APUNTE.COM.DO, SANTO DOMINGO. -No voy a escribir sobre los 11.5 millones de visitantes que se estima alcanzará la República Dominicana en 2025 ni sobre la ansiada meta, largamente perseguida, de los 10 millones de turistas, a la cual aún no llegamos. Tampoco voy a detenerme en una “desaceleración porcentual” del crecimiento, porque lo verdaderamente relevante es que seguimos creciendo y que, en esta temporada alta, fruto del esfuerzo público-privado y también del huracán Melissa —para lamentar—, el país recibirá, esperamos, un flujo inusitado de turistas.
Dicho lo anterior, sí es necesario ofrecer un contexto. La República Dominicana se ha consolidado como líder del Caribe en llegadas internacionales y se proyecta que supere los 11,192,047 visitantes logrados en 2024. El turismo representa el 8.81 % del PIB nacional, emplea al 7 % de la población ocupada, genera un 33.9 % de las divisas que ingresan al país y capta más del 20 % de la inversión extranjera directa, según cifras del Banco Central de la República Dominicana. Al considerar los efectos indirectos e inducidos del sector, el Ministerio de Turismo estima que su contribución ronda el 20 % del PIB, posicionándolo como un pilar esencial de la economía nacional y un motor clave para el empleo, la infraestructura y el emprendimiento. Este dinamismo confirma el potencial del turismo como herramienta de crecimiento, desarrollo y transformación territorial.
Ese es, precisamente, el punto de partida de lo que quiero abordar. Sí, contamos con la mejor infraestructura aeroportuaria y hotelera del Caribe, pero eso, por sí solo, no basta.
El país necesita proyectar un plan de desarrollo turístico sostenible a diez años. La decisión ha sido asumida por el Ministerio de Turismo y por el ministro Collado, con la contratación de ONU Turismo como organismo asesor. Se trata de una demanda histórica del sector privado turístico, formulada desde hace más de dos décadas.
La aspiración es que, para el año 2036, la República Dominicana consolide su liderazgo turístico en el Caribe mediante “un modelo competitivo, innovador, inclusivo y sostenible, basado en la diversificación, la regeneración, la gobernanza participativa, un ordenamiento territorial eficiente y altos estándares de calidad. Este modelo buscará generar bienestar compartido, proteger el patrimonio natural y cultural y fortalecer la resiliencia del país frente a los retos futuros”. Una declaración de propósitos ambiciosa, que entraña un desafío real.
¿Qué se persigue? Diversificar la oferta turística incorporando cultura, naturaleza, turismo comunitario, gastronomía y MICE; integrar la sostenibilidad como eje transversal de la gestión, promoción y operación; fortalecer la participación comunitaria, el empleo local y los encadenamientos productivos y, no menos importante, avanzar hacia la resiliencia climática mediante la adaptación, un turismo bajo en carbono y soluciones basadas en la naturaleza.
Un primer esbozo del plan contempla ocho ejes, 19 estrategias y 57 acciones, entre las que destacan la visión, la gobernanza y la planificación territorial; el emprendimiento, la innovación y la digitalización, así como la formación técnica y profesional.
Es un plan ambicioso con el que me solidarizo plenamente. Exige un enorme esfuerzo y un alto nivel de liderazgo político en los próximos dos años de los tres que restan a la administración Abinader, y constituye un legado que, de ejecutarse adecuadamente, tendrá un valor extraordinario.
En la última década, el país ha apostado de manera particular por elevar el valor de su producto turístico, fundamentalmente de la mano de los sectores aeroportuario, hotelero y gastronómico. Sin embargo, si no elevamos los estándares de calidad en el servicio, corremos el riesgo de quedarnos a mitad del camino. La innovación, la digitalización y la inteligencia artificial deben ser instrumentos de cambio, pero nunca sustituirán una sonrisa. Son medios para un fin: una experiencia de viaje satisfactoria exige un producto de alta calidad, un servicio con rostro humano y una relación armónica con la naturaleza, donde precio y calidad guarden coherencia.
La gobernanza y la planificación territorial figuran entre los mayores retos que enfrenta el país, especialmente cuando hablamos de un territorio turístico que, en esencia, pertenece a todos.
La movilidad y la circulación del turista en el territorio nacional constituyen otro desafío de gran impacto potencial sobre las finanzas públicas y privadas de las comunidades.
Nuestro referente es España. En 2025, ese país espera un año récord en turismo, con previsiones cercanas a los 98 millones de visitantes internacionales, una cifra histórica acompañada de un elevado gasto y crecimiento en casi todos los mercados emisores, que consolida su liderazgo turístico europeo. Pero no se trata solo de volumen, sino de la amplia derrama económica que el turismo genera en casi toda la madre patria, gracias a la interconexión, la facilidad de circulación, la seguridad vial y la seguridad ciudadana.