(CNN Español) - Le pidieron casi a gritos que hablara de los 43 de Ayotzinapa, de los desaparecidos, de las víctimas de la narcoviolencia, de las madres que sufren, de los marginados…
No se quedó con nada. En su primera homilía en la Basílica de Guadalupe, Francisco habló de todos aquellos que hacen parte de esa cultura del descarte que él tanto denuncia en su joven papado.
Lo hizo cuando, evocando al indio Juan Diego, a san Juan Diego, pidió “que nadie quede afuera”, porque “todos somos necesarios”, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la “altura de las circunstancias” o no “aportan el capital necesario” para la construcción de las comunidades, la sociedad y la cultura de un pueblo.
El papa del sí, al igual que “María, la mujer del sí” a Dios, alentó al pueblo mexicano a que también diga sí a la esperanza, a la lucha, a no claudicar ante las adversidades. Pidió el sí a todos, pero en especial a los pequeños, a los que sufren, a los desplazados y descartados, a todos aquellos que “sienten que no tienen un lugar digno en estas tierras”.
Con su mensaje, el papa consoló a los afligidos y, a su paso, condenó al crimen organizado. “Dios se acercó y se acerca (como hace casi 500 años hizo con ‘Juanito’ a través de la ‘Morenita de Tepeyac) al corazón sufriente, pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos”.
También habló de la juventud llamando al amor y a la inclusión. “El Santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas…”
Con una voz serena, pero firme, Francisco apeló a sus gestos de ternura y misericordia para comprometer a los mexicanos a vivir una fe auténtica y operativa. A superar ese “complejo de inferioridad” —léase de humildad— que tuvo Juan Diego cuando, en repetidas ocasiones, le dijo a la Virgen que él no era la persona adecuada y que debía elegir a otros para llevar a cabo su obra porque él “no era ilustrado, letrado o perteneciente al grupo de los que podrían hacerlo”.
El papa remarcó el caminó de la fe e insistió en no dejarse vencer por los dolores, por las tristezas. “Hoy nuevamente [la Guadalupana] nos vuelve a decir, sé mi embajador, sé mi enviado a construir tantos y nuevos santuarios, a acompañar tantas vidas, a consolar tantas lágrimas”.
Francisco tocó el corazón del pueblo mexicano. De los marginados, de los comunes y corrientes. De muchos que, como el pequeño Juan Diego, sienten que “no valían nada”. Y, tal como hizo la Virgen con el hoy santo, pidió a cada uno de los millones de “Juan Diegos” que pueblan el segundo país con más católicos en el mundo, que sean su “embajador” para el cambio, la esperanza, la transformación.
¿Cómo lograrlo? En medio de la vida ordinaria… “Por los caminos de tu vecindario, de tu comunidad, de tu parroquia…”.
La bendición final de Francisco puso fin a la misa. Pero cuando parecía que todo terminaba, para él apenas comenzó: su amoroso encuentro con la Virgen de Guadalupe.
Fue en el camarín, allí donde se halla la tilma de san Juan Diego, donde quedó estampada la imagen de la Morenita.
Al fin juntos. Frente a frente. Francisco y la Guadalupana. Madre e hijo. A solas como sugirió. Esa fue su única petición antes del viaje: “…Quiero que me dejen un ratito solo delante de ella… Es el favor que les pido…”.
Cumplió su promesa. Puso a sus pies una corona de rosas amarillas. La vio a los ojos y se perdió en su mirada de ternura. Le oró con devoción. Le suplicó en silencio “no dejar de mirarnos con misericordia”… Y renovó el sí de Juan Diego.
¡Francisco es el papa del sí!