(A los historiadores que se muestran renuentes a indagar sobre su tiempo presente)

El historiador italiano Benedetto Croce, al observar que la visión sobre el pasado lejano está influenciada por los valores y preocupaciones del presente, pronunció su célebre aforismo de que 'toda indagación sobre el pasado será siempre historia contemporánea', queriendo decir que el historiador, por más esfuerzo que haga para situarse en el pasado y analizarlo en sus propios términos, no podrá escapar a la tentación de interrogarlo desde el presente, produciendo una imagen de ese pasado afectada por las expectativas del momento en que escribe.

 
Por supuesto, uno de los aspectos más conflictivo entre el objeto de estudio de la historia reciente es cómo relacionar la labor del historiador profesional, que armado de herramientas y novedosos métodos científicos para el análisis de su temporalidad, se enfrenta con una memoria colectiva que comparte las experiencias vividas en los últimos 50 ó 60 años. El historiador profesional aborda su temporalidad usando diversos recursos metodológicos, mientras el imaginario popular se edifica a partir de la visión empírica de los individuos, dando origen a dos percepciones de la realidad reciente muy difíciles de conciliar.

La distancia temporal, garantía de 'objetividad' futura, sacó a una parte de los historiadores de los debates públicos. El historiador era concebido como un profesional reservado para el análisis frío de los "hechos históricos" ocurridos en un pasado lejano. Todo intento de abordar el pasado reciente, su temporalidad, no era posible porque el historiador 'presentista' carecía de las bases teóricas-metodológicas para estudiar las nuevas realidades, o porque existe una contradicción insalvable entre la memoria colectiva y la historia como quehacer científico.

El interés por el análisis histórico del presente se originó en Francia a partir de la Segunda Guerra mundial; surgió en rechazo a la escuela positivista que negaba la posibilidad de su estudio. Las atrocidades del magno conflicto bélico no podían esperar los tiempos demandados por la historiografía del siglo XIX que tanto influenció a varias generaciones de historiadores.

El nuevo campo de estudio era invadido por relatos, narraciones, vivencias y testimonios de sobrevivientes de la tragedia, muy difíciles de relegar a la espera de 100 ó más años, cuando la mente serena del futuro historiador dispondría de un arsenal de documentos que le permitiría escribir, sin ningún tipo de pasión, las causas y los efectos traumáticos de la gran guerra europea.

Semejante situación se observa ahora en nuestro mundo. En las últimas décadas venimos transitando una época de gran espesor de acontecimientos, de aceleración del tiempo por la copiosidad del acontecer, por la diversidad de sus versiones informativas, por la transitoriedad y fugacidad de las vivencias, por las fuertes rupturas y sobre todo, por una significativa masa de soportes informativos que nos invitan, y así debemos aceptar que un nuevo campo del quehacer historiográfico ha surgido entre nosotros.

Ese nuevo campo académico, objeto de debates todavía, ha recibido diversos nombres: historia del tiempo presente, historia reciente, historia cercana, historia problemática, historia actual, historia viva, historia caliente, historia inmediata e historia contemporánea, entendida como aquella historiografía que tiene por objeto de estudio los hechos humanos que son recordados por una o varias generales que comparten un mismo presente histórico.

El historiador 'presentista' podrá elegir una o varias de las anteriores denominaciones, pero jamás deberá olvidar que la historia contemporánea se inició en Europa occidental con el estallido de la revolución francesa en 1789, cuando los actuales territorios americanos eran colonias de las grandes potencias europeas, mientras la historia contemporánea dominicana, por ejemplo, se inició con el derrumbe de la tiranía trujillista en 1961. Son temporalidades diferentes vistas en función de la arritmia histórica que separa a las sociedades que coexisten en un mismo tiempo, pero con una enorme distancia social. 

Sin embargo, algunos historiadores europeos que hemos consultados creen que la década de 1980 marca una inflexión para la historia y su régimen de temporalidad. Son tan masivos los factores del presente que han desbordado la paciencia de historiadores franceses y españoles, creadores de algunas escuelas para el estudio de los tiempos presente. Gracias a la revolución tecnológica, ahora las guerras son en "tiempo real", el mundial del fútbol se transmite en "tiempo real", las demandas de una sociedad de consumo están por encima de nuestras capacidades, las migraciones internacionales representan ahora el 35 por ciento de la población mundial, la desocupación masiva ha propiciado la caída del Estado de bienestar europeo, la ocurrencia de fenómenos catastróficos y sus consecuencias traumáticas no soportan la espera de tantos años para su estudio.

La idea de que el estudio de los hechos de la historia reciente deben ser reservados a  futuros historiadores parece olvidar la extensa lista de historiadores, nacionales y extranjeros, que no pudieron resistir sus inquietudes de vida y nos legaron excelentes obras sobre su tiempo presente. Si aceptamos que la mayoría de los historiadores, desde la antigüedad, han escrito sobre su presente, más que un nuevo campo de estudio, estaríamos hablando del resurgimiento de una vieja tradición iniciada con Herodoto, Tucídedes, San Agustín, etc. En República Dominicana la inició el historiador José Gabriel García, seguida por la mayoría de los que vinieron después. 

La renuencia a escribir sobre historia reciente se centra también en que el análisis e interpretación que se realice sobre la historia viva podrían verse influenciados por la filiación política del historiador y los intereses de la clase gobernante que hacen cambiar los criterios sobre la percepción de los hechos recién pasados, surgiendo así las historias tendenciosas y oficiales de los países. Se argumenta entonces que la producción historiográfica perdería objetividad y dejaría de ser científica.

Al respecto podría decirse que la cientificidad del método histórico no depende del uso que de él se haga. Más bien, su validez radica en si el camino seguido es adecuado para estudiar los hechos recientes, siendo así muy útil para construir nuevos conocimientos.

El hecho de que una montaña parezca tomar formas distintas, vista desde diferentes ángulos, no quiere decir que carece de forma objetiva, o que tiene objetivamente infinitas formas. Por tanto, los prejuicios sobre la "infinidad" de formas de la montaña son del  historiador tendencioso o pragmático, no del método histórico que siempre nos dará la posibilidad de ver la montaña desde su cúspide.

Referencias:
-Brom, Juan: Para comprender la historia. Editorial Nuestro Tiempo, México, 1982.
-Carr, Edward Hallet: Qué es la historia. Editorial Seix Barral, Barcelona-Caracas-México. Octava edición, 1978.
-Carretero, Mario y Castorina, José A.: La construcción del conocimiento histórico. Enseñanza, narración e identidades. Paidós, s/f.
-Florescano, Enrique: La función social de la historia. Breviarios del Fondo de Cultura Económica, México, 2012.
-Gallo, Miguel Ángel: Qué es la historia. Ediciones Quinto Sol, México, 1987.
-Lefebvre, Georges: El nacimiento de la historiografía moderna. Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1974.
-Mudrovcic, María Inés: Regímenes de historicidad y regímenes historiográficos: del pasado histórico al pasado presente. Historiografías, 5 (enero-junio, 2013): pp. 11-31. mmudrovcic@gmail.com
-Paso, Leonaldo, et al: Corrientes historiográficas. Ediciones Centro de Estudios, Buenos Aires, 1974.