Lo que llamaban el barrio comprendía dos manzanas integradas por las calles San Martín, Barahona, Bartolomé Colón y la antigua Azua, cuyo nombre, al final de la década de los años 50, lo cambiaron por Felipe Vicini Perdomo.

El maestro Sánchez vivía en la calle Azua esquina Barahona, y al lado moraba la familia Encarnación, de San José de Ocoa; y una casa después, había un gran solar lleno de matas de guayabas, almendras, limoncillos y mangos, que fue durante mucho tiempo el habitual sitio de recreo y diversión de los chicos del barrio, que desplegaron dentro de ese pequeño espacio frondoso los juegos infantiles de bellugas, taquito, trompo, trúcano, pelota contra la pared y volibol.


También en el solar se improvisaba prácticas de boxeo y lucha libre promovidas por los jóvenes aficionados a esos pasatiempos, sin duda influidos por la cercanía del Coliseo San Rafael, situado en la calle María de Toledo, en la intersección de la Francisco Henríquez y Carvajal y Barahona, donde se concentraban todas las actividades deportivas de esa naturaleza, ya que ese estadio pugilístico, de manos de su propietario, el empresario radial y dirigente perredeísta José A. Brea Peña, fue un recinto aglutinador de multitudes.

Por allí pasaron millares de fanáticos y se realizaron muchos combates boxísticos con figuras famosas y cotizadas a nivel internacional, como fueron el argentino Pascual Pérez, campeón mundial de peso mosca y los dominicanos Carlos Teo Cruz, campeón mundial peso ligero; Héctor Chino Díaz, Julito López, Ernesto Batista, Natalio Jiménez y Lachy Linares, campeones nacionales de probada calidad en sus respectivos pesos.

La lucha libre -por igual- brilló en aquel escenario, lográndose que la República Dominicana se trocara en una plaza importante para el desarrollo de esos deportes, y motivando que en los años siguientes se contara con la presencia en el país de luchadores de fama mundial, como el mítico gladiador a quien llamaban “El Santo”, el enmascarado de plata, una especie de súper héroe latinoamericano, portador de una máscara que encantaba a los adolescentes y a los niños, y que fue siempre la máxima expresión de su personalidad.

El Santo era un luchador y actor mexicano de gran destreza, con mucho reflejo e increíble velocidad; y con esos atributos desarrolló una excelente técnica, adquiriendo un asombroso dominio de sus movimientos, pudiendo lanzar unas patadas voladoras espectaculares y efectuar una serie de llaves que contribuyeron a ensanchar su fama y ser un icono de la TV y la farándula deportiva; una luminaria del cine y la lucha libre que realizó 54 películas y centenares de historietas de acción y fantasía disfrutadas por los adolescentes y los niños de la época, como un Batman o Supermán.

Otros luchadores mexicanos y latinos que pasaron por el país en los tiempos de El Santo fueron Buddy Montes, Huracán Ramírez, Fernando Oses, El estudiante, La Sombra Vengadora, El Cavernario Galindo, El Médico Asesino, Blue Demon , El Conde Drácula y El Duque.

Y entre los nativos de esa época estuvieron, el dominico-chino Fulin Chang, El Relámpago, El Rayo, Vampiro Cao, El Puma, y el ídolo histórico ocoeño Jack Veneno (Rafael Antonio Sánchez), campeón de la bolita del mundo, quien era un joven en surgimiento.

El Coliseo San Rafael de la calle María de Toledo era el único escenario de boxeo y lucha libre que existía en la época, pues aun no estaba operando el Auditorio Eugenio María de Hostos, donde brillaría la figura de Jack Veneno y Relámpago Hernández; el cual seria instalado poco después en sustitución del famoso Parque Ramfis, considerado el mejor de su especie en el Caribe, y que fue un lugar exclusivo de recreación visual en la Capital, donde los padres llevaban a sus hijos a deleitar su vista en su precioso acuario lleno de peces multicolores; a disfrutar su piscina; a dar un paseo en las pistas para bicicletas; o simplemente andar entre sus amplias jardinerías.

El solar de la casa No. 25 de la antigua calle Azua fue transformado en un moderno edificio de dos niveles en el año 1960, y de inmediato alquilado a dos familias de clase media, más o menos pudientes. Estas eran capitaneadas por un comerciante gallego de nombre Francisco García y por Hazim Simón, un inmigrante libanés, proveniente del pueblo de San Pedro de Macorís. 

El árabe Simón fue el primero en instalarse y con él llegaron su esposa Rosa y sus dos hijos. El mayor se llamaba Juan Bienvenido Franklin Simón Caram, un bioanalista recién graduado que en septiembre del año 1965 contrajo nupcias con una hermana del joven militante emepedeísta José Vargas González, llamada Angelina, quien era profesora del colegio católico Serafín de Asís; y tras habitar un tiempo en un segundo piso de un apartamento en la calle Arzobispo Valera, de Villa Consuelo, regresó a su lar natal, a la Sultana del Este, donde viviría toda su vida, teniendo allí cuatro hijos que fueron bautizados con los nombres de Miguel, Geovanna, Angeliquín y Maribel, quienes con los años obtendrían los títulos de ingeniero, odontóloga y médicas.

El segundo hijo de don Nasim y doña Rosa era un gordo muy popular, de unas trescientas libras, con una inicial calvicie que se originaba ciertamente en su frente, llamado Freddy Simón Caram, quien era famoso por su puesto como Supervisor General de la Cervecería Nacional Dominicana en la Región Este y por su fiel y ferviente fanatismo con el equipo de las Estrellas Orientales, al que acompañaba en todos los partidos de béisbol de invierno donde éste participaba, ya fuere en la capital o en su natal Serie 23.

Ellos ocuparon la primera planta del nuevo edificio, y constituían una familia con sobresalientes atributos de devoción filial, firme rectitud y calidad humana; lo cual explicaba el comportamiento ameno y cariñoso de Juan y Freddy con los chicos del barrio, a quienes les regalaban boletas para entrar gratis a los partidos de los paquidermos en la Capital.

La madre Rosa tenía una hermana llamada Carmela Caram, que residía en San Pedro de Macorís, pero se hospedaba con frecuencia en su casa; y ambas expresaban ternura y afecto a sus nuevos vecinos.

Se debe decir de modo muy breve que aquella casa era constantemente visitada por un sobrino de las damas que estudiaba la carrera de Ingeniería Civil en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, llamado Guillermo Caram, también petromacorisano y de origen libanés, quien tenía entonces unos 19 años y era militante del partido del machete verde, Revolucionario Social Cristiano.

Y que lejos estaba él de pensar que varias décadas después se convertiría en un reconocido líder reformista, reputado economista, ministro de Finanzas, de Economía y Desarrollo, y un diestro gobernador del Banco Central durante varios de los gobiernos del doctor Joaquín Balaguer.

El español García que alquiló la segunda planta del referido edificio estaba casado con una dominicana, originaria del municipio de Villa González, con quien tuvo tres hijos llamados Bernardita García, Lucy García y Francisco García (Panchín). Eran personas identificadas en el sector porque habían vivido varios años en la calle Juan Pablo Pina, próximo a la avenida San Martín, y porque eran propietarios de una súper tienda de alimentos, llamada Casa Ritz, situada en la antigua avenida Braulio Álvarez (hoy Av. 27 de Febrero), haciendo esquina con la avenida 30 de marzo.

Se les conocía además porque eran los dueños de una populosa barra-colmado, en la cual vendían unos exquisitos sándwiches, colocada en una esquina de la avenida San Martin con Manuel Ubaldo Gómez. Las hijas del gallego estudiaban en el colegio Serafín de Asís y el varón, en el colegio Calasanz, de la Capital.

Posiblemente uno de los propietarios de viviendas más antiguos de la calle Azua era un alto oficial del ejército trujillista, que poseía una impresionante residencia de dos plantas, emplazada frente a la casa alquilada por el maestro Sánchez; la cual tenía un hermoso jardín y amplio parqueo, donde se estacionaba un lujoso automóvil Mercedes Benz.

Este oficial era el mayor Arturo Reyes, oriundo de La Vega y vivía allí junto a su esposa Elena y sus hijos Miguel, Arturito, Elenita, Ruddy, Sucre y Rolando.

La residencia cercada por una verja de cemento, acordonada de flores, llamaba entonces mucho la atención por su extensión y lujo; pues sólo en el centro de Gascue donde residían los Trujillo y las personas pudientes, se podía percibir un modelo parecido. Esta tenía un segundo garaje por el lateral izquierdo, con salida hacia la calle Barahona, albergando un potente e inacabable jeep Willys que su propietario utilizaba generalmente en sus largos viajes hacia su finca en el municipio de Maimón de la provincia de Puerto Plata.

Desde los primeros días de la llegada al barrio del maestro Sánchez, se produjo una corriente de simpatía entre su esposa Frank y la vecina del otro lado de la acera, doña Elena de Reyes, que se incrementó con el nacimiento de Maritza; pues al cabo del primer año de ese suceso, sus padres la escogieron de madrina, y al doctor Mario Collado como padrino, estableciéndose de ese modo un vínculo sagrado de confraternidad imperecedera que incluyó a todos los componentes de ambas familias; en especial al joven Miguelito, quien concluía sus estudios de Medicina en la Universidad de Santo Domingo y hacía su pasantía en el antiguo hospital Morgan.

Este se distinguía por ser muy sensible, amable y cariñoso; cruzando con frecuencia la calle para saludar a sus vecinos y ponerse a sus órdenes como médico preocupado por la salud. Este gesto era muy apreciado y se hablaba de él con mucho respeto, elogiándose su roce social y sencillez.

Se decía que pese al gran parecido físico con su padre, era muy distinto, y lo superaba con creces en actitudes y comportamientos positivos; lo que podía explicarse por su cerramiento a heredar su vocación castrense, rehusando incluso ser médico asimilado de las Fuerzas Armadas.

También era visible que no era hijo de la señora Elena a pesar del esfuerzo que hacía por aparentarlo, pues había cumplido los 25 años de edad y ella no llegaba a los 35; pero de lo que no había duda era del intenso respeto filial que le dispensaba, reciprocado por ella con mucha deferencia y aprecio inconfundible.

Es preciso decir que esta señora era una vegana hermosa, de tez blanca, nariz recta un poco delgada y abundante cabello fino y rizado, con tonalidad café claro. Era improbable que fuese la madre de Miguelito aunque éste aventajaba a sus legítimos hijos en parecer más atractivo y elegante, aún con su piel morena mucho más marcada y registrada en su cédula de identidad como “color indio”, y además con su pelo más grueso y alambrado, ya que era la imagen viva de su padre…un hombre oscuro y de rasgos ordinarios.

La señora Elena, a su edad y siendo madre de cinco hijos, aún lucía muy bien y agradaba a la gente por su buen gusto al vestir; manteniendo su atavío casi inalterable en el ámbito doméstico, en el diario vivir; pues para estar en su casa se ponía un sencillo y excelente atuendo acorde con el lugar,realzando su finura y gracia.

Sus hijos estudiaban internados en los mejores colegios de La Vega, soliendo regresar a la ciudad en las épocas de vacaciones, Semana Santa, Navidad y en algunos días feriados; por lo que ella quedaba en su vivienda prácticamente sola, pues su esposo, al ser oficial del ejército, tenía que estar mucho tiempo fuera de casa; viajando los fines de semana al interior a supervisar su finca de Maimón y otra que tenía en La Vega. Miguelito, por su parte, en su condición de pasante en el hospital Morgan, no tenía tiempo para el hogar; por lo cual, la. única compañía segura de la señora Elena era una joven del servicio doméstico, y en ese estado de soledad fue que se gestó la amistad con su vecina,la esposa del maestro Sánchez.

La actividad y la alegría en su casa se animaban al regreso de los muchachos del colegio. Eran los niños ricos del barrio y la gente se impresionaba mucho observando que teniendo aspecto de chicos acaudalados y vistiendo habitualmente con ropas nuevas e impecablemente planchadas, aun así eran chicos sencillos y bien formados, que se diferenciaban notablemente de otros adolescentes de clase media, presuntuosos y engreídos, que se arrogaban la condición de seres superiores asumiendo un comportamiento arrogante y fantoche.

El roce de los hijos de la señora Elena con el barrio era de lo más natural, siendo constantemente amables con todos los moradores pobres del vecindario. Cuando estaban en casa invitaban a sus vecinos a pasar algunas tardes en el amplio balcón de la terraza y a disfrutar los habituales programas de televisión delos canales 4 y 7 de la Voz Dominicana y Rahintel, que era los dos existentes en los tiempos de Trujillo.

Allí veían los muñequitos animados: El súper-ratón Miguelito, Los Picapiedra, Popeye el marino, Hucleberry hound y el Oso Yogui, Tom y Jerry, El pájaro loco, Tribilín, Mafalda, Félix el gato, Helmer gruñón y La pequeña Lulú. También la famosa serieLos intocables, con Robert Stack haciendo el papel de Eliot Ness; la serie de cowboy Bonanza, con Lorne Greene como Ben Cartwright (padre) ;Pernell Roberts, en el papel del hijo mayor Adam; Dan Blocker en el papel de Hoss (el hijo del medio), y Michael Landon en el papel del pequeño y fogoso Joe. También, El Fugitivo, con David Janssen; Cisco Kid, protagonizada por Duncan Renaldo y Leo Carrillo, en los papeles de Cisco y Pancho; Ivanhoe, con Roger Moore; Jim de la Selva, con el inolvidable Tarzán, Johnny Weismuller; la serie de aventura y caballeríade estilo oriental, Los lanceros de Bengala, con Philip Carey, en el papel del Teniente Michael Rhodes y Warren Stevens, como el Teniente William Storm. Igualmente, Wyatt Ear, con Hugh O'Brian, y El Llanero Solitario, con Clayton Moore.

La residencia de los Reyes era de las pocas en el barrio con un televisor, bastante grande por ciento y tal vez el de mayor tamaño en la época; marca Phillips, de veinticuatro pulgadas y dos puertas de madera con lustre en caoba cubriendo la pantalla. También tenían una gran nevera de la Frigidaire para uso exclusivamente familiar. Se había vuelto una costumbre que en los hogares con ese electrodoméstico se vendiese cubitos de hielo y helados.

Hasta el año1963 en la casa del maestro Sánchez no se instalaría un televisor; cuando se hizo, duró allí lo que cucaracha en gallinero.

Había sido un regalo inesperado del doctor Mario Collado: un aparato electrónico de 19 pulgadas con lucimiento de fábrica, que el maestro enfadado rechazó y devolvió al comprador, sin que nunca se supiese realmente el motivo real de su enojo, pues jamás se hizo referencia a ello.

Meses después,adquirió a cuenta propia un televisor usado, tipo Emerson; y posteriormente, una nevera Admiral de 14pies cúbicos, que delataba mucho usoy limitada utilidad.

Dos desgracias ocurrirían en el seno de la familia Reyes creando una profunda conmoción en el barrio y en el país.

La primera se produjo el mes de agosto de1958. En la mañana de ese día, el joven Arturito, de 14 años, que agotaba en su residencia de la capital sus vacaciones escolares, se encontraba en el patio, próximo al garaje donde su padre guardaba el jeep, cuando de repente a causa de una imprudencia se produjo una explosión de un tanque de gasolina y su cuerpo en llamas rodó por el suelo, pudiendo ser auxiliado por los vecinos solidarios que a fuerza de coraje sofocaron el incendio.

Arturito recibió serias lesiones que fueron tratadas y curadas en una clínica de Filadelfia, Estados Unidos. Su cuerpo fue recompuesto gracias a las diversas operaciones de cirugías plásticas que le practicaron, pero quedando con evidencias imborrables en sus brazos.

Durante el intervalo de tiempo que permaneció en el extranjero, los vecinos de la calle Azua elevaron plegarias a Dios por su curación; y a su regreso todos comprobaron que su restablecimiento había sido un milagro originado por los avances científicos y tecnológicos en el campo de las ciencias de la salud.

La segunda y mayor desgracia sobre la familia Reyes ocurrió el 21 de junio de 1959. Dos días antes se había producido la invasión marítima de Maimón y Estero Hondo, encabezada por cientos de jóvenes dominicanos entrenados militarmente en Cuba, con el fin de liquidar la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo.

El día 14 anterior se había ejecutado la invasión aérea por Constanza comandada por Enrique Jiménez Moya. El mayor Reyes en esos días había sido retirado y se encontraba en su finca de Maimón, enterándose de la situación por el despliegue militar y las orientaciones de un oficial amigo; uniéndose rápidamente a las tropas del ejército para perseguir con firmeza a los insurrectos, y recibiendo como éstas instrucciones de hacer lo posible por capturarlos vivos.

Se produjo un intenso combate y en la refriega el mayor Arturo Reyes y otros militares fueron alcanzados por varios disparos muriendo en el acto.

Al día siguiente, el cadáver del mayor Reyes fue exhibido en la segunda planta de su residencia, donde se realizó el velatorio con la asistencia de una multitud de vecinos curiosos agolpados en los bajos y los altos de sus amplias terrazas.

Entre los vecinos estaba el maestro Sánchez, su esposa Frank, la pequeña Antía y el chiquillo Chanoc, quien hasta ese momento nada sabía de la relación de los difuntos con los cielos y los infiernos; y estaba oyendo las oraciones rogando para que el muerto fuese acogido en el paraíso divino. Se asomó al ataúd y sintió un escalofrío, conmoción y espanto frente al acribillado cadáver; tras observar que presentaba pequeños orificios de proyectiles de fusil en el rostro y en varias partes del cuerpo.

Era la evidencia de una operación militar atroz, de un sadismo incalificable, que son de las cosas incontrolables que se dan en una guerra. Estaba atónito, mudo, pues ese era el primer muerto que había visto en su vida; y se estaba preguntando si las personas fallecidas presentan una semblanza similar cuando van al cielo, y si la barbarie era parte del proceso de morir.

Pues no entendía que en las condiciones físicas que estaba el exoficial, aun así le asistiera el derecho de ir al paraíso a airear la zozobra, asustando con su desfigurada imagen la infancia de los ángeles.
Los conocedores de los métodos salvajes de Trujillo, coincidían en señalarlo como el principal responsable de la brutalidad ejercida en ese hecho sangriento,que se habría cometido con la pretensión de culpar ydesacreditar a sus adversarios, mostrándolos como unos asesinos monstruosos.
Tiempo después, la viuda y los hijos del mayor Arturo Reyes partieron al exterior en viaje por Estados Unidos y Europa para aliviar la carga emocional de su pesar. Residieron durante unos dos años en el extranjero y durante su ausencia un hermano de la señora Elena se encargó de comprarle una nueva residencia en el privilegiado sector de Gascue, mientras se mudaba por un tiempo breve en la parte baja de la antigua vivienda, que acusaba creciente deterioro en ausencia de sus dueños. Sus instalaciones sanitarias se estaban dañando y no había aparecido nadie para repararlas y darles mantenimiento. El bello jardín se había convertido de pronto en un pequeño monte utilizado por los adolescentes como escondite predilecto para el desahogo de sus pasiones reprimidas.

A todo ello se le pondría fin más tarde, cuando el nuevo administrador alquiló ambas plantas para obtener reales beneficios económicos y dispuso la extinción del bello jardín lleno de flores, con toda y su exótica y vistosa musácea en el centro, que tenía un parecido al plátano pero sin frutos; y ordenó también el derribo de dos gigantescas matas de coco, para hacer nuevas edificaciones con fines comerciales.

En aquel amplio terreno, se instaló una bodega de vinos, muy concurrida por borrachos; aunque fue allí donde se iniciaron los jóvenes del barrio en el mundo de las degustaciones, saboreando los deliciosos vinos de uva y seco en barricas. También se asentó en el lugar una repostería llamada El Indio, quedando definitivamente sólo en el recuerdo de los chicos el esplendor y la belleza de aquella residencia situada en la casa No. 20 de la antigua calle Azua o Felipe Vicini.