La adscripción o pertenencia a una cultura, a un grupo humano, a una nación, puede asumir diversas modalidades: la obsesión militante, el “sentimiento trágico”, el compromiso político, la “adaptación” resignada, la huida hacia “el exterior” y, en algunas ocasiones, el martirio voluntario.
Son almas machacadas por los poderes públicos, impedidos de manifestar su amor a la tierra donde nacieron y “mudaron los dientes”. Con una porción de su personalidad aprisionada por fuerzas políticas que no aprecian.
Ayer, en la edición internacional de “The New York Times”, circuló un artículo acerca de los recientes conflictos en Ucrania. Trata, en primer lugar, de la lujosa residencia del ex-presidente Víctor Yanukovych, ahora propiedad del Estado y símbolo de la corrupción gubernamental. Incluye una declaración de Tetyana Chornovol, antigua directora de la fallida oficina anticorrupción: “Nuestro país está enfermo, carece de patriotismo; difícilmente podemos esperar cosas mejores del gobierno”. Son almas machacadas por la desilusión.
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