APUNTE.COM.DO.- Paola Montelongo, oriunda de Guadalajara, Jalisco, en el occidente de México, encontró en la montaña mucho más que un pasatiempo: una forma de vida que la llevó a instalarse en la región de Magallanes, en el extremo sur de Chile, conocida como el “fin del mundo”.
Su primer contacto con esa zona ocurrió a los 19 años, cuando viajó al país sudamericano como parte de una extensión de su carrera universitaria. Durante el verano austral conoció la Patagonia, un territorio de geografía extrema con picos escarpados de granito, glaciares y vientos intensos. Llegó a Puerto Natales en busca de trabajo y lo consiguió en un refugio de montaña.
“Ahí me enamoré profundamente de este lugar, pero llegó la pandemia en 2020 y tuve que regresar a México. Cuando llegué ahí, no hubo un día en que no pensara en volver a la Patagonia”, relató a CNN.
Antes de recorrer senderos y cumbres, Montelongo trabajaba como bailarina profesional en videos musicales y comerciales. Sin embargo, las actividades al aire libre fueron ganando espacio en su rutina hasta convertirse en su principal interés.
De vuelta en México por la emergencia sanitaria del coronavirus, siguió sus clases en línea y retomó la danza. Los fines de semana se desempeñaba como guía de montaña y profundizaba en los conocimientos necesarios para esa labor.
“Estudiaba meteorología, tipos de senderos, señaléticas, cómo leer ciertos tipos de terrenos; mucho estudio, mucha montaña”, recuerda la joven de 26 años.
Cuando los países flexibilizaron las restricciones por el covid-19, Montelongo regresó a Chile en 2023 con una residencia temporal que debe renovar cada dos años. Según contó, adaptarse a su nuevo hogar no fue sencillo por las diferencias entre su ciudad natal y Puerto Natales.
El clima fue uno de los contrastes más marcados: mientras Guadalajara tiene temperaturas mayormente templadas, en la Patagonia las condiciones pueden cambiar de manera repentina.
“No se puede planear nada con anticipación, eso te obliga a estar presente en el día a día”, explicó. “Aunque el (pronóstico) meteorológico diga una cosa, la realidad va a ser otra. Por eso, lo primero fue adaptarme a que habría cambios muy duros y eso te hace valorar el pequeño rayo de luz y acostumbrarme a estar todo el tiempo con chamarras”.
Otro de los retos ha sido acostumbrarse a una localidad mucho más pequeña y con menos población que la urbe de donde proviene.


