APUNTE.COM.DO.- El derrumbe de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no solo dejó una estela de destrucción y muerte, sino también una nube de polvo que inundó el Bajo Manhattan. Aquellas partículas convirtieron a los transeúntes en figuras fantasmales que avanzaban con dificultad entre los escombros en busca de un refugio seguro.
El polvo se filtró en los edificios a través de ventanas rotas y sistemas de ventilación, y se posó sobre alfombras, cortinas y tapicería. Una capa fina cubrió cada superficie, al punto de que las personas escribían mensajes sobre el polvo acumulado en los cristales de las oficinas y comercios.
A pesar de las garantías oficiales que se dieron en aquel momento, el polvo contenía sustancias tóxicas: estaba compuesto por materiales de construcción reducidos a partículas diminutas, además de subproductos de la combustión del combustible de aviación y metales pesados vaporizados como cadmio, plomo y mercurio.
Esa mezcla tóxica expuso a miles de trabajadores de rescate, residentes y voluntarios a riesgos para la salud que se manifestarían años después. La preocupación actual apunta a que esa exposición podría derivar en una ola de cáncer entre quienes estuvieron en contacto con el polvo.








