East Lansing, Michigan (CNN) - Rahel Musa Aron tenÃa solo siete dÃas de nacida cuando los más ancianos de su comunidad, en la nación africana de Eritrea, llevaron a cabo un ritual centenario en su diminuto cuerpo y le cortaron su clÃtoris, para luego enterrarlo.
Casi seis décadas después, esta madre de tres mujeres y lÃder de una iglesia cristiana se sienta en su casa de esta ciudad del Medio Oeste, en Estados Unidos, y se hace muchas preguntas.
¿Qué hubiera significado para su vida esa pequeña tajada de piel? ¿Los partos hubieran sido diferentes? ¿Se ha perdido de algún nivel más profundo de intimidad con su esposo, con el que está casada desde hace 40 años?
Rahel Musa Aron tenÃa solo 7 dÃas de nacida cuando los más ancianos de su comunidad, en la nación africana de Eritrea, le cortaron el clÃtoris.
“Estoy segura de que ha afectado lo que sientoâ€, le explica Aron, de 58 años, a CNN. “Si no me lo hubieran cortado, tal vez hubiera disfrutado de cualquier cosa que hubiera disfrutado. Es un área muy sensible. Asà que si se corta, imagina... imagina lo que me perdÃâ€.
Con frecuencia discutido en voz baja, el tema de la ablación genital femenina protagonizó los titulares el mes pasado cuando, por primera vez, fiscales de EE.UU. usaron una ley de hace varias décadas que prohibe esa práctica, para acusar a dos doctores de Detroit y a un gerente médico en un caso que involucra a dos niñas de 7 años.
Ahora, muchas mujeres en Estados Unidos que sufrieron esa mutilación cuando eran jóvenes están compartiendo sus historias, todas con elementos que reflejan el caso de Michigan, con la esperanza de terminar con esa práctica de manera definitiva.
Cuando nacieron sus propias hijas, Aron decidió que la costumbre que habÃan tenido que sufrir también su madre y su abuela morirÃa con ella.
“Creo que si (el clÃtoris) no fuera necesario, Dios no lo habrÃa puesto ahÃâ€, dice Aron. “Si no hubiera sido importante, no estarÃa ahÃ. Es parte de nuestro cuerpo. Está ahà por una razónâ€.
Las cicatrices de Aron no son tan graves como las de muchas de los 200 millones de mujeres y niñas de todo el mundo –casi un cuarto de las cuales tienen menos de 15 años– que han sufrido esa práctica, conocida como ablación genital femenina o, para algunas sobrevivientes a quienes no les gusta esa expresión, ritual de corte femenino.
El procedimiento, por el cual los órganos genitales son alterados o lesionados por razones que no son médicas para reprimir la sexualidad, ha sido considerado durante mucho tiempo como una violación a los derechos humanos.
Se practica en todos los niveles educativos y clases sociales y entre personas de varias religiones, incluyendo musulmanes y cristianos, aunque ningún texto religioso asà lo reclame.
Aunque suele entenderse como una costumbre de purificación, los expertos concuerdan categóricamente en que no tiene beneficios médicos y, en cambio, sà puede implicar una infinidad de riesgos para la salud, desde el parto hasta complicaciones menstruales, pasando por infecciones severas, estrés postraumático e, incluso, la muerte.
Sin embargo, la práctica persiste, sobre todo en naciones de Ãfrica y de Medio Oriente, y en Estados Unidos, donde se calcula que el número de niñas y mujeres que la han sufrido o están en riesgo de hacerlo se ha triplicado desde 1990, llegando a más de 500.000. Ese aumento refleja el rápido crecimiento de la inmigración de paÃses donde es común la ablación genital femenina.
Y aunque los defensores de abolir la práctica aplauden los esfuerzos por responsabilizar a quienes realizan el procedimiento, el caso concreto de Detroit plantea preguntas sobre si los acusados –todos miembros de la secta Dawoodi Bohra del islam chiÖ están siendo atacados por su religión.
Además, a algunos les preocupa que estos juicios de alto perfil puedan hacer que la práctica sea mucho más clandestina, lo que pondrÃa en mayor peligro a las niñas y mujeres que la ley busca proteger.
A medida que este asunto ha llamado la atención, el Servicio de Inmigración y Aduanas y el FBI ha abierto lÃneas directas nacionales en las que cualquier persona puede reportar su experiencia o sospechas. Pero como muchos defensores le dijeron a CNN, las conversaciones más importantes pueden estarse dando en los hogares y en los lugares de oración, dado que las sobrevivientes están comenzando a compartir sus historias y a trabajar para ponerle fin a la ablación.
“Este es un tema del que es necesario hablarâ€, dice Aron.
Rahel Musa Aron con sus hijas a mediados de los años 90. Aron decidió que ellas no sufrirÃan lo mismo que ella, su madre y su abuela, tuvieron que sufrir.
‘Excursión especial para niñas’
El FBI comenzó a investigar en el área de Detroit en octubre pasado, cuando los investigadores supieron que la ablación genital se habÃa llevado a cabo en la ClÃnica Médica Burhani. En febrero, se enteraron que dos niñas de 7 años de Minnesota fueron a la clÃnica con sus madres con la idea de que vivirÃan una "excursión especial para niñasâ€. Una de las niñas le dijo al FBI que sus madres las llevaron a la clÃnica porque les “dolÃan sus estómagos†y un doctor les iba a “sacar los microbiosâ€.
HabÃa tres personas en la oficina, “una para limpiar y dos para sostener las manos (de las niñas)â€, les contó la menor a los investigadores. Según el FBI, eran la médica de urgencias locales Jumana Nagarwala, el director clÃnico Fakhruddin Attar y su esposa, Farida Attar, quien estaba a cargo de la oficina en Livonia, Michigan.
La niña contó que se quitó los pantalones y la ropa interior y se acostó en una mesa de exámenes con sus rodillas cerca de su pecho y las piernas abiertas. Entonces, Nagarwala la “pellizcó un poco†en el área “que usamos para orinarâ€. Aseguró que la doctora les dijo a ella y a su amiga que no podrÃan montar en bicicleta por tres dÃas y que, un dÃa después del procedimiento, le “dolió muchoâ€.
La niña explicó que luego las llevaron a ella y a su amiga a comer pastel, porque “se estaban portando bienâ€. Un examen posterior halló que los labios menores de las pequeñas habÃan sido removidos o alterados, que el prepucio del clÃtoris no era normal y que habÃa tejido cicatrizante y pequeñas incisiones.
Los Attar y Nagarwala enfrentan dos cargos por mutilación genital femenina, un cargo por conspiración para cometer mutilación genital femenina y otro por conspiración para obstruir un procedimiento oficial. Si son condenados, podrÃan pasar el resto de sus vidas en prisión.
“Esta práctica brutal es llevada a cabo en niñas por una razón: controlarlas como mujeresâ€, dijo en una declaración Daniel Lemisch, fiscal interino de EE.UU. para el Distrito Este de Michigan. “La mutilación genital femenina no será tolerada en Estados Unidosâ€.
El doctor Fakhruddin Attar en la corte federal, el pasado 26 de abril.
Sin embargo, los abogados de los acusados dicen que sus clientes están siendo perseguidos por practicar su religión. Nagarwala se declaró inocente de todos los cargos y los Attar han guardado silencio, pero sus abogados afirman que no son culpables de todos los cargos.
Según los documentos de la corte, Shannon Smith, abogada de Nagarwala, ha dicho que el el procedimiento realizado a las dos menores no fue mutilación genital femenina sino un ritual religioso de limpieza, no invasivo, que se lleva a cabo en la tradición Dawoodi Bohra, arraigada en la India.
LÃderes de la mezquita Dawoodi Bohra en Michigan, una de las muchas que esta secta tiene en Estados Unidos, afirmaron en una declaración que ofrecieron ayuda a los investigadores.
“Cualquier violación de la ley de Estados Unidos es contraria a las instrucciones de los miembros de nuestra comunidadâ€, dijeron. “Es una regla importante que los Dawoodi Bohras respetemos las leyes de la tierra, cualquiera que sea el lugar donde vivamos. Eso es precisamente lo que hemos hecho por varias generaciones en Américaâ€.
CNN se comunicó con las mezquitas a las que asisten los padres de las niñas y los acusados, pero no obtuvo respuesta.
‘Nunca hablar del tema’
Este caso ha llamado la atención de sobrevivientes de esta terrible práctica en todo el paÃs, que comparten una historia en común: les cortaron el clÃtoris a temprana edad y les dijeron que no debÃan hablar del tema.
Renee Bergstrom con su hermano, por la época en que le cortaron el clÃtoris, en 1947.
En 1947, Renee Bergstrom tenÃa 3 años y vivÃa con su familia blanca y fundamentalista cristiana en una localidad rural de Minnesota. Cuando su madre vio que la pequeña se tocaba, se preocupó.
“Asà que me llevó a un doctor que dijo que ‘podÃa arreglar eso’ y me quitó el clÃtorisâ€, le contó Bergstrom a CNN. Ella recuerda ver a su madre al final de la camilla. Recuerda el dolor. Y recuerda haberse sentido traicionada.
“Aunque yo era muy pequeña, me dijo que habÃa sido un error, pero que nunca debÃa hablar de esoâ€, afirma. Varias cicatrices fusionaron parte de sus labios y la piel nunca se estiró lo suficiente cuando llegóel momento de dar a luz sus tres hijos.
Ahora, Bergstrom se ha aliado con otra sobreviviente de Minnesota, una mujer de Somalia, para tratar de concientizar a los miembros de la gran comunidad somalà de esa área. Les dan panfletos a las mujeres embarazadas que sobrevivieron al procedimiento, para que puedan ayudarles a sus doctores con otras opciones al momento del parto.
A Bergstrom le preocupa que, en lo que respecta a esta práctica, se esté atacando a los musulmanes en Estados Unidos. “Esto me lo hizo en Estados Unidos un médico cristiano fundamentalista, blanco, que practicaba su religión con un bisturÃ. Me inquieta el sentimiento antimusulmán que hay en EE.UU. No quiero que esto sea otra forma de discriminación en contra de los musulmanesâ€.
Bergstrom se alió con otra sobreviviente, una mujer de Somalia, para tratar de concientizar a los miembros de la gran comunidad somalà Minnesota sobre los riesgos de la ablación.
‘Forma complicada de violencia’
Ninguno de los padres del caso de Detroit enfrenta cargos... y es posible que nunca deban hacerlo.
Para muchas sobrevivientes, es complejo aceptar la decisión de sus madres para promover esta práctica.
Mariya Taher tenÃa 7 años cuando sus padres la llevaron de vacaciones a Mumbai, en la India. Recuerda caminar en un apartamento con su madre. La atmósfera se sentÃa tranquila, y estaban allà algunas de sus tÃas. Hasta se reÃa. Era la única niña presente en el lugar.
“Entonces, me vi en el suelo y me quitaron el vestidoâ€, rememora hoy Taher. “Recuerdo haber sentido algo afilado y luego llorar. Una de las mujeres mayores me dio una gaseosa. Es todo lo que recuerdoâ€.
Taher, que ahora tiene 34 años, dice que solo hasta que llegó a la adolescencia leyó sobre la mutilación genital femenina en Ãfrica y se dio cuenta que eso era lo que le habÃa pasado a ella. Su cicatriz fue mÃnima. Sin embargo, dice, fue una violación.
Mariya Taher, sobreviviente de la mutilación genital femenina, trabaja en Massachusetts para acabar con esa práctica. A ella le cortaron el clÃtoris en un viaje que hizo con sus padres a la India.
“Honestamente, tuve una gran infancia, asà que para mà es muy duro hablar de estoâ€, dice. “Siento que las personas me ven como una vÃctima, y odio eso. SÃ, me hicieron algo violento, pero también es una forma complicada de violenciaâ€.
Taher, cuya madre y abuela también sufrieron la ablación, vive en Massachusetts y es la confundadora de Sahiyo, una organización que trabaja para ponerle fin a esa práctica en la comunidad Dawoodi Bohra.
Ayuda a las mujeres y las motiva a contar sus historias –de haber sido mutiladas, de haber decidido no mutilar o de haber pretendido ser mutiladas para encajar– a través de las redes sociales.
Hace años, se dio cuenta del que tal vez sea el mayor logro personal en su trabajo: convenció a su mamá de oponerse a la ablación genital femenina.
“Hemos hablado mucho del temaâ€, dice Taher. “Nunca la he culpado por esoâ€.