Por Ramiro Estrella
APUNTE.COM.DO.- Santo Domingo. Una expresión corta, directa y contundente: «Yo no nací ayer». Con esas palabras recordamos que la experiencia nos enseña a reconocer engaños, contradicciones y falsas promesas.
Decirlo no significa saberlo todo. Significa haber vivido, observado y aprendido lo suficiente para no aceptar cualquier explicación sin examinarla.
La experiencia es una escuela que nunca cierra. Cada equivocación deja una enseñanza y cada decepción puede ayudarnos a ser más prudentes.
No debemos confundir confianza con ingenuidad. Ser bueno no significa ser tonto. Guardar silencio tampoco significa desconocer lo que ocurre.
En la política, los ciudadanos escuchan promesas y discursos. Cuando un dirigente intenta presentar como nueva una promesa repetida durante años, muchos responden: «Yo no nací ayer». No basta hablar bonito: hay que demostrar coherencia entre las palabras y los hechos.
La frase también aparece entre familiares, amigos y compañeros cuando alguien niega lo evidente u ofrece explicaciones poco convincentes.
Sin embargo, la experiencia no debe convertirse en desconfianza permanente. Conviene escuchar, comprobar los hechos y evitar conclusiones precipitadas. La sabiduría no depende exclusivamente de la edad, sino de aprender de lo vivido.
Personalmente, considero que «Yo no nací ayer» es mucho más que un dicho. La vida nos forma mediante alegrías, fracasos, triunfos y decepciones. Aprendemos que no todas las sonrisas representan amistad ni todas las promesas se cumplen; también conocemos personas nobles y honestas.
La experiencia debe ayudarnos a distinguir unas de otras sin perder nuestra sensibilidad humana. Porque una cosa es actuar con humildad y otra permitir que nos tomen por ingenuos.
Cuando alguien pretende desconocer nuestra inteligencia o trayectoria, podemos responder con tranquilidad y firmeza: «¡Yo no nací ayer, y los años me han enseñado a distinguir entre lo que se dice y lo que verdaderamente se hace!».
Imagen ilustrativa: cottonbro studio / Pexels.