El país durmió hasta tarde su resaca de Nochebuena. La crisis en la que está inmersa la mayoría de los dominicanos no importó. Tampoco los evidentes desniveles y frustraciones. 

Nada importa; el pueblo celebró la Nochebuena y en la calle, apenas amanecieron los desperdicios de la compra apresurada de quienes solo hasta último minuto consiguieron lo necesario para adornar exiguamente la mesa con frutas extranjeras y golosinas del patio, a ser paladeadas por bocas que no saben de exquisiteces. 

Durante el día, el hormiguero humano se desplazó, forzosamente lento por las calles, apretujado, ilusionado, enajenado. Es Navidad.

Se ha dicho antes, muchas veces: Diciembre es el mes de la febrilidad consumista, la fiesta del comercio, la hoguera de las expectativas. Su contenido, originalmente cristiano, es cada vez más rememoración retórica en perpetua falta de correspondencia con la realidad.

Por supuesto que la capacidad de consumo de los impenitentes navideños está en relación directa con la capacidad adquisitiva. El sitio elegante y caro, huele a cosas caras y elegantes, mientras en el barrio, donde ni lo caro ni lo elegante tienen cabida, llegan, sin embargo, los bienes de consumo ridículamente sustitutivos. Pero en unos y otros, está la misma ideología presente: Consumir la ilusión de placidez social e individual mediante el consumo de los objetos que confieren estatus.

No hablemos de las alturas. En ellas siempre es Navidad. La variación está en la intensidad de los compromisos sociales, en gastos extras que se asumen deportivamente, porque derrochar es una especie de deporte nacional para estas fechas.

Hablemos del empleado medio; de los apagados y sombríos empleados de oficinas públicas y privadas. Del que pasa el año sin alternativas, esperando ansiosamente el día de pago, para solventar, siempre deficitariamente, su cúmulo cada vez mayor de compromisos. En Navidad olvida sus resabios. El “doble sueldo” no es para él parte de lo que se le ha extraído durante todo el año que termina.

¡Y a la calle!; afuera esperan expectantes todo tipo de comerciantes, exhibiendo en sus vitrinas, cada año más exóticamente adornadas, los objetos que no pueden consumir durante 365 días de inflación y penurias.

La oscuridad de la vida cotidiana del empleado con doble sueldo se llena transitoriamente de colorido. El rojo de manzanas importadas –de la peor calidad-, las uvas que en Europa se tragan de a una por campanada, y los papelitos multicolores que envuelven caramelos para acallar la conciencia.

Y adiós al doble sueldo. El próximo diciembre se verificará, si aún se conserva el empleo, el nuevo encuentro. Ahora, se agotarán de golpe todas las ilusiones. Se opacará la realidad, sustituyéndola por la ilusión de 15 días.

Es Navidad. Tiempo de amor, comprensión y de pensar en los otros, pero también de morir de la manera más cruel.

Pero la fiesta no termina. Ha concluido simplemente su primera y alocada etapa.

Hay que conciliar con esa tregua cómplice y la gente seguirá tomando esa pócima para olvidar momentáneamente las penurias de doce meses y zambullirse en el mar del consumismo, porque en navidad, todos parecen ricos, hasta los más humildes –que son la mayoría- sacan de donde no pueden para celebrar el cumpleaños del Hijo del Hombre.

Se trata de una temporada bellamente cruel en la que, a pesar de la miseria, atrasos, frustraciones, cualquier infeliz consigue la “boronita” para el festín, a pesar de que, como siempre, y desde hace tantos años que ya lo olvidaron los viejos con sus bocas desdentadas de historias antiguas. En Navidad está presente la miseria como todos los días.

Se trata de una tregua cómplice. Y a nadie le se le ocurre en estos momentos hablar del país, de sus problemas, eso se enfrenta en enero. Hablar de todo eso arruinaría la fiesta. Enero es otra cosa. Tan otra cosa, que de diciembre lo separa el sueño y el olvido.