La corrupción es tema recurrente en nuestra agenda. Cada época tiene su corrupto preferido al que, radio bemba antes y el twitter ahora, les adjudican gigantescas fortunas dignas del ranking global de la revista Forbes sobre los hombres y mujeres más ricos del planeta.  

Unos dicen que la corrupción es un mal endémico de la sociedad y que erradicarla es tarea imposible. Otros aseguran que falta voluntad política para llevar a la cárcel a la corruptos. Los menos, apuntan a que las fortunas mal habidas carecen de rechazo social, y eso estimula su búsqueda.

La gente se divierte con el circo, aunque le sigan robando el pan. La administración pública está construida para que los actos de corrupción sean la regla.  Hace algunos años, la USAID publicó un estudio donde se establecía que el macuteo le costaba al contribuyente seis mil millones de pesos anualmente.  

Las normas jurídicas que sustentan los mecanismos institucionales para combatir la corrupción están hechas para mantener, si no fortalecer, el entramado que resulta en el enriquecimiento de unos cuantos a costa del erario. La ley es fácil de burlar y el proceso tan enrevesado que nos vence por cansancio.

La mejor medicina contra la corrupción es la transparencia y una sólida educación que busque construir una nueva cultura asociada al manejo pulcro de los recursos públicos. Alguien se ha preguntado ¿por qué no se establece que la declaración jurada de los funcionarios públicos se sustente con las declaraciones de renta e impuestos de los diez años que precedan a su nombramiento?

La verdadera lucha contra la corrupción ocurrirá cuando tengamos un Presidente que asuma el desafío histórico de desmontar el sistema que la soporta. Cosa esta muy difícil para Danilo Medina porque en su PLD, ya me lo dijo Alfredo Freites y yo se lo tuitié a su hijo Javier: el horno no está para galleticas, Cookies & Cream.