Mi dolor por lo de Fulgencio.
Mi amistad con Fulgencio data de casi 40 años. Me siento honrado de su confianza cuando, en el albor de los 80, nos encargó a Rafael Peralta Romero y a mí del cuidado de un "hijo" que no podía atender por su fuertes e intensas tareas de diputado y de sus responsabilidades como unos de los dirigentes más importantes del PRD de entonces: su programa "Suceso", interesante revista radial, de difusión semanal (los sàbados) reportajes, entrevistas, noticias del arte, deportes y un sondeo público sobre un tema de actualidad.
Nos dejó el programa a nuestra propia convicción y orientacion: jamás impuso ni siquiera sugirió afrontar tal problema de tal manera o de conformidad con su militancia perredeista.
En muchísimas ocasiones fui con él a su morada, un apartamento que había adquirido, financiado, en el sector El Millón. También a su Loma de Cabrera natal, donde conocí y traté esa señora de fuerte temperamento, pero generosa y amable, que fue su mamá doña María Tejeda, gobernadora a la sazón de la provincia Dajabón.
Fulgencio no fue nunca comunista, pero sí un izquierdista bastante radical, muy avanzado ideológicamente para ser del PRD, inclinado al sandinismo, jugó un papel muy ponderante durante la guerra de Nicaragua contra Somoza (yo diría que la figura más importante en cuanto a la solidaridad con esa lucha en la RD).
¿Qué percibí de su personalidad en tantos años de amistad? Que era un tipo medularmente bueno, solidario, afectivo, inteligente y preocupado por los demás. Nunca le noté inclinación ni amor por el dinero y la vida cómoda: era una persona bastante humilde y modesta.
Su gran pasión era la historia y en nuestras últimos contactos, que no fueron constantes, sino cuando esporádicamente nos juntábamos, casi siempre inesperadamente, siempre abordábamos la problemática internacional, captada en los noticieros y periódicos.
Por años he estado defendiéndolo ante la maledicencia e infamia de los que han querido cebarse de su gravísimo error de huir del país ante el terrible acoso político de Balaguer, en vez de afrontar y dar la cara ante la cobarde persecución en su contra, algo que haría un daño terrible a su imagen de hombre honrado.
Esto nunca quise enrostrárselo personalmente, porque no lo consideraba prudente ni delicado, y pensaba que no venía al caso estar hablando de lo que fue o pudo haber sido, pero recuerdo su reacción la única vez que lo comentamos: bajó la cabeza, que luego levantó. Su rostro mostró un aspecto sombrío cuando admitió "un grave error, una cobardía de la que me arrepiento".
A su retorno del exilio, creo que en 1998, fui el primer periodista que difundió la información. Recuerdo que esa noche me llamaron a Color Visión, donde trabajaba, para que me trasladara con un camarógrafo a la casa de su hermano Bolìvar, en Los Cacicazgos, no sabía para qué, pero intuía que se trataba de algo interesante. Allí me confundí en un fuerte abrazo con mi amigo, emotiva escena que se difundió en la misma información de su llegada.
Al otro día los periódicos difundieron la información, que también publiqué, de modo más amplio, en el vespertino La Nación, donde también trabajaba.
A su retorno, la justicia enmendó en cierto modo el atropello, porque aun aparecen los mezquinos que pretenden descalificar su moral, amparados en el avieso expediente con que quisieron sacrificarlo. Fulgencio fue descargado de una acusación totalmente infundada, que liquidó en cierto grado su carrera polìtica, y la Suprema Corte ordenó el pago de sus salarios de diputado por el grave atropello que implicaba la persecución y acoso a un legislador, menoscabando el principio constitucional de la inmunidad parlamentaria.
Pese a sus cargos en el Estado, el amigo Fulgencio acaba su vida sin acumulación de riquezas, ni patrimonios importantes, que nunca los tuvo (en su exilio en España, amén de la ayuda de su amigo Felipe González, vivió momentos de muy amarga estrechez, algo que él no me dijo, sino amigos comúnes que lo veían cuando viajaban a la madre patria.
No estoy seguro, porque no fue él quien me lo dijo, pero supe que su retorno del exilio le fue sugerido por el hoy presidente Danilo Medina, en uno de sus viajes oficiales, cuando era secretario de la Presidencia.
"Pero Fulgencio, ¿y cómo es que tú estás pasando tanto trabajo aquí, teniendo tu país", le habría dicho.
La noticia de su muerte, tan trágica e inesperada, es para mi un golpe muy fuerte que ahora quiero mitigar contándoles sobre su cálida bondad y rectitud