Los corruptos nos sacan la lengua y los sicarios nos matan. Así de simple está la realidad de la República Dominicana. La sensación no puede ser otra ante la indiferencia de quienes tienen que asumir la responsabilidad de imponer los correctivos.
La historia de la corrupción ha sido demasiado larga y evidente como para ignorar sus estragos y consecuencias, pues ha terminado dañándolo todo. El país, incluso, se ha llenado de dudas y está que no quiere creer en nada ni en nadie. Todo le parece sospechoso, con razones válidas o no, pero vive esquivo.
Se nos ha llenado la sociedad de prácticas ilícitas, entre ellas la industria criminal del sicariato que está decidiendo si las personas pueden o no existir. Hemos llegado al punto de afirmar que aquí la vida no vale nada, porque por cheles te matan. Hay quienes pagan para hacerlo y otros que ejecutan la función como su trabajo normal. Hasta la confusión se paga cuando se decide quitar del medio a una vida humana.
Hemos achicado el espacio para la decencia.