Chanoc tenía 5 años cuando fue inscrito en pre-primaria en una escuelita hogar que operaba en la casa No. 8 de la calle Azua, estando al frente de la misma la profesora Alicia; una señorita alta y delgaducha, de rostro risueño, diligente y esforzada en su cruzada alfabetizadora.

La joven tenía una figura hermosa, impresionante; tanto que el chiquillo confesaría muchos años después que la había llevado durante mucho tiempo enterrada en el subconsciente, y que jamás tuvo un solo instante de olvido.

“Cómo dejar de recordar sus imborrables gestos conminando al aprendizaje. Cómo borrar de la mente la forma en que conducía infructuosamente nuestra mano derecha, ayudándonos en los dibujos de vocales y números que finalmente, contrariando su voluntad, aprendimos a hacer -como zurdo- con la mano izquierda”.

Decía también que jamás olvidaría el incesante sonido de sus gruesos labios martillando letras, aunque de aquel gran esfuerzo poco fue lo aprendido, no obstante el avance logrado en los primeros trazos de letras y números realizados.

Lo significativo fue la adaptación al diario ir y venir de la escuela. Meses después de esa efímera experiencia, fue inscrito en la Academia Méndez Santos, que ofrecía instrucción primaria y cursos de mecanografía y taquigrafía.

Era dirigida por el maestro Francisco Méndez Santos, un experimentado educador que fue tiempo después director de la escuela Argentina y de otros liceos intermedios y secundarios. Éste era ayudado por su madre doña Concha, su hermano Bienvenido y una joven llamada Adela.

El tío Paco fue quien hizo la recomendación de inscribir a su sobrino en la citada academia, pues conocía bien el lugar al residir a pocos pasos de allí, y porque sus propios hijos: Nora Mayra, Nelson y Robert, también eran estudiantes en aquel centro educativo

Paco vivía en la calle Azua, próximo a la calle Juan de Morfa; frente a una fábrica de tenis y zapatos conocida por el nombre de la fábrica de Tacos, propiedad del empresario Celso Pérez; y la academia estaba prácticamente a su lado; era un viejo y amplio caserón de madera con un patio lleno de gallos de pelea, todos enjaulados solitarios, en una medida de precaución para impedir su desgarramiento mortal antes de las peleas pactadas entre jugadores acostumbrados a grandes apuestas de dinero y bienes inmuebles y muebles.

Muchas veces los niños de la escuela disfrutaban el “tope de gallos” realizado por el entrenador.

La escuela y la casa del maestro Sánchez estaban separadas por dos cuadras, las cuales el muchacho recorría todos los días con su cuaderno en mano y su lápiz en el bolsillo de la camisa.

A la salida de clase, se valía de argucias para coincidir durante un corto tramo de la caminata; desde la calle Juan de Morfa hasta la Francisco Henríquez y Carvajal, con una chiquilla llamada Belkis, de su misma edad, y en el trajinar de regreso a su casa, alborotado de gozo, canturreaba rancheras de moda; entre ellas, las famosas Jalisco no te rajes y Allá en el Rancho Grande.

Era un intento fallido por imitar a los artistas mejicanos de moda que asistían a la semana aniversario de la radiotelevisara oficial llamada entonces La Voz Dominicana, pues no tenía noción mínima de afinación en el canto y no alcanzaba a comprender que era de mal gusto escuchar su voz hasta en el claustro del baño.

Recibía clases en la academia mayormente de parte de la profesora Adela, pero en sus tareas eran celosamente vigiladas por doña Concha, una exigente maestra que bordeaba los 60 años de edad y aplicaba métodos útiles, pero muy drásticos, tratando de imponer y garantizar el respeto al trabajo escolar.

El maestro Francisco era asiduo visitante de la casa de Fanny Álvarez, una joven de Bayaguana que vivía con sus padres y hermanos al lado de la vivienda donde residía Chanoc, por el lado de la calle Barahona. Como se trataba de su maestro, cada visita concitaba su curiosidad, ya que no escapaba a su entendimiento el ejemplar de mujer que era su vecina, quien poseía una sensual y exótica belleza mulata digna de una merecida coronación en un concurso de belleza.

El muchacho entró inmediatamente en sospecha del asedio a la joven urdido por el galante y caballeroso educador, y razonaba que se había iniciado en el preciso instante en que ella se inscribió en la academia a estudiar mecanografía y taquigrafía.

Sin embargo, las visitas a la casa de Fanny terminaron cuando apenas se iniciaba un aparente y extraño romance entre la ex alumna de 17 años y el maestro de 40.

La causa del prematuro corte de esa relación fue motivada por el viaje de ella, su hermano Luis Álvarez y su sobrina Dulce, con residencia hacia los Estados Unidos, luego de recibir la correspondiente autorización del consulado de los Estados Unidos.

Antes de que se conociera el viaje de Fanny, en diciembre de 1958, el chico no sabía nada de la existencia de Nueva York en el mapamundi y mucho menos estaba enterado de lo que ello podía significar en términos de progreso al vapor para las personas con la dicha de conseguir una visa.

A los seis meses de haber marchado, sus vecinos afligidos la recordaban con cariño y lamentaban sinceramente que hubiese concluido su affaire con el maestro Francisco.

El chico continuó un tiempo más en la academia Méndez Santos, adquiriendo lecciones primarias bajo la generosa ternura que le prodigaba la maestra Adela, aminorando el suplicio de los rudos métodos de Doña Concha.

Su primera lectura, su primera suma y resta, y su inicial aprendizaje sobre el cuerpo humano y la naturaleza, los adquirió en ese pequeño mundo de idolatría hacia el maestro Francisco y la profesora Adela; en medio del nerviosismo y el temblor que le producía la súbita e inesperada aparición de la adusta e imponente figura de doña Concha, que fue la más rígida e intemperante maestra que jamás conociera.