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Cursaba el año 1953 cuando el maestro José del Pilar Sánchez, por el antiguo camino a los poblados de Barrabás, Hojas Anchas y el Puerto, inició junto a su familia el viaje hacia Ciudad Trujillo, Distrito de Santo Domingo, realizando una parada técnica en Puerto Plata, para tomar allí el autobús que pasaría por la Cumbre y las comunidades de Pedro García y Yásica, hasta Santiago, entrando luego a la vieja carretera Duarte.
Había abandonado el pequeño pueblo de Bajabonico, situado a 24 kilómetros de la “Novia del Atlántico”, porque en la gran urbe capitalina le esperaba un nuevo empleo y un ritmo de vida diferente al que había experimentado desde que vino al mundo en octubre de 1907. En Ciudad Trujillo desplegaría un vuelo laboral ascendente, aprovechando el sostenido progreso de la metrópolis en la época del Generalísimo, revelado en la fachada de modernidad impresionante que lucía la “Primada de América”.
Aquella madrugada de la primavera de 1953, la imagen nítida de Bajabonico se acentuaba en el recuerdo de José del Pilar Sánchez, mientras iba hacia su primer destino que era la “Costa del Ámbar”. Su cerebro estaba atestado de grabados visuales sobre los instantes más alegres e inolvidables vividos en aquella tierra norteña de vegetación maravillosa, suscitándose en su interior un gozo asombroso mientras evocaba aventuras y vivencias sin que se alterase su ánimo, o se insensibilizara su entendimiento, horadando la intimidad de su corazón. Sentía el clavado de una recia espina sentimental hincando su espíritu en medio del silencio; al tiempo en que, de modo fugaz, percibía el martilleo de la voz implacable y crítica de su conciencia protestándole por el fastidio de tener que vivir en un lugar donde, pese a la ordenanza y disciplina de la época, se desarrollaba una estructura social inclinada al enredo colectivo y la anarquía urbana.
Por un momento sintió deseos de retornar a Bajabonico pero se consideraba un individuo responsable y estaba obligado a seguir el viaje para honrar la palabra empeñada y el compromiso laboral convenido. Era penoso dejar atrás una vida apacible y sencilla dedicada al magisterio y su familia, al lado de su esposa Francisca y sus hijos Ventura y Mario, aunque estaba consciente de no poder hacer otra cosa que no fuese habituarse al cambio de domicilio, al incrementarse en los últimos dos años su obligación paternal con el nacimiento de sus hijos Chanoc y María Milagros, fruto del romance furtivo con una morena tierna y fornida de Los Llanos de Pérez, llamada Wencesla Ventura.
El pensamiento del maestro José del Pilar Sánchez recorría ansioso aquella madrugada la "Loma de don Yoryi" que minutos antes había divisado cubierta de un neblinaje intensamente gris, como abrigo protector y revitalizador de su copiosa fronda boscosa. El maestro cavilaba pensativo, frotándose las anchas cejas, cuando vino a su mente el centelleo persistente de un recuerdo indeleble de aquel buen sitio campestre donde había disfrutado inolvidables paseos conviviendo con la naturaleza y compartiendo la sacra alegría de los pájaros.
La “Loma de don Yoryi” había sido su cómplice silenciosa en la meditación hecha cuando se decidió a acompañar a su compadre, el doctor Mario Antonio Collado Ramos, en el proyecto farmacéutico que desarrollaría en Ciudad Trujillo. Aquella fue una decisión complicada, al implicarno sólo un cambio radical de hogar y de costumbres, sino también exponer a sus parientes a la degradación de las normas domésticas establecidas, debido al influjo de muchas otras familias excluidas del progreso, con hijos viviendo en constante batalla con la tentación al delito que empezaba a masificarse en los suburbios marginados capitaleños, donde estaban los barrios de Gualey, Los Guandules y Las Cañitas; éste último forjado dentro de una finca sembrada de caña de Romeo Amable Trujillo Molina (Pipí); lo que explica su nombre original de “La caña de Pipí”. Esa situación anómala sería atenuada con la construcción dispuesta por Trujillo de dos flamantes ensanches en la cercanía, que recibieron los nombres de Luperón y Espaillat, en honor a los presidentes héroes de la jornada restauradora de la Independencia. Estos fueron levantados en el desaparecido barrio de Faría y sus primeros moradores y propietarios fueron decenas de familias de militares y policías.
El país del año 1953 era eminentemente rural y contaba con dos millones 200 mil habitantes; por lo cual resultaba raro que la ciudad capital estuviera incrementando su población de modo notable, concentrando unas 240 mil almas, siendo entonces la segunda ciudad más concurrida después de Santiago de los Caballeros.
Era extraño que Trujillo tolerara el excesivo abarrotamiento de la capital, por su rigurosidad en el ordenamiento urbano; y porque era un secreto a voces que nadie se establecía en la ciudad sin el consentimiento del temido “Benefactor de la Patria”, quien sostenía un rígido control de vidas y haciendas, disponiendo una severa represión a la movilidad interna, con chequeos rutinarios en los puestos de guardias colocados a la salida de la ciudad, donde se exigía a los forasteros los mentados tres golpes, que eran la cédula de identidad, el carnet de militancia del Partido Dominicano y el referente al servicio militar obligatorio; además de rigurosos cuestionarios a que eran sometidos para que explicasen los motivos de su visita a la ciudad. Pese a ello ocurría un incremento notable de nuevos residentes, viviendas, negocios, escuelas y otras infraestructuras en Ciudad Trujillo.
Hacia aquella urbe se dirigía el maestro Sánchez, con un permiso de mudanza en su chaqueta y obviando pensar en asuntos demográficos y sociales, pues esa madrugada sólo tenía mente para concentrarse en su adorado pueblo, que iba quedando atrás y ya no vería con frecuencia; privándose así del placer que le producía en su oído el rugido enorme y retumbante del río Bajabonico con sus aguas bravías intentando pacificarse en el punto de confluencia con el río Obispo, disipando su rastro con la emanación subsiguiente del cristalino y misterioso Charco de la Muerte.
El maestro Sánchez fijó también su reflexión en la sección de Barrabás y su fantástico Charco de la India; una playa dulce inigualable, tantas veces disfrutada en el verano, en las vacaciones escolares, cuando medio pueblo la visitaba, sumergiéndose en la profundidad de sus aguas turbulentas. Ahora le estaría vedado contemplarla por un buen tiempo quizá; al igual que otra maravilla caribeña poco conocida entonces, por su ubicación en un terreno montañoso dentro de una finca perteneciente a unos amigos suyos: la familia Sención, en el paraje Los Llanos de Pérez. Este asombroso milagro natural fue bautizado con el nombre de Damajagua, un rio constituido por veintisiete charcos escalonados derramando puro cristal líquido, y resbalando con vigor desde unos elevados peñascos aglutinados unos tras otros en aquel paraíso playero. Uno de estos charcos con forma de ataúd, asemejaba un torrente incontenible de agua brotando de un dulce sueño.
El maestro Sánchez marchaba del lugar tras haber dedicado más de veinte años de su vida a la formación escolar básica de niños y adultos en las secciones de Pérez y Boca de Cabía, donde ejecutó una acción educativa meritoria, valiéndose de una sólida formación pedagógica y cultural enriquecida por su admirable apego a la lectura de obras clásicas; entre ellas, Don Quijote de la Mancha,Fausto, Las flores del mal, Los miserables, Los tres mosqueteros, Hamlet, Azul, El viejo y el mar, Doña Flor y sus dos maridos, Doña Bárbara, Crimen y Castigo, Bodas de sangre; sin obviar El hombre mediocre y algunos libros de poesía.
El ejercicio del profesorado en esa época generaba poca renta, pero los maestros gozaban de mucho respeto y consideración, situándose junto a los curas y los alcaldes en un nivel social de paradigmas o modelos de humanos; pues lo normal era que un educador liderara las principales instituciones de la comunidad que eran las iglesias, las logias y los clubes sociales. Por ello, el respeto hacia su investidura llegó a ser tan notable, que nadie -o casi nadie- lo llamaba por su nombre, siendo conocido por el apelativo de “maestro”, pronunciado por la gente con suma admiración y trocándose en su identidad inseparable hasta el final de sus días.
Sería “maestro" incluso habiéndose enfrascado en otros menesteres, como el ejercicio de perito contador en las oficinas administrativas del antiguo Ingenio Amistad, en la época en que era una entidad privada perteneciente a la señora Luisa Beniz viuda Julián y su hija Victoria Julián de Estrella, estando administrado por un señor llamado José Arzeno, quien era parte de la aristocracia puertoplateña. También en el corto tiempo en que manejó la contabilidad del almacén de provisiones al por mayor y detalle de don Luis González, un comerciante español que se estableció en Imbert en los años treinta, junto a su pequeño hijo Pelayo González, quien con el correr del tiempo sería uno de los juristas más connotados de la ciudad de San Juan de la Maguana. Don Luis González contrajo matrimonio con la señora Malvina Canahuate Resek, de origen libanés, procreando tres hijos; a saber, el abogado, músico sinfónico y ex presidente de Amucaba, Almanzor González Canahuate; el odontólogo y político peledeísta Luis Gonzalo González, viceministro de Interior y Policía, y la empresaria Marusa González de Heinsen, esposa inseparable del elegante heredero de la industria de quesos Geo y antiguo capitán de navío de la Armada dominicana, Ernesto Heinsen.
Desde el año 1947 Trujillo comenzó a concentrar en sus manos la industria nacional; particularmente, el negocio de la producción y comercialización del azúcar de caña; comprándole el Ingenio Amistad a la viuda Julián y a su hija, a principios de los años 50; y transformando este proyecto azucarero, que era el más pequeño de doce adquiridos, en un potente productor bajo la gerencia de su íntimo servidor, Anselmo Paulino, principal responsable designado de la recién creada “Administradora de Ingenios, C x A”, que dispuso la instauración de una nueva administración, recayendo el puesto de jefe de Campo y Producción en un compadre muy querido del maestro Sánchez, Francisco Alcántara, quien junto a su esposa, la prestante profesora Patria Rodríguez, habían bautizado al pequeño Chanoc.
El nuevo funcionario público tuvo la encomienda de mejorar las condiciones de vida en los bateyes, procurándose el apoyo vital de un empresario de origen alemán, de nombre Charlie Heinsen, quien manejaba una grandiosa bodega que daba facilidades de compra y créditos a todos sus clientes, incluyendo los haitianos dedicados al corte de la caña.
Para entonces el maestro lidiaba con el referido negocio de la familia González-Canahuate y estando allí recibió la propuesta de Mario Collado de acompañarlo a Ciudad Trujillo a constituir su empresa farmacéutica.
Vale decir que el doctor Collado no era un improvisado. Lucía muy joven pero había alcanzado un título universitario, con altas calificaciones, en la escuela de Farmacia de la antigua Universidad de Santo Domingo, y en poco tiempo demostró su capacidad de progreso; primero, relacionándose con la crema y nata de la sociedad santiaguera; y luego, casándose con una joven graciosa y acaudalada, llamada Francia González, hija del reconocido médico montecristeño Abel González Quezada, padre del doctor Abel González Massenet, eminencia de la urología, fundador de la clínica que lleva su nombre, situada en la Avenida Independencia de la capital, y del Centro de Diagnóstico y Medicina Avanzada (CEDIMAT).
No se puede afirmar categóricamente que hubiese algún tipo de sociedad económica en este lazo matrimonial, pero de lo que no hay duda es que ello le abriría espacios económicos a su proyecto industrial.
Casado con Francia González, Collado vivió en la década de los años 40 en la calle Presidente Heureaux, casi esquina Eugenio Perdomo, de Bajabonico; y residiendo en esa casa, que luego adquirió el empresario Carlos Reyes, nacieron en Santiago de los Caballeros sus hijos Angelita y Marito. Muchos años después, ya en Santo Domingo, nacería su tercer retoño, Olguita.
Es de justicia apuntar que en la ciudad de Santiago y más tarde en Bajabonico, Collado demostró su valía profesional, su capacidad para la investigación y la creación de productos médicos. Fundó en Imbert el más opulento y pujante comercio farmacéutico de la provincia Puerto Plata, que fue la Farmacia San Rafael, y al cabo de unos años ese centro comercial elaboraba productos medicinales con etiqueta propia que llevaban la paz del alivio físico a los enfermos de la región.
Sin duda que la necesidad de cobertura nacional para los productos farmacéuticos fabricados por Collado en Bajabonico, alentó el proyecto de instalación de sus laboratorios en la calle Estrelleta de la capital a finales de 1952. Y desde entonces la prosperidad cobró un rápido impulso por la profusa venta del desodorante "Dorasol", ungüento enlatado en pequeña caja redonda considerado el mejor de fabricación nacional; lo mismo que el "Jarabe Sanito" y algunos productos de marca internacional que con los años se asentarían en el mercado por su calidad y demanda.
Como resultado de un régimen de estricta austeridad administrativa y de los ahorros acumulados, Collado progresó en el corto plazo, lo que originó el natural y esperado cambio de domicilio, y de la calle Estrelleta Laboratorios Collado fue mudado a un lugar más amplio y con mejor posición comercial en la calle Benito González esquina Emilio Prud'Homme; pero aún allí era una industria modesta, donde el personal se contaba con los dedos de una mano: el propio Collado, presidente-administrador; José del Pilar Sánchez, contador; Pujols y sus asistentes Isidro y Teófilo, en el área de venta para Ciudad Trujillo, la región Sur y la zona Este; Bobolo y Castillo, en la misma área pero para las regiones del Cibao y el Noroeste. En planta, organizando el despacho estaba un hermano del doctor Collado llamado Manolo, que era poco sociable pero gozaba de su confianza por ser muy trabajador y aparentar un comportamiento irreprochable.
El esfuerzo valió la pena, pues el local era espacioso, con gran capacidad para almacenar la producción proyectada para una década, dando inicio a una era esperanzadora para todos, incluido el maestro Sánchez, cuyos ingresos mejoraron, motivando que alquilara la casa No. 27de la antigua calle Azua esquina Barahona, donde alojaría a su mujer y dos de sus hijos.