APUNTE.COM.DO.- Por Milton Olivo
Había una vez, frente al azul del Caribe, un pueblo grande y alegre llamado Santo Domingo Este, Costa del Faro. Cada mañana, sus calles despertaban con trabajadores, comerciantes, estudiantes, jóvenes emprendedores y familias que luchaban por salir adelante. Había música, movimiento, sueños y esperanza.
Pero aquel pueblo tenía un problema: no sabía que era rico. Un día, bajo una mata de mango, un viejo pescador llamado Don Caribe reunió a varios jóvenes.
—¿Qué necesita nuestro pueblo para progresar? —preguntó.
—Más empleos —dijo uno.
—Más obras —respondió otro.
—Más turismo —agregó una joven.
Don Caribe sonrió.
—Todo eso hace falta. Pero nos falta algo todavía más importante: creer en nuestra propia gente.
Los jóvenes quedaron pensativos. Entonces el viejo señaló hacia la ciudad.
—Tenemos el mar, el Faro a Colón, Los Tres Ojos, parques, espacios naturales, comercio, industrias, cultura y artesanía. Pero nuestra mayor riqueza son las personas que viven aquí.
Al día siguiente, la conversación llegó al mercado. Doña Mercedes decía:
—Aquí hace falta que las autoridades resuelvan los problemas.
Pero Julián, un joven que soñaba con crear una empresa de reciclaje, respondió:
—También nosotros podemos comenzar a resolverlos.
—¿Cómo? —preguntó ella.
—Comenzando por la basura. Lo que hoy desperdiciamos puede convertirse en materia prima, empleos y negocios.
Don Caribe, que escuchaba, sonrió.
—¡Ese es el secreto! Un pueblo puede mirar los problemas o descubrir las oportunidades que esconden.
Y así comenzó el cambio. Unos jóvenes organizaron un proyecto de reciclaje. Una muchacha abrió un taller de artesanía. Un cocinero