No sé si alguna vez usted se ha preguntado si el vecino, lado norte, ese señor de modales aparentemente afables, o aquél hijo de la vecina, lado sur, muchacho un poco loco, alborotoso, respondón y aparentemente agresivo, repito: ha pensado si uno de ellos ejerce el respetable oficio de sicario.

Debe ser triste enterarse por los medios de comunicación de que uno compartía un vecino de profesión asesino asalariado, o por encargo, no importa porque a fin de cuentas lo que cuenta es que un inocente ciudadano mantenía relaciones con una persona que mata a alguien por mandato de otro, por lo que recibe un pago, generalmente en dinero u otros bienes.

El sicario podría hasta ser un buen vecino, solo que su trabajo, contrario al mío y al de usted, que son trabajos que engrandecen el sector productivo del país, él recibe una llamada convocándole para “un trabajo de darle pa’ bajo” a un bregador, empresario, periodista, profesional, un “cuernero” o “cuernera” o a un enemigo político.

Peor aún, el sicario podría ser un hermano, un esposo o un hijo y uno desconoce que aquella persona con quien comparte sangre filial y afectos es asesino por contrato o encargo, que mientras uno trabaja o duerme, él desde un Suzuki Saltamonte 125cc o desde el asiento trasero de una yipeta le revienta los sesos o rompe el corazón a una persona desprevenida que baja o conduce un vehículo, son los casos del conocido abogado santiagués Amancio Herrera Turbí, o a la señora Adalgisa Vanesa González, en Sabana Perdida, días antes le dieron pa’ bajo, en el sector de Alma Rosa II, a Ivanna Sing, profesional y sobrina del presidente del Colegio Médico Dominicano.

Este mismo señor regresa a su casa y le hace el amor a su esposa, carga, abraza y besa a sus hijos, le trae un peluche y una muñeca Barbie y hasta los lleva a la escuela o colegio, participa en una reunión de Junta de Vecinos y va a misa y da una buena limosna en agradecimiento porque todo le salió bien y para protección en los próximos trabajos. Ratatá ratatá.

La peor crueldad del sicario es que ejecuta estos asesinatos sin remordimiento de conciencia, porque lo hace en el entendido de que actúa de forma profesional y que no le une ningún vínculo afectivo ni de odio a la víctima. En pocas palabras: ¡nada personal! Que no sea sacar de circulación el encargo.

En el Derecho Penal dominicano no aparece esta figura jurídica; sin embargo, es una figura conocida por el Derecho romano que reguló especialmente su condena penal, por la particular Ley Cornelia sobre apuñaladores y envenenadores, del año 81 A.C.

Su nombre proviene de la sica, puñal o daga pequeña, fácilmente ocultable en los pliegues de la toga o bajo la capa. Sicarius (plural latino de sicarium ) significa “hombre-daga”.

Su actividad, sostiene Wikipedia, “estuvo vinculada en principio a la política, actuando en las asambleas populares, particularmente durante el peregrinaje al templo, cuando apuñalaban a sus enemigos (contrarios políticos de sus amos o simpatizantes de ellos) lamentándose ostensiblemente después del hecho para escapar de la detención”.

Como es natural, los sicarios de hoy operan de otra manera, pero los resultados esperados son los mismos. Cualquier vecino, esposo o esposa, bregador, político, empresario, banquero, militar o profesional que disponga de unos miles de pesos puede encargar “darle pa’ bajo” a sus contrarios o viceversa, a cualquiera de estas personas le pueden apagar la vida al entrar al lugar de trabajo o a un centro público con un sicario ratatá ratatá.

Esperemos a ver qué trae sobre la materia el Código Procesal Penal sicarialmente modificado, adulterado y denunciado por la opinión pública al punto que el Poder Ejecutivo se vio obligado a hacerle observaciones y regresarlo de nuevo a los sicarios del Congreso Nacional.

Amigo lector, no haga nada que pueda provocar la ira de alguien que pueda pagar los servicios de un sicario ratatá ratatá.

Amén. Ratatá/ratatá.