APUNTE.COM.DO.- Un equipo de científicos dirigido por físicos de la Universidad de Cambridge logró la primera evidencia de un tipo de desintegración sumamente infrecuente de una partícula subatómica conocida como “quark belleza”, un proceso que la comunidad científica venía intentando comprobar desde 1984. El anuncio se hizo el 3 de noviembre en el CERN, la organización europea para la investigación nuclear situada cerca de Ginebra, donde funciona el Gran Colisionador de Hadrones (LHC).
La investigación se desarrolló en el experimento LHCb, una instalación dedicada al estudio de los quarks belleza, partículas que no se encuentran de forma estable en la naturaleza pero que se generan en grandes cantidades durante las colisiones de alta energía del LHC. Los resultados todavía no han pasado por revisión de pares y se publicarán próximamente en una revista científica.
El alcance del hallazgo va más allá del laboratorio. El Modelo Estándar es el marco teórico que describe todas las partículas y fuerzas conocidas. Aunque es el mapa más completo de la física, no explica fenómenos como la asimetría entre materia y antimateria que permitió la existencia del universo, ni la naturaleza de la energía que acelera su expansión. Detectar huellas indirectas de partículas que no aparecen en ese mapa es precisamente lo que este tipo de mediciones puede hacer posible.
Los quarks belleza existen apenas un billón y medio de segundo antes de desintegrarse. La forma en que lo hacen contiene información sobre lo que ocurre a escalas de distancia que el LHC no puede resolver directamente: distancias billones de veces más pequeñas que un átomo.
Entre las desintegraciones posibles, la más rara se produce cuando el quark belleza y una antipartícula de carga opuesta se aniquilan mutuamente para generar dos partículas llamadas muones, variantes más pesadas del electrón. Este proceso está tan restringido por las leyes de la física que ocurre en apenas uno de cada diez mil millones de quarks belleza.
“Esta es la primera vez que se obtiene prueba de este tipo de desintegración rara mediante un único experimento”, señalaron los investigadores en el comunicado de prensa de la Universidad de Cambridge.
Para detectarlo, el equipo combinó datos recolectados entre 2011 y 2018 con una muestra nueva y masiva de 2024 y 2025, posible gracias a una actualización mayor del experimento LHCb completada en 2024. La señal resultante alcanzó un nivel de 3,2 sigma, por encima del umbral de tres sigma que la comunidad científica acepta como prueba estadística de un fenómeno nuevo.
Harry Cliff, investigador del Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge y líder del equipo de análisis, destacó la dimensión histórica del hallazgo: “Los físicos han estado buscando este tipo de desintegración rara desde 1984, antes de que yo naciera”, afirmó en el comunicado institucional.
Para entender qué es el zetaverso conviene partir de una referencia: el LHC puede estudiar la estructura de la materia hasta una escala de cien zetómetros, una distancia miles de billones de veces más pequeña que el ancho de un cabello humano. Un zetómetro equivale a una milésima de billonésima de metro.
Que el LHC no haya detectado partículas nuevas en ese rango no implica que no existan: podría indicar que se esconden a distancias aún menores. A esa escala, la más diminuta a la que apunta hoy la física, se la denomina el zetaverso.
La clave está en la frecuencia: si solo existieran las partículas ya conocidas, el proceso seguiría las predicciones del Modelo Estándar; pero entidades que operen en ese dominio aún más diminuto ofrecerían un camino alternativo, alterando esa frecuencia de un modo detectable. Los resultados actuales no muestran desviación, aunque la precisión de esta técnica es en sí misma una herramienta para detectar diferencias en el futuro.
“Estamos llamando a la puerta del zetaverso ahora. No puedo esperar para ver lo que encontramos a medida que exploramos más profundo”, afirmó Cliff en el comunicado institucional.
El mayor desafío técnico no fue acumular datos sino lidiar con el ruido de fondo: las señales de la desintegración buscada quedaban enterradas bajo un volumen enorme de información irrelevante. Para separarlas, el equipo, integrado por alrededor de 20 físicos del Reino Unido, Alemania, Italia, España y los Países Bajos, recurrió a técnicas de inteligencia artificial capaces de reconocer patrones en conjuntos masivos de datos.
Tim Gershon, profesor de la