Las personas que regentean un bar conocen muchos individuos agradables y conversadores; también tienen que habérselas con borrachos irrespetuosos y agresivos. Es inevitable que los rectores de las universidades, en algunas ocasiones, se vean obligados a expulsar estudiantes revoltosos. Los papas de la Iglesia católica se enorgullecen del trabajo humanitario de sus misioneros en países de extrema pobreza; pero deben sufrir el ingrato problema de los “curas pederastas”. Los dirigentes de cualquier organización humana, gerentes, ejecutivos, gobernantes, están compelidos a tratar todos los días con mansos y cimarrones. La tarea de mandar exige contar con esos “inconvenientes” que son borrachos, revoltosos, pederastas y “cimarrones”.
Un hombre de Estado se empecina en obtener provecho para la sociedad hasta de la basura, que podría ser “reciclada”, convertida en abono, o en energía si se construyeran digestores. El hombre de la calle puede darse el lujo de decir: “no me da la gana de juntarme con ese hombre que no sirve para nada”. Los gobernantes han de asistir a reuniones con sujetos que no aprecian; y deben sonreír en ocasiones en que no lo desean. No pueden escoger un escenario ideal para su actuación pública; tienen que arar “con los bueyes que hay”, vivir con los actores que ya están en el teatro.
Dirigir un Estado es una “empresa olímpica” que requiere, a veces, salvar obstáculos con poquísimos “instrumentos idóneos”. En todas las épocas el poder político se ejerce en medio de intrigas, zancadillas y murmuraciones. El poder de un gobernante es una suerte de equilibrio entre otros poderes, cercanos y lejanos. Un gobernante inteligente sabe muy bien que la mayor parte de los elogios y zalamerías que recibe, son fingidos. Que la hipocresía tiene un papel esencial en su trabajo de todos los días.
El mérito mayor de un jefe de Estado es realizar obras en tiempos de escasez; llevar a cabo proyectos, aun sin contar con suficientes medio técnicos, económicos, ni recursos humanos. Adoptan un estilo de vida caracterizado por “la resistencia a todos los embates” del entorno. Esa es la causa por la cual los verdaderos líderes políticos son siempre pocos. No todo el mundo está preparado para trabajar en el centro de un avispero.