Eludir la fecha es difícil. De mayo a noviembre de 1961, los episodios aturden. Cuando Ramfis Trujillo Martínez, después de satisfecha su venganza en la Hacienda María, sale del país, comienza un trajinar distinto. Sin embargo, el ocultamiento de pruebas, la manipulación de documentos, ha sido constante.

Cualquier persona interesada en conocer las entretelas previas y posteriores al tiranicidio, tiene una bibliografía profusa cuya lectura permite la evaluación de los hechos. Que no agrade a muchos, que se aleje de la versión favorita de algunos, es otra cosa. Reinterpretar datos es tarea individual. La función de historiadores y recopiladores, no es juzgar.

Si faltaban datos para el acopio, la Fundación Cultural Dominicana publicó los documentos de Emilio Rodríguez Demorizi que incluyen los “papeles” de Ramfis Trujillo. La edición, a cargo de Bernardo Vega, ratifica sucesos, autorías, que el rumor y otras publicaciones, glosaban sin la autenticidad requerida.

Empero, años van y vienen y las versiones contradictorias, compiten. Hay grupos que desprecian fuentes, porque no obedecen a sus designios y el procerato aumenta de manera antojadiza.

Las crónicas de las efemérides reproducen los errores. Pasa el tiempo y queda una adaptación que repiten como fidedigna sin indagar más allá. El facilismo de redactores contemporáneos recurre a la información servida en la red y desdeña otros textos. El wiki histórico no precisa esfuerzo. Asunto de apretar teclas para recoger acomodos. Sin réplica, el reportaje convierte a traidores y asesinos en héroes.

La leyenda circula con el auspicio de personas que saben perfectamente, cómo ocurrieron los hechos pero reivindican el compadrazgo, aunque sacrifiquen la realidad. Rémora de la tiranía, del autoritarismo sin “el jefe”. Y no puede ser de otra manera. Todavía queda la impronta de yo mando, yo digo, yo puedo. Quien no está conmigo, está contra mí.

La sombra del autoritarismo acompaña a esa claque genuflexa que devino en elite y se empeña en camuflar sus culpas. Como si nada hubiera pasado. A la gleba que discuta y averigüe quién fue o quién no. La inclusión en la nómina pública de la tiranía, como soplón o ministro, la adscripción al Partido Dominicano, el disfrute como empresario de los beneficios del erario, el silencio, a pesar de la barbarie, el exilio dorado y denunciante, nunca ha provocado vergüenza. 53 años después del atentado contra el tirano nadie ha hecho un acto de contrición.

Ningún gerifalte, ningún torturador, ningún ejecutor de las órdenes superiores, ha dicho que se arrepiente o ha expresado las razones de su abyección. Escribidores de foros y discursos, son señalados por dedos trémulos. Mueren y envejecen sin contar o desmentir sus hazañas. La indolencia se encargó de integrarlos a la sociedad. Los más astutos, gozaron del favor del Estado y del olvido, desde el 30 de mayo del 1961, hasta hoy.

Publicaciones van y vienen, y las personas señaladas no reaccionan. Saben que pueden vivir orgullosos de su pasado. Conocen como se trastoca la historia. Imputan antes de la defensa. El nonagenario merenguero Joseíto Mateo resolvió con una ocurrencia, el dilema. Un converso gritó a su paso: ¡miren ese, le cantaba los merengues al jefe! El rey, respondió, sagaz: yo los cantaba, pero tú los bailabas.

El ocultamiento dificulta la existencia de un antitrujillismo coherente, con propuestas democráticas e incidencia nacional. No existe el puente entre la resistencia ideológica y el antitrujillismo tardío y simbólico, que ha pactado con los gobiernos sin importar quien lo presida.

Es recomendable recordar que el censo del año 1951, veintiún años después del inicio del trujillato, reveló que el 76 % de la población era rural y habitaban el país 2,135, 872 millones de personas. Para entender porque la vileza marcó generaciones de connacionales hay que trascender estereotipos. Incomprensible el afán por esconder. Los más conspicuos pensadores de la época, se sumaron al proyecto del tirano. No sólo el miedo sirvió para controlar, durante tres décadas, al colectivo.