UN CASO REAL

Un día se fue de viaje por Europa. Era una chica normal, de familia bien. Seis meses más tarde se suicidó en una cárcel italiana, acusada de perpetrar atentados anarco-terroristas. Hoy, 17 años después, su historia es un mar de interrogantes.

Ayrlén Iñigo

 

Cuando María Soledad Rosas tenía siete años jamás imaginó que su rostro se haría conocido en todo el mundo. Aquella niña bien del barrio de Belgrano, que miraba La Familia Ingalls y tomaba clases de zapateo americano, tampoco pudo imaginar que 17 años después se convertiría en “la terrorista más peligrosa de Italia”, ícono internacional del movimiento anarquista, ni que —a sus 24 años— terminaría por quitarse la vida en un pueblito de Italia, acusada de delitos que no cometió.

Aunque la fuerza del anarquismo como movimiento social comenzó su declive en la década de 1960, los movimientos universitarios y la juventud del siglo XXI se adueñaron de sus ideales. El caso de María Soledad Rosas —o Sole, como la llamaban todos— ocurrió en 1998 y sirvió para avivar la chispa revolucionaria en una Argentina inmersa en pleno menemismo.

En un primer momento la información sobre el caso fue confusa: los diarios de Italia acusaban a Soledad y a su pareja, el anarquista Edoardo Massari, de ser los autores de una serie de atentados en contra de la construcción de un Tren de Alta Velocidad en Turín. Las pruebas nunca llegaron, sin embargo ambos fueron presos y recurrieron al mismo trágico final: el suicidio.

“La conducta de los diarios fue espeluznante. Nunca pensé que los medios en Italia tuvieran ese nivel de falta de seriedad con respecto a la información.

Pasar de ser una chica que vivía en una casa ocupada que hacía un poco de quilombo a ser un enemigo de primer orden de la sociedad alta italiana es un salto muy brutal”, dijo al respecto del caso Martín Caparrós.

El periodista se convirtió en el gran portavoz de Sole cuando, en 2003, publicó su biografía llamada Amor y anarquía. Una investigación profunda que lo llevó incluso a vivir por unas semanas a Italia en una casa ocupada por anarquistas. Hoy, a 17 años de la muerte de María Soledad Rosas, recordamos su historia.

UNA CHICA MUY NORMAL

 


Sole nació el 23 de mayo de 1974, hija de Luis Rosas (un suboficial del Ejército Argentino) y Marta Rey. Su infancia se desarrolló en Belgrano, donde vivía con sus padres y su hermana Gabriela, dos años mayor. Toda su primera juventud pasó sin sobresaltos: era una alumna aplicada, en su tiempo libre tomaba clases de tenis en el club Gimnasia y Esgrima y miraba programas en la televisión como Heidi o La familia Ingalls.

Ya la adolescencia la encontró con más aires de rebeldía. La Argentina retornaba a la democracia de la mano de Alfonsín y Sole pasaba los días en su casa escuchando a los Rolling Stones, los Redondos o Freddy Mercury. No le gustaba salir y tampoco le interesaba comprarse ropa o pensar en la estética.

Una vez terminado el secundario intentó estudiar varias carreras. Ninguna la fascinaba. Probó con Psicología y Educación Física, pero rápidamente decidió que el estudio no era lo suyo y comenzó a trabajar. Se convirtió en paseadora de perros y fue todo un éxito: tenía muchísimos clientes, todos confiaban en ella y amaba a los animales.

Ahí empezó a frecuentar amistades que a su familia no le agradaban en absoluto: se alejó cada vez más del ideal esperado, conoció el alcohol, la marihuana y la libertad de no responder a estructuras impuestas.

Sin embargo —quizás por orgullo o por amor hacia sus padres—, ingresó en la carrera de Administración Hotelera en la exclusiva Universidad de Belgrano y se recibió sin complicaciones ni emociones.

Tuvo algunos amores, todos turbulentos y sufridos. Buscando alejarla de ese panorama, los padres de Sole decidieron regalarle un viaje a Italia junto a su amiga Silvia Gramático.

Era un pasaje abierto por seis meses, un viaje para ver mundo y tener nuevas experiencias. Nadie imaginó cómo terminaría.

LA VIDA ITALIANA

Las dos amigas aterrizaron en Italia el 22 de junio de 1997.  Al llegar a Turín,dieron con la Federación Anarquista y desde ahí las mandaron al Asilo, una de las casas tomadas más importantes de la ciudad. “Por casualidad, el primer día que llegué al Asilo la puerta estaba abierta, no necesité tocar el timbre.

Es de locos: todo un océano de distancia y llegué al lugar indicado. Hay un lugar para cada uno, y yo creo que encontré el que me corresponde”, escribió Sole en una de sus cartas.

 

Ninguna de las dos jóvenes sabía demasiado de política ni de asuntos internacionales, por eso no estaban enteradas de que, poco tiempo antes de su llegada, cerca de Turín se había iniciado la construcción de un Tren de Alta Velocidad (TAV).

Dicho proyecto encontró grandes críticas entre los lugareños —principalmente entre los anarquistas— quienes comenzaron una serie de actos y movilizaciones pacíficas para oponerse.

Sin embargo, pronto llegaron las bombas molotov y los atentados, atribuidos a una supuesta organización llamada los Lobos Grises. Nunca pudo corroborarse la existencia de dicho grupo, pero el gobierno italiano encontró en esa figura la excusa perfecta para arrestar a militantes libertarios y okupas, que eran anarquistas que vivían de ocupaciones de viviendas.

Pero Sole no estaba enterada de todo eso, y pasaba sus días en el Asilo junto a otros compañeros. Allí conoció a Edoardo Massari, “Baleno”, de quien se enamoró a primera vista.

Baleno era 11 años mayor, vivía como okupa en Turín y había sido arrestado en varias ocasiones debido a su militancia. Sole y Baleno compartían ideales: ambos eran ecologistas y vegetarianos, repudiaban el capitalismo y disfrutaban de la lectura de clásicos pensadores anarquistas. Juntos emprendieron un viaje a España y luego regresaron a la capital piamontesa para instalarse en un “palazzo” abandonado que convirtieron en una nueva casa tomada.

Allí pasaron sus días junto al amigo de ambos Silvano Pelliseri, disfrutando en comunidad y realizando algunas acciones rebeldes (como plantar una bomba con pintura en la Municipalidad). La casa se convirtió en un centro de política y actividades culturales.

Lo que ninguno de los tres amigos sabían era que los servicios de inteligencia italianos ya los tenían en la mira.

Habían plantado un micrófono en el auto de Silvano y con las grabaciones los acusarían de “ecoterrorismo” y de ser subversivos que conformaban el grupo delos Lobos Grises.

El 6 de marzo, dos cuerpos especiales de carabinieri (policía italiana) irrumpieron en el palazzo buscando a Edoardo Massari y a su amigo Silvano Pelliseri. 

Los arrestaron y se llevaron también a Soledad (en esa época, en Italia se precisaban al menos tres personas para realizar un allanamiento). Los cargos se centraban en el sabotaje al TAV, en algunos atentados y en la asociación subversiva. Fueron los tres a prisión.

EL FINAL

 


Cuando los anarquistas de Turín se enteraron de los arrestos comenzaron las movilizaciones. Las marchas se intensificaron con el correr de los días y Soledad se fue transformando en un símbolo de resistencia y de lucha contra el Estado.

 

Mientras tanto, en la Argentina, los padres de Sole tardaron en conocer la noticia. En cuanto se enteraron contrataron a un abogado que intentara desligarla a ella de la causa y hacerle esperar el juicio en su país natal, pero Sole se negó y decidió quedarse tras las rejas en Italia, apoyando a sus compañeros.

“A Soledad le cayó la piedra sin comerla ni beberla, pero a partir de ese momento se hizo cargo de su lugar. Se puso muy dura y tomó decisiones propias”, dirá Martín Caparrós en una entrevista. “Está la idea de que la arrastró el viento. Efectivamente, vino un viento fuerte y la llevó. Pero una vez que estaba en ese lugar, en la cárcel y como opositora fuerte del Estado, se hizo cargo”.

En la espera del juicio, la noche del 29 de marzo Baleno se suicidó en la cárcel. Lo encontraron ahorcado con una sábana y muchos dudaron de que no lo hubieran asesinado.

Después del suicidio, 8.000 manifestantes apedrearon el Palacio de Justicia de Turín y, poco después, a Soledad le dieron el arresto domiciliario y la trasladaron a la comunidad terapéutica Bajo Los Puentes de Piamonte, en Benevagenna.

Allí la visitaban constantemente sus compañeros, su hermana Gabriela y su mamá Marta. Pero también la policía italiana llegaba casi todos los días hasta el lugar, para controlar que no existiera la posibilidad de una fuga.

Sin embargo, María Soledad no aguantó el encierro y la humillación. La noche entre el 10 y el 11 de julio de ese año se suicidó, ahorcándose con una sábana al igual que su amado Baleno. •