APUNTE.COM.DO.- Los canes que habitan cerca de la planta nuclear de Chernóbil, en Ucrania, muestran alteraciones en su ADN que podrían atribuirse a la selección natural —la supervivencia del más apto— luego de más de 30 generaciones viviendo en la zona de exclusión. Una nueva investigación examinó los genomas de 63 animales y detectó cambios en más de cien regiones del ADN, situadas cerca de genes relacionados con el cáncer, la reparación celular y la inmunidad.
Tras el accidente del 26 de abril de 1986, la zona quedó delimitada por un perímetro de aproximadamente 2.600 kilómetros cuadrados. Las familias evacuadas tuvieron que dejar atrás a sus mascotas y, aunque los llamados liquidadores recibieron la instrucción de sacrificar a los animales, cientos de perros lograron sobrevivir. De acuerdo con el medio alemán Deutsche Welle, sus descendientes continúan poblando ese territorio y se han convertido en objeto de estudio científico.
Una infografía detalla las diferencias genéticas y las hipótesis evolutivas en las poblaciones de perros de la central y la ciudad de Chernóbil en Ucrania.
La diferencia se identificó en 2023, cuando los investigadores compararon el ADN de los perros de la central con el de los que viven en la ciudad de Chernóbil, situada a apenas 16 kilómetros. Los análisis revelaron que la población urbana compartía material genético con perros de Rusia y Polonia, mientras que los de la central mostraban diferencias en regiones del ADN vinculadas a su reparación, según la Universidad Estatal de Carolina del Norte.
Ese hallazgo abrió una hipótesis: que la radiación hubiera causado mutaciones que explicaran esas diferencias. Un estudio de 2024 la descartó al no hallar pruebas de que los animales de la central acumularan más mutaciones que los de la ciudad.
Sin pruebas de mutaciones adicionales, los investigadores examinaron dos mecanismos evolutivos alternativos. El trabajo, publicado en la revista científica Genes, empleó los genomas de 63 perros —33 de la central y 30 de la ciudad— para analizar la deriva genética y la selección natural. La primera explica cambios por azar en poblaciones pequeñas y aisladas; la segunda, por ventajas reproductivas concretas.
La investigación comparó 33 ejemplares cercanos a la planta con 30 de la ciudad para evaluar la deriva y las ventajas reproductivas como mecanismos evolutivos.
Los análisis indicaron que la población de la central se redujo hace entre 35 y 40 generaciones, un período compatible con el accidente y el sacrificio masivo de animales. Aun así, no se encontró la pérdida de diversidad genética que cabría esperar si la deriva fuera el principal motor del cambio.
El equipo también comparó ambos grupos con perros de las islas Galápagos y halló algo que no anticipaba: los animales de la ciudad se parecían más a los isleños que a sus vecinos de la central. Ese resultado reforzó la hipótesis de la selección natural. Megan Dillon, primera autora del estudio, reconoció que aún no pueden confirmarlo, aunque los datos muestran “firmas genómicas que sugieren la existencia de selección”, según declaró al medio alemán.
Detectar indicios de selección no equivale a demostrar que los perros se adaptaron a la radiación. Matthew Breen, genetista y coautor del trabajo, planteó que los animales que sobrevivieron a las primeras exposiciones quizá ya poseían variantes genéticas ventajosas, que luego se propagaron entre sus descendientes sin que aparecieran nuevas mutaciones.
Una vista aérea muestra el vasto cementerio de vehículos abandonados, incluidos carros blindados y helicópteros, utilizados en las labores de limpieza tras el desastre nuclear de Chernóbil, ahora en la zona de exclusión.
Por su parte, Jim Smith, investigador de la Universidad de Portsmouth ajeno al estudio, se mostró más cauteloso. En declaraciones a Popular Mechanics, indicó que los dos grupos tienen orígenes distintos y pueden diferir en alimentación, enfermedades y contacto con otros contaminantes. Advirtió, además, que no existen pruebas de laboratorio de que la radiación baste para influir de manera significativa en la selección natural, por lo que considera prácticamente imposible aislar su peso real en un entorno tan complejo.
La cuestión de las mutaciones tampoco está cerrada del todo. Timothy Mousseau, coautor del estudio, sigue investigando su posible papel y compara perros de las islas Marshall y del antiguo campo de pruebas soviético de Semipalatinsk, donde se realizaron más de 450 ensayos nucleares. Espera obtener resultados en uno o dos años. Por ahora, el ADN de los perros de Chernóbil ofrece pistas sobre cómo cambian las poblaciones en entornos contaminados, pero la pregunta central permanece abierta.