Las coyunturas políticas son volátiles.
Cambian como el viento y los actores que por decenios han ostentado la supremacía pueden descender a los últimos peldaños del favor de los electores. Factores como estrategias y tácticas desafortunadas, líderes desgastados, discursos desfasados, confrontaciones y ambiciones desmedidas pueden estar presentes en el debilitamiento o desaparición de una entidad política.
En el caso del PRD, cuyos líderes se ufanan de ser los constructores de la democracia dominicana, garantía de progreso y de estabilidad política, su praxis, a nivel de cúpula, reproduce los peores males de la sociedad dominicana actual.
Los dirigentes perredeístas, en cuyo número encontramos a unos mastodontes del Siglo XX, pretenden hacer avanzar a la sociedad dominicana desde sus propias contradicciones exacerbadas, aparentemente irresolubles y agravadas por momentos. Interpretan sus propias reglas de juego según conveniencias grupales y deciden sus desencuentros con el mazo, nunca con la razón, la justicia y la prudencia.
El PRD es lo que llamamos una familia anárquica, sin rumbo, sin directrices y sin padres legítimos. Por ello no pueden ponerse de acuerdo para la celebración de una convención ordinaria; la reunión apacible y ordenada de los hijos es imposible, impracticable.
Dos bandos se disputan el mando: uno viejo y desfasado, anacrónico e imposible liderado por Hipólito Mejía; otro relativamente nuevo pero con figuras viejas sin mucha visión de la República Dominicana de nuestros días.
El primero probado por los electores en el colosal desastre de Gobierno del período 2000-2004; el otro por probarse y con la determinación presente de enfrentar valientemente los fantasmas de la prehistoria política de ese partido. Tanto este lado como el otro cuenta, curiosamente, con la presencia de temibles espectros del pasado en sus filas.
Los dos “líderes” halan de la soga en direcciones contrarias, apostando a la supremacía absoluta. Obviamente, la hegemonía absoluta tiene mucho que ver con la nominación presidencial, más que con el control de las estructuras partidarias. Aunque una cosa resulte ser función de la otra.
Se presenta la litis como un producto de la traición de Vargas; Vargas la presenta como el colmo de la negación de la institucionalidad partidaria.
Hay muchas formas de traición. Hipólito traicionó al Partido y al país porque hizo todo lo contrario a lo que prometió en campaña y no dejó en el cesto de su nefasta experiencia de Gobierno una sola obra de relevancia y hundió a la economía en los abismos de la inestabilidad más crujiente.
Vargas traicionó porque levantó tienda aparte y está haciendo de ella una fortaleza difícil de tomar por asalto. Vargas es más que un simple acontecimiento que favorece al partido de Gobierno: es una criatura política resultante del ciclo lógico de un partido que nadie gobierna y que indudablemente arrastra los peores vicios de las estructuras clientelares del mundo.
De algo estamos seguros. De celebrarse la Convención, tendríamos otro ejemplo del doble sentido perverso de las declaraciones públicas de Hipólito.
Su gente no participará participando y encenderán la mecha, alimentarán el fuego y deslucirán el intento. El batallón suicida de Hipólito y de sus secuaces estará allí presente como lo estarán los más fieles seguidores de Vargas.
No será un evento unilateral, será bilateral. Siendo así podría correr la sangre como en otras ocasiones y el país de los perredeístas musulmanes, aquellos ortodoxos que no cambian aunque sean testigos de los escenarios más siniestros y brutales, estarían frente a otro mal ejemplo de una cúpula sinvergüenza, irresponsable, invalidada por el tiempo y sin ningún ánimo de reivindicación histórica verdadera.