Nota del editor: Luis Alberto VillamarÃn es coronel retirado del Ejército colombiano e investigador de temas relacionados con la geopolÃtica del Medio Oriente, Asia Meridional y América Es autor de los libros Narcoterrorismo la guerra del nuevo siglo, Conexión Al Qaeda, ISIS: la máquina del terror yihadista y Martes de Horror, entre otros. La opiniones en esta columna son exclusivas del autor.
Tras los ataques terroristas perpetrados por ISIS en el aeropuerto y una estación del metro en Bruselas, ciudad donde además funcionan la sede de la Unión Europea y el cuartel general de la OTAN, surgen preguntas con pocas respuestas oficiales claras, tales como: ¿Por qué las autoridades policiales de Europa y de Bélgica no identificaron y neutralizaron a los sospechosos si habÃa información sobre sus actividades pasadas? ¿Cuál fue la cadena de errores?
No es fácil dar respuestas académicas precisas a estas dudas, pero sà es metodológico buscar explicaciones en la forma que los paÃses occidentales interpretan la agresión yihadista, en esencia la guerra del nuevo siglo, pues reiteradamente actúan reactivos después de sucedidos los hechos, porque conciben el problema como asunto policial local y no como amenaza contra la seguridad nacional y la integralidad de Occidente.
ISIS y al Qaeda gravitan alrededor del Plan Estratégico Bojinka, que prevé la construcción de un califato universal a partir de miles de células entrenadas inicialmente en Afganistán, y ahora en Libia, MalÃ, Túnez, Yemen y otros paÃses musulmanes, que ya están distribuidas por los cinco continentes con la misión de multiplicarse.
En ese orden de ideas, las células incrustadas en Europa, Estados Unidos y Australia, erróneamente llamadas “lobos solitarios†como si se tratara de yihadistas individuales, se enfocan en las mezquitas donde los imames niegan tener contactos con ellos, pero la realidad es que allà reclutan nuevos militantes, a quienes contactan con musulmanes detenidos por delitos comunes recluidos en centros carcelarios, y hasta con jóvenes occidentales convertidos al islam, que son reclutados por medio de las redes sociales y el contacto clandestino cara a cara.
Otra parte del problema radica en que los gobernantes occidentales enfocan la solución en bombardear las bases móviles de ISIS en Iraq, Siria, Yemen, Pakistán y Afganistán; pero sin trabajo estructurado de inteligencia internacional que apunte a combatir mancomunadamente las células yihadistas: Por ente, tampoco hay vigilancia sostenida y permanente sobre terroristas incrustados en mezquitas y escuelas coránicas ubicadas en paÃses occidentales, pues el problema es catalogado como asunto policial y no como una guerra.
Tampoco hay planes internacionales concretos para controlar y supervisar a los yihadistas nacidos o residenciados en Occidente que regresan de Siria, muchos de ellos con la tarea de multiplicar células o inmolarse. La disculpa de los hasta ahora cómodos servicios de seguridad europeos, es que no tienen capacidad operacional para reprimir ese accionar ni supervisar durante 24 horas a los ya identificados. De remate, los sistemas judiciales, matizados por oportunismos polÃticos, no han permitido que se formulen leyes de guerra contra los terroristas en toda Unión Europea, por la sencilla razón que no se ha entendido que el islam radical está en guerra contra la civilización occidental, que su motor es el terrorismo y que su supervivencia, está garantizada en las leyes libertarias de las democracias occidentales que los reciben, adoptan y convierten en sus ciudadanos.
Desde el punto de vista estratégico, y ante la carencia de respuesta estratégica articulada de Occidente, que actúa igual a cuando sucedieron las dos grandes guerras del siglo XX cuando respondieron a la agresión de los imperios centrales y luego del eje Roma-Tokio-BerlÃn, por impulsos de la dinámica de la confrontación, las naciones occidentales están dejando la iniciativa estratégica al islamismo radical, porque parecieran no entender que el terrorismo islámico es un problema geopolÃtico y religioso, concebido para destruir a los apóstatas musulmanes y a los infieles de otros credos religiosos diferentes al islam.
Religioso porque está de por medio el sueño de sunitas y chiÃtas extremistas de desaparecer del planeta al odiado Estado de Israel, vengar las guerras de los cruzados, cobrar a las potencias occidentales la prolongada expoliación de recursos del Medio Oriente y los paÃses musulmanes a la par con auspicios de guerras internas. Y geopolÃtico, porque sobre el Medio Oriente y el Asia Central hay intereses de preponderancia interna encabezados por los sunitas saudÃes y los chiÃtas iranÃes, a la par con ambiciones geopolÃticas y geoestratégicas excluyentes de la Unión Europea, Estados Unidos, China y Rusia.
En ese escenario el terrorismo islámico es un arma, un credo multiplicado de identidad del islam extremista, que además cuenta con la doble moral de muchos lÃderes religiosos y poderosos brazos financieros de ambas vertientes. AsÃ, el yihadismo ataca a Occidente por razones históricas y por la lucha para reconstruir el soñado califato.
Entretanto, los paÃses agredidos no han comprendido el concepto estratégico del yihadismo, lo siguen combatiendo amparado en leyes obsoletas y procedimientos policiales para evitar delitos comunes, no hay interacción de agencias de inteligencia, tampoco se ejerce una vigilancia más especÃfica sobre las mezquitas y centros de estudios islámicos donde se han incrustado los extremistas.