiadores profesionales para estudiar los hechos humanos en cualquier tiempo o espacio...
Volveremos sobre el tema.