En los primeros años del siglo veinte, cuando los caudillos militaristas mantenían alborotada a la sociedad dominicana, arreció la entrada al país de inmigrantes árabes, cocolos y haitianos. Los árabes fueron los primeros en llegar. Los dominicanos les llamaban “turcos” debido a que entraban al país con pasaportes de Turquía, un viejo imperio que dominó los territorios árabes durante cinco siglos, desde 1453 hasta 1917, cuando cesó la dominación del imperio turco otomano en el Oriente Medio y se crearon las actuales Repúblicas de Siria, Líbano, Irak y Palestina.

La primera información documental sobre la presencia árabe en el país se remonta a 1886, cuando desembarcó el primer grupo  por Puerto Plata; uno de ellos, Nacif P. Haché, estableció una pequeña empresa que más tarde se conoció con el nombre de Casa Haché. En 1897 se registró en Santiago otro grupo de árabes y en los inicios del siglo veinte, el grueso de los inmigrantes procedía de Cuba y Haití, donde habían vivido varios años, dedicados al comercio detallista. Para 1905 se cree que vivían en Haití más de diez  mil árabes que eran repudiados por los comerciantes haitianos, circunstancia que los empujó a cruzar la frontera y se incorporaron para siempre en la sociedad dominicana, donde se han dedicados, sin problemas, a diversas actividades económicas.

Con relación a los cocolos y haitianos, su presencia en el país fue una demanda de los propietarios de ingenios azucareros que alegaban pérdidas en sus operaciones por la ausencia de mano de obra. Desde 1872 los ingenios operaban con trabajadores dominicanos, pero en 1884 estalló una larga crisis en el sector que obligó a sus propietarios a bajar los salarios y los antiguos campesinos dominicanos que se habían transformados en obreros prefirieron volver a los conucos, provocando escases de la mano de obra.

La falta de hombres para trabajar llevó a los propietarios de ingenios de San Pedro de Macorís a crear una Sociedad de Inmigrantes en octubre de 1893. Los primeros en llegar fueron trabajadores puertorriqueños, pero la mayoría de ellos retornó al no poder ajustarse al nuevo empleo. Fue entonces cuando los dueños de ingenios fijaron su mirada en las islas inglesas del Caribe (islas Tórtola, Saint Thomas, Saint Kitts y Barbado). Unos cien “braceros” procedentes de esas islas arribaron al puerto de Santo Domingo el 14 de octubre de ese año y de inmediato fueron trasladados al ingenio Consuelo de San Pedro de Macorís, propiedad de William L. Bass, quien había tomado la iniciativa de promover la nueva inmigración.

Los avisos publicados en las islas inglesas, dando cuenta de las salidas de pequeñas goletas hacia República Dominicana, incrementó la presencia de los cocolos, que también venían de Monserrat, Dominica, Anguila, San Martin y las islas Vírgenes. Para la zafra del año 1900, el Listín Diario informaba que más de “mil 200 cocolos han desembarcado ya en el puerto de Santo Domingo y aún hay anunciado mucho más”.

Casi siempre, la sociedad receptora tiende a discriminar o maltratar a los inmigrantes. El primer ejemplo en ese sentido fue el calificativo de “cocolos” dado a los recién llegados. En el habla popular de la época, “cocolo” tenía un significado despectivo, de desprecio, algo así como “haitiano”. Pero la versión más aceptada en el presente sobre el significado del vocablo “cocolo” es aquella que lo asocia con una corruptela de la palabra tórtola, nombre de una de las islas de donde venía la mayoría de aquellos “braceros” corpulentos y piel oscura, ascendientes de una comunidad de gente laboriosa e inteligente que ha aportado mucho al desarrollo cultural y deportivo del país.

Algo distinto ocurrió después con los “braceros” haitianos que los gobiernos dominicanos les negaban los permisos de inmigración amparados en viejos sentimientos anti-haitianos, aunque después cedieron a la presión de los propietarios de ingenios.

En el año 1910, una Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados se quejaba de que los “braceros de raza inferior” que vienen al país en busca de trabajo en los ingenios, alejaban “al bracero nacional que no puede cubrir sus más perentorias necesidades con el ínfimo jornal que ofrecen los que a la industria azucarera se dedican”.

Entre los años de 1911 y 1922 se instalaron siete grandes nuevos ingenios en el país que aumentaron la demanda de mano de obra y los trabajadores haitianos arreciaron su presencia. Las fuentes históricas registran un crecimiento de la inmigración ilegal de haitianos en esos años que de la industria azucarera se desplazaron luego a las construcciones de obras públicas iniciadas por los ocupantes norteamericanos.

En resumen, una memoria de la Secretaría de Agricultura del 30 de junio de 1920 decía que en el país había más de 22 mil “braceros”, más de 11 mil eran cocolos y más de 10 mil eran haitianos.

Referencia: Orlando Inoa: Azúcar, Árabes, cocolos y haitianos.