Por Ramiro Estrella

APUNTE.COM.DO.- Santo Domingo. Hay situaciones en la vida que, por más años que transcurran, uno no termina de comprender. Una de ellas es lo que me sucede con los perros, una historia que comenzó cuando apenas tenía diez años y que todavía hoy continúa provocándome sustos, preocupaciones y experiencias difíciles de explicar.

Todo comenzó cuando, siendo un niño, un perro me mordió. Desde aquel momento desarrollé un miedo que nunca he podido superar completamente. Han pasado varias décadas y todavía siento temor cuando me encuentro con perros desconocidos.

Sin embargo, lo más sorprendente no es que les tenga miedo, sino la manera en que muchos de estos animales reaccionan cuando me ven. Puedo pasar por una calle donde hay perros aparentemente tranquilos, que observan a numerosas personas sin molestarlas. Pero cuando aparezco yo, algunos comienzan a ladrar y hasta salen detrás de mí.

Y entonces me pregunto: ¿qué tienen los perros conmigo? Es algo que me ha sucedido tantas veces que resulta difícil atribuirlo todo a una simple coincidencia.

Caminar pendiente de los perros

Me gusta caminar. Lo hago con frecuencia porque considero que caminar es uno de los ejercicios más saludables. Pero mis caminatas tienen una particularidad: debo mantenerme pendiente de los perros que encuentro en el camino.

En mi barrio conozco los lugares donde permanecen algunos de ellos. A veces tengo que cambiar de acera, modificar mi recorrido o llevar una pequeña piedra o un palo para espantarlos si intentan perseguirme. No es que quiera hacerles daño. Todo lo contrario. Lo único que deseo es caminar tranquilo, sin que un perro me haga pasar un mal momento.

Lo curioso es que algunos me descubren desde lejos. He tenido experiencias en que un perro se encuentra en una esquina y, cuando me ve pasar por la acera contraria, comienza a ladrar, cruza la calle y viene detrás de mí. ¡Pero ven acá! ¿Qué le hice yo a ese animal? Absolutamente nada.

Otra situación que me ocurre con frecuencia tiene que ver con los perros que considero mansos. Veo uno que permanece tranquilo, que no molesta a nadie y que permite pasar a todo el mundo. Entonces pienso que con ese perro no tendré problemas.

Paso una vez, dos veces, diez veces, sin que ocurra nada. Pero cualquier día aparece acompañado de otro perro y, de repente, ambos comienzan a ladrarme y perseguirme. Entonces digo: ¡pero bueno!, ¿no era este el perro tranquilo que nunca molestaba a nadie?

Perros mestizos en una calle de República Dominicana

Perros mestizos en una calle dominicana. Imagen: Dogs and Cats of the Dominican Republic.

He tenido perros en mi casa

Lo más contradictorio de esta historia es que durante mi vida he tenido varios perros en mi propia casa y, generalmente, no les he tenido miedo. Con ellos he convivido normalmente. Los conocía, estaba acostumbrado a su presencia y no sentía la misma preocupación que experimento frente a los perros desconocidos.

Esto demuestra que mi problema no es que odie a los perros. No los odio. Reconozco que son animales fieles, cariñosos y capaces de establecer una relación extraordinaria con las personas. Mi problema es el miedo que arrastro desde aquella mordedura de la infancia.

Incluso recuerdo que uno de los perros que tenía en mi casa comenzó, en determinada ocasión, a ladrarme como si no me reconociera. Algunas personas comentaban que posiblemente había perdido la memoria, porque también reaccionaba de manera extraña frente a otros perros.

No sé qué le sucedía realmente. Lo cierto es que, cuando estaba en el patio, yo prefería entrar con un palo, por precaución, ante cualquier reacción inesperada. ¡Imagínense ustedes! Tener que cuidarme hasta de un perro que había criado en mi propia casa.

Las bromas de algunos amigos

Mi temor a los perros también ha sido motivo de bromas por parte de algunos amigos que conocían mi situación. Recuerdo particularmente a uno de ellos, hoy fallecido, que en paz descanse, con quien acostumbraba visitar el hospital Francisco Moscoso Puello durante las tardes.

En una ocasión encontró un perro y decidió utilizarlo para asustarme. Lo tomó y simuló que el animal iba a ladrarme o atacarme, simplemente para observar mi reacción y reírse. Para él aquello era una diversión. Para mí, naturalmente, no tenía ninguna gracia.

Hoy recuerdo esa experiencia como una de tantas anécdotas que me han acompañado durante mi vida. Y es que muchas personas no comprenden que el miedo a determinados animales puede ser una verdadera fobia. Lo que para algunos parece una simple broma, para otros representa un momento de angustia.

¿Los perros detectan el miedo?

Con frecuencia me he preguntado si los perros tienen alguna capacidad especial para identificar a las personas que les temen. La ciencia ha encontrado evidencias de que estos animales pueden percibir señales relacionadas con el miedo y el estrés humano, entre ellas cambios en el olor corporal, la postura y los movimientos.

Es posible que una persona que siente miedo camine de manera diferente, se ponga nerviosa o realice gestos que llamen la atención del animal. Quizás eso explique parte de lo que me sucede.

Sin embargo, no significa que todos los perros reaccionen agresivamente ante una persona temerosa. Su comportamiento depende de diversos factores, incluyendo su temperamento, sus experiencias y las circunstancias del momento.

Un miedo que viene desde la infancia

Los acontecimientos de la niñez pueden dejar huellas profundas en las personas. Una experiencia traumática, como la mordedura de un perro, puede permanecer durante muchos años en la memoria y provocar reacciones de temor incluso cuando no existe un peligro inmediato.

Eso es precisamente lo que me sucede. Sé que no todos los perros son peligrosos. Sé que muchos son tranquilos y cariñosos. Incluso he tenido varios en mi hogar. Pero cuando encuentro uno desconocido en la calle, especialmente si comienza a ladrarme, reaparece aquel miedo que comenzó cuando apenas tenía diez años.

Por eso considero importante que los propietarios de perros procuren mantenerlos bajo control, evitando que persigan o intimiden a las personas que transitan por las calles. Respetar a los animales es importante, pero también lo es garantizar la tranquilidad de las personas.

Una historia que todavía continúa

Después de tantos años, sigo caminando por mi barrio y observando cuidadosamente los lugares donde permanecen los perros. A veces me río de mis propias experiencias. Otras veces me pregunto si algún día podré caminar sin preocuparme por la presencia de estos animales.

No pretendo afirmar que los perros tengan algo personal contra mí. Sería absurdo pensar semejante cosa. Pero después de tantas persecuciones, ladridos y sustos, resulta inevitable hacerme una pregunta: ¿por qué algunos perros que no molestan a nadie parecen reaccionar precisamente cuando me ven pasar?

Quizás la respuesta esté en mi propio miedo. Quizás los animales perciban algo en mi comportamiento que yo mismo no consigo identificar. Mientras encuentro una explicación, seguiré haciendo mis caminatas, procurando mantener una distancia prudente de los perros y esperando que algún día podamos entendernos mejor.

Porque, después de todo, yo no tengo nada contra los perros. Lo único que quisiera es que ellos tampoco tuvieran nada contra mí.