APUNTE.COM.DO.- Por Jhonny Trinidad

Nos enseñaron que la censura llega con botas, con un decreto, con un general llamando al director del periódico. Esa censura ya casi no existe. La censura moderna no clausura medios, los compra. No necesita censurar una portada, le basta con comprar la publicidad que la sostiene.

Y en República Dominicana, como en casi toda América Latina, el mayor cliente de la mayoría de los medios es el Gobierno.

EL NEGOCIO QUE MATA EL PERIODISMO

El modelo es simple y perverso. Un periódico, un canal, una emisora, un portal digital necesita vender para vivir. Y el mercado publicitario privado dominicano es pequeño, concentrado y muchas veces atado también al poder. Entonces aparece el Estado como el gran anunciante. Presidencia, ministerios, direcciones, alcaldías, Banco de Reservas, Edes, INAPA. Miles de millones de pesos al año en publicidad oficial.

Ningún medio puede darse el lujo de perder ese cliente. Ninguno.

Y cuando tu mayor cliente es el Gobierno, no necesitas que un ministro te llame para decirte qué no publicar. Tú mismo aprendes a no publicarlo. A eso se le llama autocensura y es mucho más efectiva que la censura, porque no deja huellas, no deja mártires, no deja escándalo. Solo deja silencio.

CUANDO LA PUBLICIDAD SE VUELVE CENSURA

La publicidad oficial, en teoría, debería servir para informar a la ciudadanía: una jornada de vacunación, un cambio en el tránsito, una licitación. En la práctica, se ha convertido en una herramienta de premio y castigo.

Si eres complaciente, recibes. Si eres crítico, te suspenden. No te lo dicen abiertamente. Te dicen que "no hay presupuesto este mes", que "hay que reevaluar la pauta", que "viene una nueva estrategia de comunicación". Pero todos entienden el mensaje.

Así se crea un periodismo de dos velocidades. Un periodismo que investiga hasta donde el cliente lo permite. Que denuncia la corrupción pequeña, la del alcalde de un pueblo, pero no la grande, la del contrato de miles de millones. Que hace reportajes sobre la delincuencia, pero no sobre quién importa la delincuencia. Que habla de todo, menos de quien le paga la nómina.

Y entonces el ciudadano cree que vive en un país con libertad de prensa porque ve 20 programas de opinión gritando. Pero si todos gritan sobre lo mismo y todos callan sobre lo mismo, no hay pluralidad. Hay un coro.

EL MIEDO QUE NO SE VE

El peor daño de este modelo no es económico, es moral. Corrompe al periodista desde adentro.

El joven reportero que entra con ganas de cambiar el mundo aprende rápido que si quiere ascender, si quiere que su programa siga al aire, si quiere que su portal consiga anuncios para pagarle a fin de mes, tiene que aprender a negociar su línea editorial. Un día deja de preguntar. Otro día deja de insistir. Otro día titula más suave.

No se vende de golpe. Se alquila por partes.

Y el Gobierno no necesita comprar a todos los periodistas. Le basta con comprar a los dueños. El periodista que resiste se queda sin plataforma. Se va a redes, se vuelve independiente, y entonces el mismo sistema lo acusa de no ser objetivo, de no ser profesional, de ser un "comunicador de YouTube".