A veces pienso que para “arreglar” este país haría falta que, por un buen tiempo, negáramos la democracia.  Observo el desorden, la burla a la ley, la discriminación en su cumplimiento, el irrespeto a la autoridad como aspectos que, lamentablemente, echan raíces profundas en lo que podríamos llamar la cultura del comportamiento ciudadano. 

Un amigo español decidió dar un paseo conmigo por la ciudad.

Comencemos a descubrir cosas. 

Mira, ese chofer tiene el brazo completo afuera y va a una velocidad considerable. Mira a ese camión cargado de combustible con las gomas lisas y desalineadas completamente. Más allá encontramos a una camioneta cuya extremo izquierdo de la defensa trasera iba colgando de una soga, sujeta solamente en el extremo derecho. Sus luces traseras estaban destruidas. Al observar el vehículo de frente, pudimos comprobar que el chofer exhibía orgulloso la famosa revista oficial, una especie de certificación de que había pasado la prueba de una revisión de funcionalidad completa. 

Más adelante encontramos a un camioncito que despedía un humo negro del tubo de escape y que dificultaba la visión a cien metros. Los Amets que circulaban cerca sacaron sus pañuelos y trataron de protegerse de la contaminación y pude oír a uno decir: “¡Bota eso carajo! 

Al llegar a una intersección importante, vimos a una guagua del transporte de pasajeros en la ciudad, conducida por esos choferes que tienen la profunda convicción de que están en los trillos abiertos de alguna selva, que se detenía y subía a una señora embarazada en medio de la calle, frente al semáforo en luz verde. Todos los que veníamos detrás nos detuvimos y esperamos a que este señor feudal, menos educado con muchos que los señores feudales orientales, terminara su riesgosa operación de rescate de la embarazada. 

Nos metimos en una urbanización y vimos carros encaramados en las aceras, vehículos estacionados de manera paralela, montones de basura fétida apilados frente a dos casas donde jugaban alegremente una docena de niños pequeños. Más allá unos vecinos habían decidido cerrar una calle porque uno de ellos cumplía años y había que celebrar expandiendo el espacio vital. 

Nos metimos a un bar y observamos a dos hombres adultos compartir con dos menores de quince años. La mesa estaba repleta de cervezas y las menores tontas de un jumo. Luego llegó un niño pidiendo una botella de vino La Fuerza y una caja de cigarrillos. Le despacharon de muy buen gusto porque sencillamente se trataba de un cliente más.

En una de las calles nos detuvimos a comprar una empanada de yuca. El vendedor hablaba y tosía impasible encima del alimento. Desistimos de la compra, pero eran muchos los comensales que no advertían los signos de gripe o quizás de tuberculosis del tipo. Nos decidimos por un maíz hervido. El pequeño empresario tenía una lata grande de aceite con agua caliente de donde sacaba el maíz. Al ver el agua oscura, le preguntamos qué por qué tenía ese color. Nos respondió: “Es haitiana”. El vendedor ambulante era haitiano.

En una palabra, cada vez que avanzamos de una esquina a otra o de un lugar a otro encontrábamos una violación visible e irritante a las más elementales normas de la convivencia civilizada.

 Precisamente ayer, mi hijita, que apenas tiene ocho años, me dijo lo siguiente: “este país debemos mudarlo a otro lugar en una gran nave espacial. Nos quedaríamos nosotros y pondríamos letreros con reglas en todos los lugares con gente nueva”. Le pregunté: ¿por qué dices eso hija? Me respondió con su carita de niña pícara y mucha seguridad y determinación: “lo que pasa Pa es que el país está mal construido, la gente no quiere cumplir las reglas”. 

Sorprendido, pensé que a mi niña le habían estado hablando de orden y normas en la escuela y que, ni tonta ni perezosa, comenzó a sacar sus propias conclusiones sobre la necesidad de mudar a la población dominicana a otro espacio planetario, preferiblemente habitado por seres superiores rigurosamente disciplinados en el cumplimiento de los órdenes institucionales.