Cuando decidà estudiar la Biblia y hacerla mi pan diario, enfrenté ciertas luchas, algunas aparentemente tontas, y por ello más peligrosas, pues me separaban de aquellas verdades y revelaciones que llevarÃan mi alma a la estatura diseñada por Dios; por ejemplo, sueño, falta de concentración, pereza y falta de comprensión, aun releyéndola.
Entonces decidà contrarrestarlas orando antes de iniciar y sustituir mi Biblia de estudio por una Biblia para niños. Inmediatamente, un mundo extravagante de poderes, maravillas y sabidurÃa se hizo vida, Dios estaba hablándome por su palabra, cada personaje fue un maestro, cada historia una vivencia y su voz la llave que abrió mi corazón.
Entonces comprendà la tan cierta expresión de San AgustÃn: “Cuando oramos hablamos con Dios, pero cuando leemos su palabra El habla con nosotrosâ€!